KADE
Estaba deslizando la pantalla de la aplicación sin rumbo, sin saber realmente qué buscaba. ¿Una distracción, tal vez? Algo que me quitara de la mente la soledad que me había estado carcomiendo últimamente. Claro, tenía omegas de sobra para elegir; con mi estatus y mi físico, no era difícil encontrar compañía. Pero siempre era... vacío. Sin sustancia, sin conexión. Solo dos cuerpos cumpliendo el trámite.
Suspiré, recostándome en mi silla de cuero con el teléfono suelto en la mano. Otra noche, otra búsqueda infructuosa. Pero justo cuando estaba a punto de cerrar la aplicación, un nuevo perfil captó mi atención. Un omega necesitado. Había algo en su foto, en la forma en que sus ojos encerraban un mundo de desesperación y deseo, que me atrajo. Su pelo rojo era como una llama que destacaba contra los tonos apagados del parque donde se había tomado la foto. Era pequeño, casi delicado, pero había una fuerza en su mirada que me intrigaba.
Hice clic en su perfil, ansioso por saber más.
«Omega en celo buscando alfa discreto para placer mutuo».
Directo y al grano. Eso me gustaba. La mayoría de los perfiles estaban llenos de promesas exageradas y florituras. Pero este... era real. Honesto. Y su foto no era posada ni provocativa. Era simplemente... él.
Le envié un mensaje antes de darle demasiadas vueltas.
—Hola, soy Kade. Vi tu perfil y esperaba que pudiéramos charlar. Quizá quedar, si te parece bien.
Dejé el teléfono y me pasé una mano por el pelo oscuro. Necesitaba un corte; se estaba poniendo demasiado largo, demasiado rebelde. Como mi vida últimamente. Lo tenía todo: un negocio próspero, un ático, más dinero del que sabía qué hacer. Pero estaba inquieto. Insatisfecho. Algo faltaba. O tal vez alguien.
El teléfono vibró, sacándome de mis pensamientos. Era él, Evan. Ese era su nombre.
—Hola, Kade —decía su mensaje—. Gracias por escribirme. Me apetece quedar. Pero en algún sitio público.
Sonreí, aliviado de que fuera precavido. Demasiados omegas se lanzaban a la piscina sin mirar, confiando en cualquiera que les prestara un poco de atención. Pero Evan no. Era listo. Y eso me gustaba.
—¿Qué tal The Beanery, en el centro? —sugerí—. Tienen un café excelente y siempre está lleno de gente.
Su respuesta llegó enseguida.
—Suena bien. ¿Mañana a las dos?
—Perfecto —respondí—. Nos vemos entonces, Evan.
Dejé el teléfono con una anticipación que no había sentido en mucho tiempo. Quería comprobar si la conexión que percibía era real o solo cosa de mi imaginación. Quería saber más sobre este omega que me había cautivado con una simple foto y unas pocas palabras.
Al día siguiente, llegué a The Beanery temprano. Quería pillar una buena mesa, un sitio donde pudiéramos hablar sin que nos oyeran. Pedí un café solo, fuerte y amargo, justo como me gustaba. Luego encontré una mesa en la esquina, cerca de la ventana. Desde allí se veía bien la puerta, así que vería a Evan en cuanto entrara.
Y cuando lo hizo, mi dragón despertó rugiendo. Era aún más impresionante en persona. Su pelo rojo era vibrante, como un faro que me atraía. Sus ojos recorrieron la sala, nerviosos pero decididos. Cuando se encontraron con los míos, sentí una descarga eléctrica. Era él. Era Evan.
Me levanté mientras se acercaba y le dediqué una sonrisa.
—Evan, ¿verdad? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
Asintió y me devolvió la sonrisa con timidez.
—Soy yo. ¿Tú eres Kade?
—El mismo —dije, señalando el asiento frente a mí—. Por favor, siéntate. ¿Te pido algo de beber?
Se sentó y entrelazó las manos sobre la mesa. Eran pequeñas, como el resto de él, pero había fuerza en ellas. Entereza.
—Solo agua, gracias —dijo.
Llamé a una camarera y pedí el agua. Luego me centré en Evan.
—Bueno —empecé—, háblame de ti.
Vaciló, mordiéndose el labio. Era carnoso, rosado, perfectamente besable. Aparté el pensamiento y me concentré en sus ojos. Eran de un marrón profundo, casi negro, con motas doradas que parecían atrapar la luz. Preciosos.
