Capítulo 15
Hoy se me ha caído una cafetera.
No la grande, la italiana de las manías, sino una de las pequeñas que Priscila usa para los pedidos de espresso doble.
La he cogido mal, o no sé, simplemente se me ha ido de las manos, y el ruido que ha hecho al chocar contra el suelo ha sido suficiente para que los tres clientes que había en ese momento levantaran la vista a la vez.
Me he agachado a recogerla con la cara caliente y Priscila ha salido de la cocina, ha mirado el suelo, me ha mirado a mí, y ha dicho que menos mal que no era la buena. Así, sin más. Y ha vuelto a la cocina.
Eso es todo. Nadie ha dicho nada más. Los clientes han vuelto a lo suyo y yo me he quedado un momento de rodillas en el suelo con la cafetera en la mano pensando en cuántas veces en mi vida anterior un ruido así, un error así de pequeño y estúpido, habría desencadenado algo.
El cálculo automático de daños. La evaluación rápida de cuánto iba a costar ese momento de torpeza.
Aquí no ha costado nada.
Me he levantado y he seguido trabajando.
* * *
Por las tardes, cuando hay menos gente, Priscila y yo a veces nos quedamos en la barra sin hacer gran cosa.
Ella repasa la lista de pedidos o escribe en un cuaderno pequeño que nunca me ha enseñado y que yo nunca le he preguntado qué es, y yo limpio cosas que ya están limpias o reorganizo el estante de las especias que en realidad no necesita reorganización.
Esta tarde ha habido un momento en que las dos estábamos en silencio y fuera llovía, una lluvia fina y constante de las de noviembre que no moja mucho pero que se mete en los huesos si te pilla sin abrigo, y Priscila ha dejado el cuaderno y ha dicho, sin que viniera de ningún sitio concreto:
— ¿Echas de menos algo?
Me he quedado quieta un momento. Era una pregunta rara, o no rara, sino abierta, de las que pueden significar muchas cosas dependiendo de cómo las respondas.
— A veces echo de menos el ruido —he dicho, que era verdad aunque no era toda la verdad.
Priscila ha asentido como si eso le pareciera una respuesta razonable.
— El ruido se echa de menos al principio —ha dicho—. Después te das cuenta de que en realidad no echabas de menos el ruido sino tener algo que llenar con él.
No he respondido porque no sabía qué responder y porque a veces con Priscila el silencio funciona mejor que cualquier cosa que puedas decir.
Ha cogido el cuaderno otra vez. Yo he seguido con las especias. La lluvia seguía igual fuera.
* * *
Fui a la librería de Dorothy el miércoles por la tarde, como ella dijo que era el mejor momento. Tenía razón, estaba casi vacía, solo un chico joven sentado en el suelo entre dos estanterías con un libro abierto en las rodillas que ni siquiera levantó la vista cuando entré.
Dorothy estaba detrás del mostrador y me saludó como si me conociera de hace años, que es su manera de saludar a todo el mundo según he entendido.
Me preguntó qué leía normalmente y le dije que de todo, que antes leía mucho y que en los últimos años había leído menos, sin entrar en detalles de por qué. Ella no preguntó por qué.
Me enseñó el fondo de la tienda, que era donde guardaba las cosas interesantes según sus propias palabras.
Tenía razón. Había una sección entera de novelas en ediciones antiguas con las tapas gastadas y el olor a papel que tiene una edad, y me quedé ahí un rato largo pasando los dedos por los lomos sin prisa, leyendo títulos, sacando alguno y volviéndolo a poner.
Al final compré dos. Una novela de una autora que no conocía con una portada horrible que Dorothy dijo que era engañosa, y un libro de poemas corto y delgado que me llamó la atención sin saber exactamente por qué.
— Buenas elecciones —dijo Dorothy cuando los puse en el mostrador, con un tono que dejaba claro que no lo decía por decir.
Volví al café con los dos libros bajo el brazo y la sensación rara pero no desagradable de haber hecho algo completamente mío, sin que nadie me lo pidiera ni me lo permitiera ni lo supiera.
* * *
Jamie no ha venido hoy. Ni ayer tampoco, creo. No llevo la cuenta, o no la llevo de manera consciente, pero lo noto de la misma manera en que notas que algo ha cambiado en una habitación sin saber exactamente qué es hasta que miras con más atención.
Priscila no ha dicho nada. Yo tampoco.
Esta noche, antes de dormirme, he leído un rato el libro de poemas.
No entendí todos, la verdad, algunos me parecieron demasiado herméticos y los dejé pasar sin culpa.
Pero hubo uno que leí tres veces seguidas sin saber muy bien por qué, algo sobre aprender a ocupar el espacio que te corresponde sin disculparte por estar ahí.
Lo cerré y lo dejé en la mesilla.
Me quedé mirando el techo un momento.
Fuera el viento movía algo, una rama, una persiana de alguna ventana cercana, no sé. El pueblo de noche suena diferente al pueblo de día, más honesto de alguna manera, como si se quitara algo que de día lleva puesto por costumbre.
