Capítulo dieciséis
Kate
El sábado por la noche, Jack marcó en el segundo periodo y volvió patinando al centro sin buscarme.
Mi cámara siguió toda la jugada.
Mason le pasó el disco cerca del círculo. Jack lo retuvo el tiempo justo para obligar al defensa a definirse, cambió de dirección en el último segundo y disparó antes de que el portero pudiera cerrar el ángulo.
Tres jugadores lo alcanzaron casi a la vez.
Fotografié a Jack mientras desaparecía bajo cascos y guantes, a Mason dándole un golpe en el casco mientras le gritaba algo, y luego, unos segundos después, la sonrisa que apareció cuando por fin lo dejaron respirar.
Jack volvió a su posición.
No miró hacia las vallas.
Mantuve la cámara en alto.
Llevaba semanas deseando exactamente eso.
Que nadie notara nada.
Que dejara de buscarme con la mirada en la pista.
Que lo que había entre nosotros siguiera siendo invisible.
Descubrí que la idea me gustaba mucho menos cuando de verdad lo hacía.
Rachel apareció a mi lado.
—¿Lo tienes?
Revisé las últimas tomas.
Una era excelente.
Jack todavía rodeado de compañeros, con el rostro parcialmente visible entre dos hombros, riéndose.
—Lo tengo.
Rachel echó un vistazo a la pantalla.
—Esa.
Marqué la imagen.
—De acuerdo.
Volví a mirar hacia la pista.
Jack ya estaba en el otro extremo.
Los Guardians ganaron tres a uno.
Cuando el público empezó a salir, el trabajo continuó.
Transferí parte del material, grabé algo de contenido entre bastidores y perdí casi cuarenta minutos esperando una entrevista que al final se canceló porque uno de los jugadores tuvo que ir directo a tratamiento.
Rachel se rindió antes que yo.
—El coche sale en quince minutos.
—Termino y cojo el siguiente.
—¿Segura?
—Sí.
Señaló mi bolsa.
—No dejes el equipo aquí.
—Sí, mamá.
Rachel sonrió.
—Si fuera tu madre, tendrías mejores horarios.
Luego se fue.
Pasé por el pasillo de los vestuarios casi una hora después.
Mason apareció primero, mochila al hombro, pelo mojado.
—Fotógrafa.
—Jugador.
—¿Vas a usar mi gol?
—No marcaste.
Frunció el ceño.
—Mi contribución al gol de Jack fue enorme.
—Hiciste un pase.
—Exacto.
—Te pondré en los agradecimientos.
Mason me señaló mientras seguía por el pasillo.
—Sabía que reconocerías mi talento.
—Buenas noches.
—Fría.
Desapareció al doblar la esquina.
Jack salió unos segundos después.
Pantalones de chándal grises.
Camiseta de los Guardians.
Chaqueta al hombro.
Me vio y aminoró el paso.
—Todavía estás aquí.
—Qué observador.
—Rachel ya se fue.
—Lo sé.
Jack miró la cámara.
—¿Todavía trabajando?
—Casi termino.
Se detuvo frente a mí.
—¿Vas a cenar?
—En el hotel.
—He pedido comida.
—Bien por ti.
—Para dos.
Lo miré.
—Qué seguro estás de ti mismo.
—Sé planificar.
—¿Y si no voy?
—Me comeré tu parte.
Me reí.
Jack echó a andar de nuevo.
—Mi habitación. Cuarenta minutos.
—Eso no ha sonado a invitación.
Dio unos pasos más y se giró.
—Es una invitación.
—Sigue sonando a orden.
—Entonces no vengas.
Siguió caminando.
Lo observé.
—¿Qué pediste?
Se giró de nuevo.
La sonrisa llegó antes que la respuesta.
—Italiano. Cuarenta minutos.
Tardé cincuenta y dos.
Necesitaba ducharme, transferir las tarjetas de memoria y enviarle a Rachel una selección antes de que decidiera llamarme.
También pasé más tiempo del necesario sentada en el borde de la cama mirando los zapatos.
A las 11:07, llamé a la puerta de Jack.
Abrió casi de inmediato.
