El castillo de las rosas negras Capítulo 31 La Sombra del Jardín
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Capítulo 31 La Sombra del Jardín

La carta de Silas no se quedó en el bolsillo como un simple recordatorio; se instaló en la atmósfera de la casa de Lord Abernathy como una niebla invisible, densa y persistente.

Durante los días siguientes, la paz que habíamos cultivado con tanto esmero pareció volverse frágil, como cristal fino a punto de quebrarse bajo la presión de una mano invisible.

William intentaba mantener la normalidad, ocupándose de los asuntos legales para limpiar el nombre de su familia, pero sus ojos siempre volvían a mí, buscando señales de ese cambio interior que me había transformado.

Catherine, por su parte, se sumergió en sus estudios históricos, buscando cualquier mención previa de "Jardineros" en los archivos reales, obsesionada con encontrar un precedente, una debilidad, algo que nos diera ventaja estratégica.

Yo, sin embargo, pasaba mis horas en el pequeño patio trasero, cuidando la planta blanca.

No era una tarea agrícola común; era un ritual.

Cada mañana, al amanecer, me sentaba frente a ella, cerraba los ojos y extendía mis manos sobre las hojas nacientes.

No usaba magia, ni invocaciones, ni palabras de poder.

Simplemente estaba. Permitía que mi conciencia, ahora expandida y conectada con la red vital de la tierra, fluyera hacia la planta.

Sentía su sed, su necesidad de luz, su lento y constante impulso hacia el cielo. Y a cambio, la planta me devolvía una sensación de calma absoluta, un anclaje a la realidad física que contrarrestaba la tendencia de mi mente a dispersarse en lo etéreo.

William me observaba desde la ventana del estudio, con una expresión que oscilaba entre la fascinación y la preocupación. Una tarde, salió al patio y se sentó a mi lado en el banco de piedra.

—¿Qué sientes cuando haces eso? —preguntó, señalando la planta con un gesto cauteloso.

Abrí los ojos, sonriendo suavemente.

—Siento vida, William. Vida pura, sin juicios, sin miedo. Es... reconfortante. Como recordar quién eres antes de que el mundo te diga quién debes ser.

Él tomó mi mano, entrelazando sus dedos con los míos. Su tacto era cálido, humano, terrenal.

—Me gusta esa versión de ti —indicó sinceramente—. Pero también extraño a la Eris que tenía miedo. La que necesitaba protección. Porque esa Eris me hacía sentir necesario. Esta nueva Eris... parece completa. Independiente. Y a veces, me pregunto si todavía me necesitas.

Su confesión me golpeó con más fuerza que cualquier ataque físico.

Era el eco de la advertencia de Silas: El amor crea apego, y el apego crea vulnerabilidad.

Pero William no estaba expresando celos posesivos; estaba expresando inseguridad existencial.

Temía haber sido relegado a un segundo plano en mi nueva jerarquía de prioridades.

Lo miré a los ojos, viendo la duda genuina en su mirada ámbar.

—Te necesito más que nunca, William —dije con firmeza—. No porque sea débil, sino porque eres mi ancla. Sin ti, flotaría también en esa inmensidad. Tú me mantienes aquí, en la tierra, en el presente. Eres mi raíz, no mi jaula.

William exhaló lentamente, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante semanas. Me besó la mano, un gesto de rendición y aceptación.

—Entonces, seré tu raíz —murmuró contra mi piel—. Por siempre.

Esa noche, la tranquilidad se rompió. No con violencia, sino con sutileza. Estábamos cenando con Lord Abernathy cuando escuchamos un sonido familiar en la puerta principal. No era un golpe. Era un rasguño suave, rítmico. Toc, toc, toc.

El código de Gareth.

Lord Abernathy dejó caer su tenedor, pálido. William se puso de pie instantáneamente, la mano yendo a la daga que llevaba oculta bajo la chaqueta. Yo me quedé sentada, sintiendo cómo el corazón me latía con fuerza, pero sin pánico. Sabía quién era. O mejor dicho, sabía qué era.

Me levanté y caminé hacia la puerta. William intentó detenerme, pero le hice un gesto para que esperara. Abrí la puerta.

No había nadie en el umbral. Solo un pequeño paquete envuelto en papel marrón, atado con cuerda de cáñamo. Lo recogí y cerré la puerta. De vuelta en la sala de estar, bajo las miradas ansiosas de William y Abernathy, desenvolví el paquete.

Dentro había un diario. Pequeño, encuadernado en cuero negro desgastado. Reconocí la caligrafía de la primera página inmediatamente. Era la letra temblorosa pero distintiva de Gareth.