—Bueno —empezó, con voz suave pero firme—, soy omega, obviamente. Tengo dos trabajos: barista por la mañana y camarero de barra por la noche. Me encanta leer, sobre todo los clásicos. No soy muy de fiestas, prefiero las noches tranquilas en casa. Y... ando un poco apretado de dinero, por eso estoy aquí.
Bajó la mirada hacia sus manos, los dedos recorriendo el borde de la mesa.
Valoré su honestidad. Era un soplo de aire fresco.
—Te agradezco que seas directo —dije—. Y para que quede claro, no pretendo aprovecharme de tu situación. Quiero que esto nos beneficie a los dos.
Me miró con un destello de sorpresa en los ojos.
—Gracias —dijo—. Significa mucho para mí.
La camarera trajo el agua y él dio un sorbo sin apartar los ojos de los míos. Sentí una calidez creciendo dentro de mí, un deseo de protegerlo, de cuidarlo. Era algo que no había sentido en mucho tiempo.
—Entonces, ¿qué hay de ti? —preguntó, dejando el vaso—. ¿Cuál es tu historia, Kade?
Me recosté en la silla, esbozando una leve sonrisa.
—Bueno, soy alfa, como seguramente habrás adivinado. Tengo una empresa de tecnología en el centro. Me gusta el senderismo, el boxeo, y tengo debilidad por los programas de cocina.
Evan se rio, una risa suave y melodiosa. El corazón me dio un vuelco.
—¿Programas de cocina? Nunca lo habría imaginado.
—Sí, es mi placer culpable —admití con una sonrisa—. Me resultan relajantes.
Asintió, con la sonrisa aún en los labios.
—Lo entiendo. Hay algo reconfortante en ver a la gente crear algo desde cero.
A partir de ahí, la conversación fluyó con facilidad. Hablamos de nuestros libros, series y destinos favoritos. Me sentía cada vez más atraído por él, no solo físicamente, sino también emocionalmente. Era inteligente, ingenioso, y tenía una serenidad interior que resultaba tremendamente atractiva.
Mientras hablábamos, la tensión sexual entre nosotros fue creciendo. Podía oler sus feromonas, dulces y seductoras, que despertaban mis instintos alfa. Y sabía que él podía oler las mías, oscuras e intensas, una promesa de protección y placer. Pero no quería precipitarme. Quería saborear aquello, prolongarlo y disfrutar de cada momento.
Al final, nuestra conversación volvió a la razón por la que estábamos allí. —Entonces —dije, inclinándome un poco hacia él—, ¿cómo funciona esto? Nunca he usado una aplicación de estas.
Evan volvió a morderse el labio, y traté de no quedarme mirándole la boca. —Bueno, es bastante sencillo —dijo—. Acordamos un precio y luego... pasamos el celo juntos. Pero quiero dejar algo claro: no busco algo pasajero ni un rollo de una noche. Quiero a alguien que me respete a mí y a mis límites.
Asentí, admirándolo aún más por dejar claras las reglas. —Lo entiendo —dije—. Y estoy de acuerdo. Yo tampoco busco algo pasajero. Quiero que esto sea bueno para los dos.
Sonrió, visiblemente aliviado. —Gracias, Kade.
Negociamos el precio y acordamos una cantidad que nos pareció justa a los dos. Luego hablamos de límites, de lo que nos gustaba y lo que no. Fue una conversación sorprendentemente íntima, pero resultó natural. Era como si estuviéramos construyendo una base de confianza y respeto.
Mientras terminábamos de hablar, pude ver el calor en los ojos de Evan, la necesidad que reflejaba la mía. Extendí la mano y la posé suavemente sobre la suya. Su piel estaba cálida, y noté cómo se le aceleraba el pulso con mi contacto. —Entonces, Evan —dije en voz baja—, ¿cuándo quieres hacer esto?
Me miró con los ojos llenos de deseo y determinación. —¿Qué tal esta noche? Mi celo está a punto de aflorar —dijo.
Sentí un gruñido que me retumbaba en el pecho, una respuesta primaria a su invitación. —Esta noche —acepté mientras le acariciaba la mano con el pulgar—. Te recojo a las siete.
Asintió, y un leve escalofrío le recorrió el cuerpo. Pude percibir su excitación, y tuve que hacer acopio de toda mi fuerza de voluntad para no atraerlo hacia mí en ese instante. Pero quería hacer esto bien. Quería darle lo que necesitaba y deseaba.