Camiseta gris.
Pantalones de chándal.
El pelo todavía ligeramente húmedo.
—Cincuenta y dos minutos.
Entré.
—Contaste.
—La comida estaba en peligro.
—Dramático.
—Hambriento.
La mesa junto a la ventana estaba cubierta de recipientes de comida para llevar.
Pasta.
Pollo.
Pan.
Ensalada.
Y un postre de chocolate con tamaño suficiente para al menos cuatro personas razonables.
Me detuve frente a él.
—¿Pediste el restaurante entero?
Jack cerró la puerta.
—Jugué sesenta minutos de hockey.
—No pasas sesenta minutos en el hielo.
—Tecnicismos.
Me senté.
Abrió un recipiente y lo puso frente a mí.
—Pollo.
Cogí el tenedor.
—¿Cómo lo supiste?
—Lo pediste en el restaurante ayer.
Lo miré.
—¿Estabas prestando atención a mi plato?
Jack se sentó frente a mí.
—Sabes cómo tomo el café, cómo me ato los patines y cuándo suelto un pase medio segundo antes de tiempo.
—Eso es literalmente mi trabajo.
—Claro.
Robó un trozo de pan de mi plato.
Le di un golpecito en el dorso de la mano con el tenedor.
—Hay pan en tu lado.
—El tuyo se veía mejor.
—Es el mismo pan.
—Entonces no deberías preocuparte.
Intenté recuperarlo.
Jack levantó la mano fuera de mi alcance.
—¿Tienes cinco años?
—Soy capitán de un equipo profesional de hockey.
—Eso no responde a la pregunta.
Se rio y por fin me lo devolvió.
Tenía sus huellas por todas partes.
—Asqueroso.
—Ayer me hiciste cosas más íntimas.
El tenedor se me quedó a medio camino.
Jack dio un bocado como si no hubiera dicho nada.
—Come —dije.
Masticó, claramente satisfecho consigo mismo.
Era ridículamente fácil estar allí sentada con él.
Ese era el tipo de problema para el que no me había preparado.
Estaba acostumbrada a que Jack me besara en pasillos.
Acostumbrada a la tensión que hacía que todo pareciera peligroso y urgente.
No estaba acostumbrada a que me robara pan del plato mientras los resúmenes del partido pasaban en silencio en la televisión.
Hablamos del evento de patrocinadores de esa mañana.
Mason había intentado convencer a un empleado de que los jugadores visitantes deberían recibir postre gratis como cuestión de «hospitalidad interciudades».
Un niño de ocho años se había negado a sonreírme durante quince minutos hasta que Mason empezó a hacer muecas detrás de la cámara.
Jack me contó que había repetido la misma frase nueve veces durante una grabación porque un patrocinador no paraba de cruzarse por el fondo.
—A la novena, ya estaba amenazando a la gente.
—Tengo las imágenes. En la toma siete ya querías asesinar a todos.
Robó otro trozo de mi pan.
Esta vez, lo dejé.
Después de comer, abrí el portátil para enviar las fotos del partido.
Jack se puso una bolsa de hielo en el hombro y se sentó en la cama.
Miré por encima de la pantalla.
—¿Te duele?
—Recuperación.
—¿Seguro?
—Kate.
—Solo preguntaba.
—Preguntas por mi hombro más que el fisioterapeuta.
—Es una parte importante del documental.
—También está unido a mí.
—Por desgracia.
Jack se rio y se recostó contra el cabecero.
Volví al portátil.
El aire acondicionado zumbaba cerca de la ventana.
En la televisión, otro partido sonaba en silencio.
De vez en cuando, oía crujir el plástico de la bolsa de hielo cuando Jack cambiaba de postura.
Seleccioné las mejores fotos.
La foto justo después del gol apareció en la pantalla.
Unos minutos después, Jack se acercó por detrás.
—Esa.
Miré por encima del hombro.
—¿Qué?
Señaló.
—La quiero.
—¿Para qué?
—Puede que tenga redes sociales.
—Tienes un equipo entero para eso.
—Eligen fotos en las que parezco accesible.
—Tarea difícil.
