El Cazador (Vrix nº 3) 14. Capítulo Catorce #3
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14. Capítulo Catorce #3

—¿Y qué se supone que puedo hacer con ellas? Siempre que camino largas distancias se irritan —dijo. Las lágrimas comenzaron a escocerle en los ojos y la emoción acumulada le cerró la garganta—. Tú querías que me quedara en Kaldarak. Seguro que ahora desearías que lo hubiera hecho.

Telok le rodeó la mandíbula con los dedos y la obligó a volver la cara hacia él mientras se acercaba. Sus ojos eran ocho llamas de esmeralda que ardían sobre ella. Que la atravesaban.

—Deseo que estés a salvo —gruñó—. Deseo que no estés herida —Sus mandíbulas se crisparon y expulsó el aire con aspereza—. Deseo que me lo hubieras dicho.

—¿Y por qué iba a decírtelo? —preguntó ella con voz cargada de emoción—. Hasta hace unos días estaba convencida de que me odiabas.

—Nunca te he odiado —respondió Telok fervientemente, flexionando los dedos.

—Eh… ¿estáis bien por ahí? —gritó Cole.

Telok gruñó y giró bruscamente la cabeza hacia los demás.

—¡Vete a la mierda!

—¡Vale, vale!

Cuando Telok volvió a mirar a Lacey, permaneció observándola en silencio. Inspiró profundamente. Su mirada se suavizó. Aflojó el agarre sobre la mandíbula de Lacey y comenzó a acariciarla.

—¿Preferirías sufrir antes que pedirme ayuda?

Aquella pregunta, pronunciada con tanta suavidad, reveló las grietas de su armadura.

Le mostró a Lacey el dolor y la vulnerabilidad ocultos bajo aquel exterior cubierto de cicatrices e intimidante. Su propia ira se desinfló tan rápidamente como había surgido. Se inclinó hacia la caricia de Telok mientras las lágrimas le nublaban la vista.

—Estas cicatrices son simplemente algo con lo que tengo que vivir.

—Pero no tienes que afrontar el dolor sola.

—Lo siento.

—Kir’ani vi’jatai…

Telok deslizó una vez más el pulgar a lo largo de su mandíbula antes de soltarla y retroceder.

Lacey se secó los ojos mientras lo veía volverse hacia la bolsa, inclinarse para abrirla y rebuscar en su interior hasta sacar una pastilla de jabón envuelta en tela.

La desenvolvió, la acercó al rostro y la olió. Sus mandíbulas se animaron y dejó escapar un trino apreciativo mientras inspiraba de nuevo, más profundamente. Telok dejó la tela sobre una roca, regresó junto a Lacey, la rodeó con los brazos izquierdos y la levantó mientras se incorporaba.

Los ojos de Lacey se abrieron y soltó un pequeño chillido cuando su cuerpo entró en contacto con el suyo y sus pechos se aplastaron contra su torso. Le agarró los hombros.

—Telok, ¿qué estás haciendo?

El agua chapoteó alrededor de las patas de Telok cuando entró en el arroyo.

—Cuidando de ti.

—Oh… Entonces, cuando dijiste que ibas a cuidar de mí, ¿querías decir bañarme?

—Sí.

Lo había dicho como si llevar a una mujer adulta a un arroyo y lavarla fuera la cosa más natural del mundo. Como si lo hubiera hecho cien veces.

Lacey entrecerró los ojos mientras el agua fresca envolvía sus pies y pantorrillas.

—¿Sueles bañar a hembras?

—No. Solo a ti. Siempre solo a ti.

El corazón de Lacey hizo un pequeño «bum-bum» y no pudo evitar que una sonrisa demasiado complacida se extendiera por sus labios.

Telok bajó la mirada hacia su boca.

—Buena hembra.

«Joder, ¿acaba de hacerme un «buena chica» solo porque he sonreído?»

Si hubiera llevado bragas, se le habrían empapado. Tal como estaba, ya podía sentir el calor húmedo de su excitación entre los muslos.

Telok la llevó hasta una zona más profunda del arroyo y la bajó.

Cuando los pies de Lacey tocaron el fondo pedregoso, el agua le llegaba hasta los pechos y la lenta corriente jugueteaba con sus pezones.

Aunque no estaba fría, era mucho más fresca que el aire caliente y húmedo de la jungla que llevaba días atormentándola.

Lacey se hundió hasta que el agua le cubrió los hombros.

—Mmm, esto es maravilloso.

Telok se colocó detrás de ella. Sus dedos provistos de garras, capaces de tanta brutalidad, deshicieron cuidadosamente su peinado.

El instinto de Lacey fue protestar, insistir en que era perfectamente capaz de hacerlo sola.

Pero se contuvo. El agua era demasiado agradable. Y también lo era su contacto…

«¿Por qué negarme un poco de mimos?»

Aparte del hecho de estar desnuda, y de sentirse de algún modo avergonzada y excitada al mismo tiempo, ¿qué daño podía hacer? Joder, los vrix iban desnudos todo el tiempo, ¿no?

Telok apoyó una mano abierta sobre su espalda y la guio para que inclinara la cabeza hacia atrás, sumergiendo el cabello en el agua.

La sostuvo así, completamente firme y segura, mientras deshacía algunos de los enredos y se aseguraba de que todo el pelo quedara mojado.

Cuando volvió a enderezarla, utilizó la espuma de su jabón para lavárselo.

Los dedos de Telok eran mágicos. Suaves pero firmes, llevaron el jabón hasta el cuero cabelludo y comenzaron a masajearlo. Lacey cerró los ojos.

Con el sonido del agua fluyendo a su alrededor y las hojas susurrando bajo la brisa, aquello era realmente el paraíso. Un lugar donde, durante un rato, solo existían Lacey y Telok.