El Cazador (Vrix nº 3) 22. Capítulo Veintidós
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22. Capítulo Veintidós

CAPÍTULO VEINTIDÓS

Lacey se removió, regresando lentamente a la consciencia desde unos sueños que se desvanecieron como humo arrastrado por el viento.

Lo primero que percibió fue el calor que la rodeaba.

Después, la sólida sensación de unas extremidades abrazándola.

Inspiró profundamente y llenó sus pulmones con el aroma de madera de cedro cálida, musgo y humo de hoguera. Sonrió.

Telok.

Abrió los ojos, levantó la cabeza y miró hacia abajo, arrugando la nariz al notar un poco de saliva en la comisura de la boca y una diminuta mancha húmeda sobre el pecho de Telok.

«Puaj, qué asco».

«Muy bien, Lacey. Primera vez que duermes encima de Telok y le babeas».

Avergonzada, se limpió la saliva de la boca y de la piel de él. Levantó la mirada hacia su rostro, preparada para disculparse, solo para descubrir que tenía los ojos cerrados. ¿De verdad seguía dormido?

—¿Telok? —susurró.

Sus ojos permanecieron cerrados. Su cuerpo seguía relajado bajo ella.

Desde que lo conocía, Telok siempre había madrugado, despertándose antes que el sol.

Parecía que llevaba horas preparado para ponerse en marcha cuando los demás apenas conseguían arrastrarse fuera de la cama.

Cada una de las veces que Lacey había dormido con él durante aquel viaje, había despertado envuelta entre los brazos de Telok y con su mirada fija en su rostro.

Como si hubiera pasado toda la noche observándola en silencio e inmóvil, memorizando hasta el más pequeño detalle de sus facciones.

Pero antes siquiera de que ella pudiera parpadear para quitarse el sueño de los ojos, él se apartaba, se incorporaba y cargaba con su culo adormilado para bajarla del árbol, dejándola después en el suelo para ocuparse de sus demás deberes.

Lacey sonrió mientras contemplaba el rostro de Telok. Ahora, por fin, tenía la oportunidad de estudiarlo. Y no pensaba desaprovecharla.

Su cabello se había soltado del moño y varios mechones caían sobre un lateral de la cresta como sedosos hilos negros, verdes y blancos.

A Lacey le picaron los dedos por el deseo de acariciarlo.

Sus ocho ojos, cada pareja de un tamaño diferente, estaban cerrados, pero, a diferencia de los ojos de un humano dormido, no había movimiento alguno bajo los párpados.

Sus mandíbulas, normalmente tan expresivas, permanecían laxas a ambos lados.

Aquellos rasgos que meses atrás le habían parecido tan alienígenas y monstruosos se habían vuelto entrañables.

Lacey observó las irregulares cicatrices del lado izquierdo de su rostro. Eran dos. Una se extendía desde la mandíbula hasta la cresta. La otra comenzaba junto al falso colmillo de su boca y ascendía en diagonal hasta cruzarse con la primera.

Habían sido aquellas cicatrices las que habían hecho que Telok le pareciera mucho más amenazador que los demás vrix cuando lo conoció.

Lacey extendió una mano y recorrió suavemente las marcas de su rostro con los dedos.

Eran profundos surcos en su piel. El corazón se le encogió al pensar en cuánto debieron de doler las heridas que las habían provocado.

Su mirada descendió hacia las tres cicatrices del lado derecho de su garganta. Más profundas y largas que las demás. Paralelas entre sí. Como si unas garras hubieran rasgado su cuello.

¿Se las habría hecho una bestia? ¿Otro vrix?

Lacey frunció el ceño y dejó caer las comisuras de la boca mientras recorría aquellas cicatrices con los dedos.

Tanto daño. Tanto dolor. Quizá fueran la razón de que su voz fuese tan áspera.

Mientras seguía aquellas marcas hacia el centro de su garganta, algo se abultó contra su pelvis. Duro. Insistente.

La mano de Telok atrapó su muñeca y apartó sus dedos. Lacey dio un respingo. Sus ojos se abrieron de par en par y volaron hasta encontrarse con los de Telok, que ahora eran finas rendijas verdes brillando en la tenue iluminación mientras la contemplaba.

Lacey sonrió.

—Buenos días —dijo Lacey.

Él gruñó y después inspiró profundamente mientras las manos inferiores descendían por la espalda de Lacey. Sus largos dedos se cerraron alrededor de su culo desnudo, acunándolo y apretándola con mayor firmeza contra sí.

Lacey jadeó cuando aquel bulto presionó contra su monte de Venus y una oleada de excitación la recorrió. Eso era su… polla. Y el cuerpo de Lacey era lo único que la mantenía dentro de su abertura, porque los cierres estaban situados a ambos lados de sus caderas. Acariciándola.

—Eh… ¿Telok?

—No te muevas —gruñó él.

—Mmm. Vale —dijo Lacey, permaneciendo tumbada sobre él, intentando obedecer.

Pero ahora que sabía qué era aquello que la presionaba, mantenerse quieta resultaba increíblemente difícil. Sobre todo con las manos de Telok apretando su culo desnudo. Con las garras pinchándole la piel de forma provocadora. Y con aquella mirada ardiente manteniéndola cautiva.