Jack apoyó una mano en la mesa y se inclinó hacia mí.
—Esta es buena.
—Lo sé. La hice yo.
Su brazo descansaba detrás de mi silla.
Olí su jabón antes de girarme.
—Envíamela.
—Luego.
—Ahora.
—Necesitas aprender paciencia.
—Tardaste cincuenta y dos minutos en subir. Ya he esperado bastante esta noche.
Giré la cabeza.
Estaba tan cerca que cualquier respuesta sobraba.
Miré su boca.
Se dio cuenta.
Lo besé primero.
Fue rápido al principio.
Cuando empecé a apartarme, me sujetó la nuca y volví a besarlo antes de decidir si quería provocarlo o quejarme.
La silla crujió cuando me giré.
—Esto es terrible.
Jack se apartó.
—¿Mi forma de besar?
—La silla.
Miró la cama.
—Puedo arreglar eso.
—Por supuesto que puedes.
Jack me tomó de la mano.
Me levanté.
Se sentó en el borde de la cama y me atrajo hacia él, entre sus rodillas.
Le rodeé el cuello con los brazos.
—¿Mejor?
—Considerablemente.
Lo besé de nuevo.
Su mano se deslizó bajo mi camiseta y me tocó la cintura.
Me quedé congelada.
Literalmente.
Salté hacia atrás.
—Dios mío.
—¿Qué?
—Tu mano.
Miré la bolsa de hielo.
—Estás helado.
—Lo siento.
—Tócate.
Jack se puso la mano en el estómago.
Su expresión cambió.
Me eché a reír.
—Idiota.
—Está muy fría.
—Eso mismo te decía yo.
Jack lanzó la bolsa de hielo sobre la mesita de noche y se frotó las manos.
—Ahora.
—No confío en ti.
—Compruébalo.
—Muy generoso.
Su mano volvió a mi cintura.
Cálida esta vez.
Me acerqué más.
Mi teléfono empezó a vibrar sobre la mesa.
Lo ignoré.
Jack también.
Me besó la mandíbula.
El teléfono dejó de vibrar.
Y volvió a sonar unos segundos después.
—Podría ser Rachel.
—Rachel necesita aprender a respetar los límites.
Miré la pantalla.
SARA — VIDEOLLAMADA
Me quedé inmóvil.
Jack siguió mi mirada.
Apartó la mano de mi camiseta.
—Contéstale.
—Puedo devolverle la llamada.
—Siempre le contestas.
El teléfono seguía vibrando.
Antes de que pudiera decidir, la llamada se cortó.
Casi de inmediato, volvió a sonar.
Me levanté.
—Es videollamada.
Jack asintió.
Miré a mi alrededor.
Las habitaciones eran casi idénticas.
La misma alfombra.
Las mismas cortinas.
El mismo cabecero.
Aun así, esta no era mi habitación.
Me pasé las manos por el pelo.
—Solo...
Miré a Jack.
—No entres en el encuadre.
Me observó durante unos segundos.
Luego cogió la bolsa de hielo y se sentó en el sillón, fuera del campo de visión de la cámara.
Contesté.
Sara apareció tan cerca de la cámara que solo le veía media cara.
—Por fin.
—Hola.
—¿Estabas durmiendo?
—No.
Alejó el teléfono.
Reconocí la cocina de los Bennett al instante.
Las encimeras claras.
La lámpara sobre la isla.
El cuadro torcido cerca de la puerta que Helena juraba que estaba recto.
Helena cruzó por detrás de Sara.
—¡Kate!
—Hola, Helena.
Sara giró el teléfono.
—Mi madre está haciendo un pastel a las once y media de la noche.
—Es para mañana —respondió Helena.
—Eso no lo hace normal.
Helena la ignoró.
La cámara volvió a Sara.
Llevaba una vieja camiseta de la universidad, con el pelo recogido en un moño descuidado.
—¿Ya estás en tu habitación?
Miré la pantalla.
Jack estaba sentado a pocos metros, con la bolsa de hielo contra el hombro.
Mi portátil seguía abierto sobre su mesa.
La comida seguía allí.