Capítulo 37 La Anatomía de la Verdad
El aire en el laboratorio de anatomía de la Universidad de Edimburgo no olía a muerte, sino a algo mucho más perturbador: a formaldehído, a hierro oxidado y a una esterilidad clínica que intentaba borrar la humanidad de todo lo que tocaba.
Era un espacio amplio, con techos abovedados y mesas de disección de mármol blanco dispuestas en filas simétricas, como soldados esperando órdenes.
Bajo la luz fría de las lámparas de gas, los instrumentos quirúrgicos brillaban con un destello cruel, reflejando nuestras propias caras pálidas y tensas.
William se detuvo en el umbral, su mano apretando la empuñadura de la daga hasta que los nudillos se volvieron blancos.
—Este lugar... —murmuró, con asco contenido—. Huele a violación. No física, sino intelectual. Han tratado a las personas como objetos. Como piezas de un rompecabezas que podían desmontar a voluntad.
Catherine avanzó con cautela, examinando las estanterías llenas de frascos de vidrio.
Dentro, flotaban órganos preservados, cerebros arrugados, corazones detenidos en el tiempo.
Pero no eran especímenes anónimos. Cada frasco tenía una etiqueta con un nombre, una fecha y, lo más aterrador, un número de serie.
—Son registros —dijo Catherine, su voz temblando ligeramente—. Los Jardineros no solo estudiaban la magia. Estudiaban la biología del alma. Buscaban la ubicación física de la conciencia para poder extraerla, controlarla, manipularla. Silas creía que si podía mapear el alma, podría poseerla.
Me acerqué a la mesa central. Sobre ella, cubierto por una sábana blanca inmaculada, había una forma humana. No era un cadáver común. Sentía una vibración residual, un eco de dolor tan intenso que me hizo retroceder instintivamente.
—Aquí está la herida —dije, señalando la mesa—. No es un punto de energía caótica. Es un punto de trauma cristalizado. Alguien fue abierto aquí. No para curar, sino para entender. Y ese entendimiento fue usado para torturar a otros.
Extendí la mano hacia la sábana. William intentó detenerme.
—Eris, no. Podría haber trampas. Residuos psíquicos peligrosos.
—Tengo que saber —respondí, apartando su mano suavemente—. Si no enfrentamos esto, nunca podremos sanarlo. El horror debe ser nombrado para perder su poder.
Levanté la sábana.
Debajo no había un cuerpo completo. Había un torso abierto, cosido burdamente, con el pecho expuesto.
Pero no había órganos internos. En su lugar, había cristales negros, incrustados en la cavidad torácica, conectados por hilos de plata fina a un mecanismo de relojería complejo situado bajo la mesa.
Era una obra de arte macabra, una fusión grotesca de carne y máquina.
En el centro del pecho, donde debería estar el corazón, había un cristal rojo, pulsante, que emitía una luz tenue y rítmica. Latido. Latido. Latido.
—Dios misericordioso —musitó Catherine, cubriéndose la boca con la mano—. Es un motor emocional. Extrajeron la capacidad de sentir de esta persona y la convirtieron en una batería.
Miré la etiqueta colgando del dedo rígido de la mano izquierda. Sujeto 7: Thomas Abernathy. Fecha: 1892.
Lord Abernathy. Nuestro anfitrión. Su tío abuelo.
La revelación me golpeó con la fuerza de un martillo. Lord Abernathy no nos había ayudado por altruismo. Nos había ayudado porque era parte de la experimentación. O quizás, porque sentía la culpa heredada de su familia. Su conexión con nosotros no era casualidad. Era deuda.
—Debemos liberarlo —dije, sintiendo cómo la rabia fría me inundaba las venas—. Debemos romper el circuito.
Me acerqué al mecanismo. Los hilos de plata vibraban con la energía robada. Toqué el cristal rojo. Estaba caliente, vivo. Sentí el dolor de Thomas, su confusión, su terror infinito atrapado en un bucle eterno.
Libérame, susurró una voz en mi mente. Una voz antigua, cansada.
—Lo haré —prometí.
Usé mi conexión con la red vital, pero esta vez no para canalizar energía, sino para invertirla. Inyecté compasión pura, empatía absoluta, en el cristal. Le di permiso para dejar de sufrir. Le di permiso para morir.
El cristal rojo parpadeó violentamente. Luego, se agrietó. Una fisura fina recorrió su superficie, liberando un vapor negro que olía a tristeza antigua. El mecanismo de relojería se detuvo con un clic final. Los hilos de plata se rompieron, cayendo inertes sobre el mármol.
El torso ya no vibraba. Ya no latía. Era solo materia muerta. Paz.
Respiré hondo, sintiendo cómo el peso en la habitación se disipaba. Cinco heridas sanadas. Dos quedaban.
Pero mientras nos preparábamos para salir, escuchamos pasos. Pasos lentos, deliberados, resonando en el pasillo exterior. No eran los pasos ligeros de los Podadores. Eran pesados. Humanos.
La puerta del laboratorio se abrió. Entró Lord Abernathy.
No llevaba su bata de casa ni su expresión amable. Llevaba un traje oscuro, formal, y en la mano, una pistola antigua de doble cañón. Sus ojos estaban vacíos, sin emoción, como los de los muñecos de Silas.
—Lo siento, niños —comentó, con una voz plana, mecánica—. Pero el Jardín requiere poda. Y vosotros sois las ramas más rebeldes.
William se interpuso entre él y yo, desenvainando la daga.
—Robert, ¿qué te han hecho? —preguntó, con dolor en la voz.
Abernathy sonrió, una sonrisa triste y forzada.
—No me han hecho nada, William. He elegido. Silas me ofreció paz. Paz del dolor de la memoria. Paz de la culpa. A cambio, solo debía entregaros a él cuando llegara el momento. Y este... es el momento.
Apuntó la pistola hacia mí.
—Lo siento, Eris. Pero el orden es más importante que la vida.
Antes de que pudiera disparar, Catherine lanzó un frasco de vidrio contra el suelo, cerca de sus pies. El frasco se rompió, liberando un gas verde espeso que olía a cloroformo y lavanda. Abernathy tosió, tambaleándose, perdiendo el equilibrio.
William aprovechó la distracción para lanzarse sobre él, desarmándolo con un movimiento rápido. La pistola cayó al suelo, deslizándose bajo una mesa. Abernathy cayó de rodillas, luchando contra el gas, pero sus movimientos eran lentos, torpes.
—¡Corred! —gritó Catherine, tirando de mi brazo—. ¡El gas también nos afectará si nos quedamos!
Salimos del laboratorio, dejando a Abernathy tosiendo en el suelo, derrotado no por la fuerza, sino por su propia elección equivocada.
Mientras corríamos por los pasillos oscuros de la universidad, sentí una tristeza profunda.
Abernathy no era un villano. Era una víctima que había elegido la sumisión sobre la libertad.
Y eso era, quizás, la tragedia más grande de todas.
Seis heridas sanadas. Una quedaba.
El mapa indicaba el último punto: El Castillo de Edimburgo. La cima de la ciudad. El corazón del poder.
El símbolo era una corona.