Capítulo cinco
Jack
Los eventos benéficos tenían su propia lógica.
Cuanto más dinero había en una sala, más empeñada parecía la gente en demostrar que la comodidad era una especie de fracaso social.
La Fundación Guardians había ocupado el salón principal de un hotel del centro de Chicago esa noche.
Las flores cubrían las mesas, un escenario enorme aguardaba demasiados discursos, y una banda tocaba al volumen justo para hacerse notar sin interferir con las conversaciones.
Los camareros se movían por la sala con bandejas en equilibrio tan perfecto que los habría fichado para una línea defensiva.
Llevaba allí menos de una hora y ya había perdido la cuenta de cuántas manos había estrechado.
Un empresario quería saber si mi hombro estaba realmente curado. La esposa de un patrocinador me contó que su hijo dormía con mi camiseta. Un exjugador pasó cinco minutos dándome consejos sobre una temporada que ni siquiera había empezado.
Sonreí, agradecí los comentarios y seguí diciendo que estaba bien.
Era más fácil que inventar versiones diferentes de la misma respuesta.
—Tu cara está empezando a contradecir tu declaración oficial.
Sara apareció a mi lado con una copa de champán en la mano.
Su vestido verde oscuro llamaba la atención sin proponérselo, y parecía completamente a gusto. Se había criado en eventos como este. Sabía a quién saludar, a quién evitar, y qué personas trataban el apellido Bennett como una invitación automática a entablar conversación.
—Estoy sonriendo.
Me estudió como si inspeccionara mercancía defectuosa.
—Técnicamente.
—Cuenta igual.
Sara se rio y me dijo que Alfred quería presentarme a dos patrocinadores antes de la cena.
Me quejé por principio.
Me recordó que parte de los millones necesarios para mantener el equipo a flote venían de tener contenta a gente como ellos.
—Pensé que me pagaban por jugar al hockey.
—Mi padre cree que puedes jugar al hockey y ser agradable con el mismo contrato.
—Cláusula abusiva.
Empezó a responder.
Dejé de escucharla a media frase.
Kate estaba cerca del escenario, hablando con alguien de producción mientras revisaba la parte trasera de su cámara.
Llevaba un vestido negro sencillo, nada que pareciera elegido para competir con la sala, y el pelo recogido bajo en la nuca.
Un mechón suelto se le había escapado cerca de la oreja.
Intentó colocárselo detrás sin apartar los ojos de la pantalla, pero se rindió cuando volvió a soltarse.
Ya sabía que Kate era guapa.
Lo que seguía captando mi atención era cómo desaparecía por completo en su trabajo.
La gente pasaba demasiado cerca de ella. Los camareros se cruzaban en su camino. Alguien soltó una carcajada a pocos metros.
Nada de eso parecía capaz de romper su concentración cuando tenía una cámara en las manos.
—Has dejado de escucharme.
Volví a mirar a Sara.
Siguió la dirección de mi mirada y encontró a Kate.
—Está preciosa, ¿verdad?
No había doble intención en la pregunta. Solo la satisfacción tranquila de una amiga que se había dado cuenta.
—Lo está.
—Y seguramente está contando los minutos para poder irse.
—¿No le gustan estas cosas?
—A Kate no le gusta la conversación vacía. Después de dos horas viendo a gente fingir intimidad con gente que apenas conoce, empieza a localizar las salidas de emergencia.
Volví a mirarla.
La explicación encajaba a la perfección con lo que ya había notado.
Sara me tocó el brazo.
—Voy a buscar a mi madre. Si mi padre pregunta, no me has visto.
—Literalmente acabas de decirme que quiere hablar conmigo.
—Exacto. Ahora es cosa vuestra.
Desapareció antes de que pudiera responder.
Pasé los siguientes minutos cumpliendo con la parte social del trabajo, esa que nadie apunta en las estadísticas.
Hablé con patrocinadores, posé para fotos y acepté una campaña que probablemente habría rechazado si nuestro director comercial no me hubiera estado observando desde el otro lado de la mesa.
De vez en cuando, Kate aparecía en mi campo de visión.
No tenía que esforzarme mucho para encontrarla.
Cada vez que terminaba una secuencia, bajaba la cámara y estudiaba la sala antes de elegir su siguiente objetivo.
Su expresión cambiaba en esos momentos.
Más serena. Casi desconectada de todo lo que la rodeaba.
Como si mantuviera una conversación en su cabeza que nadie más podía oír.
En un momento dado, nuestras miradas se cruzaron.
No apartó la vista.
Tampoco sonrió.
Levantó la cámara, me hizo dos fotos y volvió al trabajo.
Eso debería haber bastado para que me centrara en otra cosa.
No fue así.
La encontré más tarde en un pasillo lateral del hotel.
Kate tenía la cámara en una mano y estaba leyendo algo en el móvil. Junto a ella, sobre una mesa auxiliar, se habían acumulado dos copas vacías, una servilleta arrugada y un arreglo floral más pequeño que los del salón.
—Así que aquí es donde se esconden los fotógrafos cuando se cansan de la gente.
Levantó la vista y guardó el móvil.
—Estoy esperando a Rachel.
—Entonces retiro la acusación.
—Qué generoso.
Apoyé un hombro contra la pared.
Kate miró hacia el pasillo vacío y luego de nuevo hacia mí.
No pude evitar sonreír.
—¿Acabas de calcular una ruta de escape?
Se le escapó una risita.
—Estaba buscando a la persona que dijo que estaría aquí.