El calor floreció en su sexo y se extendió por todo su cuerpo hasta hacerle hormiguear la piel.

Los cierres de Telok continuaron recorriendo el exterior de sus muslos y caderas, deslizándose bajo el vestido, que se había subido durante la noche. Aquellas pequeñas caricias solo intensificaban todo lo que estaba sintiendo.

Sin quererlo, Lacey movió las caderas. El bulto de Telok se deslizó contra la hendidura de su sexo. Su respiración se cortó ante la descarga de placer que provocó aquel contacto.

—Oh, joder… —dijo con voz ronca mientras todo su cuerpo se tensaba y su sexo se contraía.

Telok siseó y se puso rígido bajo ella. Los dedos se flexionaron sobre su culo, intensificando el pinchazo de las garras y la presión contra su clítoris.

Los párpados de Lacey aletearon y un gemido suave y quejumbroso escapó de sus labios.

—Telok…

Un estremecimiento violento sacudió al vrix mientras un gruñido grave reverberaba en su pecho. Telok agarró las caderas y los costados de Lacey con todas sus manos, la arrancó de encima y la depositó bruscamente boca arriba sobre el lecho.

El pelo le cayó sobre los ojos. Lacey lo apartó rápidamente para verlo rodar hacia un lado. Pero no antes de haber visto toda la longitud de su miembro fuera. Verde brillante. Los ojos de Lacey se abrieron de par en par.

Telok se incorporó de golpe sobre sus patas, le dio la espalda y avanzó hasta el extremo opuesto de la habitación.

Hundió las garras de las cuatro manos en la pared de ramas entretejidas y curvó los dedos.

Sus hombros subían y bajaban con respiraciones ásperas.

Permanecía completamente rígido. Los pelos de sus patas estaban erizados, y temblaba.

La madera crujió bajo la fuerza creciente de su agarre. Telok estaba completamente al límite. Y era jodidamente sexy.

Lacey sonrió mientras lo observaba. Estuvo medio tentada de separar las piernas y tocarse para atraerlo de nuevo hacia ella. Para terminar lo que habían empezado.

Ya estaba excitada, con el sexo expuesto mientras permanecía allí tumbada con el vestido amontonado alrededor de la cintura. Y, por lo que había visto…

Solo había sido un vistazo. Pero la imagen de su polla había quedado grabada en su mente.

Era completamente inhumana. La cabeza, ancha y gruesa, se estrechaba hacia la punta, dividiéndose en dos extremos, con una abertura de unos dos centímetros y medio en el centro.

El miembro era largo y más estrecho que la cabeza, aunque volvía a ensancharse cerca de la base, donde había dos protuberancias, una a cada lado. ¿Eran nudos?

Lacey dejó escapar una respiración temblorosa y apretó los muslos para contener otra oleada de deseo. Joder. ¿Cómo se sentiría aquello dentro de ella?

«Ahora no, Lacey. Todo el mundo os está esperando. Tenéis responsabilidades y hay vidas en peligro. Ahora no es momento de follar».

Pero ¿por qué Telok se había apartado tan bruscamente? ¿Era por el mismo motivo por el que ella se estaba conteniendo ahora? ¿O había algo más?

Lacey frunció el ceño y se mordisqueó el labio inferior mientras lo observaba. La forma en que se comportaba dejaba claro que no estaba preparado, por mucho que la deseara. Así que ella no lo presionaría. Pero aquello la dejaba tremendamente confundida.

Suspiró suavemente, se incorporó y bajó el dobladillo del vestido para cubrirse las piernas antes de juntar las manos sobre el regazo.

—¿Estás… bien?

—Sí —respondió él con voz ronca.

Sonaba más como una bestia intentando imitar el habla que como una persona.

—No parece que est…

—¡Lacey! —Telok enfatizó su nombre con un chasquido de colmillos que la hizo sobresaltarse. Volvió ligeramente la cabeza, permitiéndole distinguir las esquinas de algunos de sus ojos entre los mechones desordenados del cabello suelto.

Lacey apretó los labios, los metió hacia dentro y los mordió.

«Definitivamente no está bien».

—Vale, pues yo simplemente… voy a prepararme —dijo ella mientras se ponía en pie.

«Y le dejaré algo de espacio al hombre araña gruñón y cachondo».

Los ojos de Telok permanecieron sobre ella durante varios latidos. Brillaban como los de un depredador concentrado en su presa. Finalmente, con un gruñido grave, volvió a mirar hacia delante e inclinó la cabeza. Su postura se tensó todavía más, si aquello era posible.

Lacey se dirigió hacia su bolsa, se agachó y rebuscó en ella hasta encontrar su vestido corto verde sin mangas y los pantalones verdes recién lavados. Si iba a salir de caza en busca de bestias, al menos se camuflaría un poco con el entorno.

Dejó el vestido sobre la bolsa, se incorporó, se puso los pantalones y los ató por delante.

Miró por encima del hombro hacia Telok. Su cabeza estaba ligeramente girada.

Lacey alcanzó a ver uno de sus ojos brillantes observándola.

Sonriendo para sí misma, agarró el dobladillo del vestido azul y se lo quitó por la cabeza.