Me he dormido sin darme cuenta de que me dormía, que es la mejor manera de dormirse.
Capítulo 14
He tenido una semana larga. No larga de manera dramática, sino de esa manera en que a veces las semanas se estiran sin razón aparente, llenas de cosas pequeñas que por separado no significan nada pero que juntas agotan.
Un problema con el proveedor de cervezas artesanas que lleva tres semanas enviando pedidos incompletos.
Una gotera en el almacén que resultó ser más complicada de lo que parecía.
Tom, que trabaja las noches de jueves a sábado y que es buen chico pero que esta semana ha llegado tarde dos veces con excusas que se parecían demasiado entre sí.
Nada grave. Solo el ruido normal de tener un negocio y una vida y un pueblo que a veces te necesita para cosas que no habías planeado.
El jueves por la tarde, después de resolver lo de la gotera, me he dado cuenta de que llevaba dos días sin pasarme por el café de Priscila.
No es que tenga que ir todos los días, no tengo esa obligación ni nada parecido, pero es un hábito de años y cuando lo rompo sin querer es normalmente porque algo me tiene la cabeza en otro sitio.
He ido el viernes por la mañana.
* * *
Wren estaba sola cuando he entrado. Priscila no se veía, debía de estar en la cocina o en el almacén, y el café estaba tranquilo, solo una pareja mayor en la mesa del fondo compartiendo un trozo de tarta y hablando en voz baja de algo que claramente les parecía muy importante.
Wren me ha mirado cuando ha sonado la campanilla. Un segundo, el de siempre, y después ha vuelto a lo que estaba haciendo que era escribir algo en un papel, una lista de pedidos o algo así, con esa concentración suya que pone en las cosas más mundanas.
— Llevas unos días sin venir —ha dicho, sin levantar la vista del papel.
Me he quedado un momento parado.
— Gotera en el almacén —he dicho.
— Ah.
Ha seguido escribiendo. Yo me he sentado en el taburete de la barra y la he mirado un momento sin que ella me mirara, pensando en que acababa de decirme que había notado que no había venido y que probablemente no era consciente de habérselo dicho o si lo era no le había dado importancia, que a veces son las mismas cosas.
— ¿Cómo va la gotera? —ha preguntado, todavía sin mirarme.
— Resuelta.
— Bien.
Ha dejado el papel, ha cogido la cafetera y me ha preparado el café sin que yo lo pidiera, que es algo nuevo, que hasta hace poco esperaba a que yo lo pidiera. Lo ha dejado delante de mí y ha vuelto al papel.
No he dicho nada sobre eso. A veces las cosas es mejor dejarlas donde están.
* * *
Priscila ha salido del almacén veinte minutos después con una caja de café en grano y me ha mirado con esa expresión suya de ya era hora.
— Gotera —le he dicho, antes de que dijera nada.
— Ya me ha contado Wren.
He mirado a Wren, que seguía con su lista y que no ha levantado la vista, aunque he notado algo en la manera en que tenía los hombros que me ha dado a entender que estaba escuchando perfectamente.
Priscila ha dejado la caja en la barra y se ha puesto a moler café con esa parsimonia suya de quien no tiene prisa porque ha aprendido que las prisas no mejoran el café.
Hemos hablado un rato de cosas del pueblo, de que el ayuntamiento quiere arreglar los adoquines de la calle sur antes de que llegue el invierno de verdad y de que eso va a ser un caos de tráfico durante semanas, de que los Turner han abierto finalmente la casa de huéspedes que llevaban años planeando y que la primera reserva es para diciembre.
Wren ha levantado la vista en ese momento.
— ¿Una casa de huéspedes?
— A tres calles de aquí —ha dicho Priscila—. Ruth y Gerald Turner. Llevan veinte años hablando de convertir su casa en algo así y por fin se han decidido. —Ha hecho una pausa—. Son buena gente. De las mejores del pueblo.
— ¿Aceptan visitas de fuera en invierno? —ha preguntado Wren, y había algo en cómo lo ha preguntado, algo demasiado casual, que me ha hecho pensar que la pregunta no era del todo inocente, que quizás estaba pensando en si alguien podría llegar al pueblo buscando un sitio donde quedarse.
— En invierno viene poca gente —he dicho yo—. Wisteria Hollow no es exactamente un destino turístico de temporada baja.
Ella ha asentido y ha vuelto al papel. Pero el gesto ha durado un segundo más de lo normal, como si estuviera procesando algo que no tenía que ver con los Turner ni con su casa de huéspedes.
No he preguntado. No es mi manera.
* * *
Antes de irme, cuando Priscila ha entrado un momento a la cocina, Wren y yo nos hemos quedado solos en la barra.
Ella ordenaba tazas, yo terminaba el café, y había ese silencio entre los dos que ya no es incómodo, que se ha ido volviendo de otra cosa con el tiempo, más parecido al silencio de dos personas que no necesitan llenar el espacio constantemente para demostrar que están bien.
— Dorothy dice que fuiste a la librería —he dicho.
— Dorothy habla mucho para ser librera.