—Menos entretenido, pero aceptable.
Se ajustó la cámara contra el cuerpo.
—¿No deberías estar halagando a alguien que donó una fortuna?
—Acabo de pasar cuarenta minutos haciendo exactamente eso. Me he ganado un descanso.
—Enhorabuena.
—No pareces muy impresionada.
—Estoy intentando no perder el control de mis emociones.
Los dos nos reímos esta vez.
Algo en los hombros de Kate se relajó.
Eso era lo que no dejaba de llamarme la atención.
Cuando olvidaba durante unos minutos que parecía decidida a mantener cierta distancia entre nosotros, hablar con ella se volvía fácil.
—Creo que estamos progresando.
La cautela volvió a sus ojos.
—Esa frase nunca es buena señal.
—No intentaste terminar la conversación en los primeros treinta segundos.
Miró el reloj.
—Tal vez estoy esperando a alguien y literalmente no tengo adónde ir.
—Siempre encuentras algún sitio.
Cruzó los brazos, pero había humor en su expresión.
—Prestas demasiada atención a eso.
Cierto.
—Tal vez porque es difícil no notarlo cuando alguien inventa trabajo cada vez que estamos a solas.
—Llevamos trabajando juntos unos pocos días. ¿Y ya dices que cuatro conversaciones son un patrón?
—Así que tú también las contaste.
Kate abrió la boca.
Se detuvo.
La victoria duró apenas un segundo antes de que empezara a reírse.
—Eso solo empeora tu argumento.
Un ruido de ruedas llegó desde atrás.
Dos camareros empujaban unos carritos anchos por el pasillo, comentando en voz baja algo sobre una bandeja que tenía que volver a la cocina.
Kate se hizo a un lado para dejarles paso.
No vio la esquina de la mesa de servicio que tenía detrás.
Mi mano le alcanzó la cintura antes de que chocara con ella.
—Cuidado.
La acerqué unos centímetros hacia mí.
Kate acabó pegada a mi cuerpo mientras pasaban los carritos.
El movimiento había sido automático.
El segundo después, no.
Mi mano se quedó en su cintura, apoyada sobre la fina tela de su vestido.
Podía sentir su calor bajo la palma.
Levantó la vista.
La conversación pareció desaparecer del pasillo.
Uno de los camareros se disculpó al pasar.
Ninguno de los dos respondió.
Estábamos lo bastante cerca como para que notara el pequeño y rápido cambio en su respiración.
Mi pulgar casi se movió.
Lo mantuve quieto.
Kate bajó la mirada un segundo antes de volver a mis ojos.
Entonces se oyó una voz desde el final del pasillo.
—¡Kate!
Sara apareció con el bolso de su amiga en la mano.
Kate se apartó tan rápido que mi brazo quedó suspendido medio segundo antes de caer de nuevo.
—Dejaste esto en la mesa de producción —dijo Sara, entregándole el bolso—. Lo vi al pasar.
—Gracias.
Kate se colgó la correa del hombro.
Sara nos miró a los dos.
—¿Estás acorralando a mi fotógrafa en un pasillo?
—¿Tu fotógrafa?
—Yo la encontré primero.
Kate cerró los ojos un segundo, como si todo aquello fuera de lo más normal.
—¿Ha aparecido Rachel?
—Está junto al escenario. Dice que te necesita.
—Genial. Era a quien estaba esperando.
Se ajustó la cámara, me lanzó una mirada breve y se despidió.
Se marchó deprisa, pero no tanto como para parecer que huía.
Sara la observó un par de segundos.
—¿Qué has hecho?
—¿Por qué asumes que he sido yo?
—Experiencia de campo.
Me reí.
—Estábamos hablando.
—Entonces probablemente preguntaste algo que no quería responder.
Eso me hizo mirar hacia donde se había ido Kate.
—¿Siempre hace eso?
—¿El qué?
—Parecer cómoda y luego decidir de repente que la conversación se ha acabado.
Sara tardó un segundo en entender.
—A Kate le gusta tener espacio. Si la presionas demasiado, se inventará una tarea en la otra punta del edificio.
—Bueno es saberlo.
—Considéralo un servicio público.
Eso explicaba parte de la reacción de Kate.
No explicaba por qué se había apartado en el momento exacto en que oyó a Sara.
Tal vez le daba vergüenza que la encontraran tan cerca de alguien con quien trabajaba.
Tal vez no le gustaba el contacto físico inesperado.
Tal vez simplemente había recordado, en ese segundo, un límite que llevaba intentando mantener desde el principio.
Había suficientes explicaciones.
No necesitaba elegir una.
—¿Ha dicho algo sobre el proyecto? —pregunté.
Sara se ajustó la pulsera.
—Le gusta. Dice que Rachel es buena y que el material está quedando mejor de lo que esperaba.
—Bien.
—¿Por qué quieres saberlo?
—Porque soy el pobre desgraciado que va a salir en casi todo.
Sara entrecerró los ojos, divertida.
—Entonces más te vale que mi amiga siga disfrutando del trabajo.
—Eso es lo que pregunté.
—Por supuesto.
No me creyó.
Pero tampoco pareció querer ir más allá de la broma.
Sara dijo que tenía que rescatar a su madre de una emergencia con la distribución de mesas y me dejó solo en el pasillo.
Me quedé allí unos segundos más antes de volver adentro.
Durante la cena, Kate fue de mesa en mesa trabajando.
La mía estaba cerca del escenario.