"Para mi niña, Eris. Si estás leyendo esto, significa que he cumplido mi promesa. No estoy muerto, pero tampoco estoy vivo. Soy lo que queda cuando el cuerpo se va, pero el deber permanece. Lee. Entiende. Y perdona."

Mis manos temblaban al pasar las páginas.

El diario no contenía entradas diarias, sino fragmentos de memoria, visiones, confesiones.

Gareth no era solo un campesino. Había sido un miembro de bajo rango de los Jardineros, décadas atrás.

Había desertado cuando se dio cuenta de la crueldad de sus métodos, robando algo precioso: a mí.

"Te encontré en el bosque no por casualidad, Eris.

Te busqué. Sabía que los Blackthorne habían escondido a la última heredera allí, protegida por un hechizo de olvido.

Mi tarea era recuperarte para Silas. Pero al verte, tan pequeña, tan asustada, supe que no podía entregarte.

Eran monstruos. Y tú eras inocente. Así que te llevé.

Te crie. Te amé como a una hija. Y durante años, viví con el miedo de que me encontraran.

Pero nunca lo hicieron. Porque Silas esperaba.

Esperaba a que maduraras. A que fueras lo suficientemente fuerte para contener la entidad.

Yo no te salvé del destino, Eris. Solo lo pospuse. Y por eso, te pido perdón."

Las lágrimas corrían por mis mejillas, silenciosas y calientes.

No era rabia lo que sentía. Era una tristeza profunda, mezclada con comprensión.

Gareth había vivido una doble vida, cargando con el peso de la traición y el amor paternal simultáneamente.

Su muerte en la mazmorra... ¿había sido real?

O quizás, como Thorne, había usado una ilusión para liberarse, o quizás su espíritu había quedado atrapado entre mundos, guiándome hasta el final.

William leyó el diario por encima de mi hombro. Al terminar, guardó silencio durante un largo momento.

—Entonces, todo este tiempo... —murmuró, con voz ronca—. Gareth fue parte de ellos.

—Fue parte de ellos, pero eligió ser humano —corregí, cerrando el diario con cuidado—. Y esa elección lo hizo más valiente que cualquiera de ellos.

Lord Abernathy, que había escuchado la lectura con horror creciente, se acercó.

—Esto cambia todo, señorita Eris. Si Gareth era un Jardinero desertor, entonces ellos saben exactamente quién eres. Saben tus debilidades, tu historia, tu psicología. No te están cazando como a una extraña. Te están cazando como a una hija pródiga.

Asentí, sintiendo cómo la pieza final del rompecabezas encajaba en su lugar. Silas no me veía como una enemiga. Me veía como familia disfuncional. Y eso hacía la amenaza mucho más personal, mucho más difícil de combatir.

—¿Qué hacemos con el diario? —preguntó Catherine, entrando en la sala, habiendo escuchado los últimos párrafos desde el pasillo.

—Lo guardamos —dije, colocando el diario en la repisa de la chimenea, junto a la flor blanca que comenzaba a abrir sus pétalos esa noche—. Es la verdad. Y la verdad, aunque duela, es nuestra mejor arma.

Esa noche, no pude dormir. Me quedé despierta, mirando la flor blanca. Bajo la luz de la luna, sus pétalos parecían brillar con una intensidad nueva. Y en el centro dorado, vi algo que antes no había notado: un patrón diminuto, grabado en el polen, que formaba una palabra.

Espera.

No era una orden. Era una promesa.

Miré hacia la ventana, hacia la oscuridad de Edimburgo.

Sabía que Silas estaba ahí fuera, observando.

Pero ya no sentía miedo. Sentía determinación.

Gareth me había dado el regalo de la humanidad.

Silas quería quitármelo para devolverme a la función.

Pero yo no era una función. Era una persona.

Y lucharía por ese derecho con cada fibra de mi ser transformado.

Al amanecer, tomé una decisión. No esperaríamos a que ellos vinieran.

Iríamos a buscarlos. Pero no a la Orangerie.

No a sus reuniones públicas. Iríamos a la fuente original de su poder.

A la Biblioteca Prohibida de la Universidad de Edimburgo, donde se guardaban los textos antiguos que fundamentaban su ideología.

Si queríamos derrotar a los Jardineros, teníamos que arrancar sus raíces intelectuales.

Teníamos que demostrar que su "orden" era una mentira construida sobre el miedo.

Desperté a William y a Catherine. Les expliqué el plan. No hubo dudas. Solo asentimientos firmes.

—Preparad las capas —dije, sintiendo cómo la energía de la flor blanca resonaba en mi pecho, dándome fuerza—. Vamos a hacer un poco de jardinería inversa. Vamos a podar las mentiras.

Entonces mientras nos vestíamos para salir a la ciudad gris, supe que esta vez, no íbamos como víctimas. Íbamos como jueces.