El café de la vida Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

​—​      En Wisteria Hollow todo el mundo habla mucho. Es parte del trato.

Ha hecho un sonido que no era exactamente una risa pero que se le parecía bastante. Yo me he terminado el café y he dejado la taza en la barra.

​—​      ¿Encontraste algo bueno?

​—​      Dos cosas —ha dicho—. Una novela con una portada horrible que según Dorothy es engañosa, y un libro de poemas.

​—​      ¿Poemas?

​—​      ¿Qué pasa con los poemas?

​—​      Nada —he dicho—. Solo que no te imaginaba leyendo poemas.

Me ha mirado entonces, de verdad, no el segundo de siempre sino un poco más, con esa expresión suya que a veces no sé descifrar del todo.

​—​      ¿Y cómo me imaginas tú leyendo?

Era la misma pregunta que yo le había hecho a ella semanas atrás sobre los libros, devuelta, y había algo divertido en eso y algo más también, algo que no he sabido nombrar del todo en el momento pero que he seguido pensando después, ya fuera, caminando de vuelta a la taberna con el frío de noviembre en la cara.

​—​      No lo sé todavía —he dicho, antes de salir.

Y era verdad. No lo sé todavía.

Pero tengo ganas de averiguarlo.

Capítulo 15

La nieve empieza a caer a mediodía, de repente, sin el aviso gradual que yo esperaba de una tormenta.

Un momento el cielo es gris como cualquier otro día de noviembre y al siguiente hay copos, grandes y lentos al principio, y después más rápidos, y en menos de media hora la calle adoquinada de fuera es otra cosa completamente, blanca y silenciosa y un poco irreal.

Priscila mira por la ventana con las manos en las caderas.

​—​      Cerramos a las dos —dice.

No lo dice como una pregunta ni como una consulta. Es simplemente lo que va a ocurrir.

Los últimos clientes se van antes de la una y media, con las bufandas bien puestas y los comentarios de siempre sobre el invierno de Maine que llega siempre antes de que uno esté listo.

Priscila y yo recogemos el café en la mitad del tiempo habitual porque hay pocas cosas que aceleren a Priscila como la perspectiva de una buena tormenta de nieve y una tarde libre.

​—​      ¿Tienes planes? —me pregunta mientras se pone el abrigo, uno de un rojo intenso que con el pelo azul forma una combinación que en ella tiene todo el sentido del mundo.

​—​      Ninguno —digo.

​—​      Bien. —Se anuda el cinturón del abrigo—. Quédate dentro, que esta noche va a nevar de verdad.

Sale, cierra la puerta, y me deja sola en el café vacío con el sonido de la nieve cayendo fuera, que no es exactamente un sonido sino la ausencia de todos los demás sonidos.

Me quedo un momento en medio de la sala sin saber qué hacer con una tarde entera sin nada que hacer, que sigue siendo una situación que no manejo del todo bien.

Subo al cuarto, cojo el libro de poemas, bajo otra vez, me siento en la mesa del rincón.

Leo tres páginas. Me levanto. Miro por la ventana la calle que ya está cubierta de blanco y por la que no pasa nadie.

Entonces llaman a la puerta.

* * *

Es Jamie, con la chaqueta de lana cubierta de nieve en los hombros y una expresión que mezcla el frío con algo parecido a la disculpa anticipada.

​—​      Priscila me ha llamado —dice, antes de que yo pueda decir nada—. Me ha dicho que te has quedado sola y que la calefacción del café a veces da problemas cuando nieva mucho.

Lo miro.

​—​      La calefacción funciona perfectamente —digo.

​—​      Ya. —Una pausa—. Eso me imaginaba.

Los dos nos quedamos un momento en la puerta con la nieve cayendo detrás de él y el calor del café detrás de mí, y hay algo un poco ridículo en la situación que creo que los dos notamos al mismo tiempo porque en su cara aparece ese amago de sonrisa suyo y yo tengo que hacer un esfuerzo consciente para no corresponderle.

​—​      La taberna está cerrada hoy —dice—. Pero si quieres un sitio que no sea este cuarto puedes venir. Tengo chimenea y algo de comer que no requiere grandes habilidades culinarias.

No es una cena. No lo dice como una cena. Lo dice como lo que es, alguien que tiene un sitio caliente y no le importa compartirlo, y esa diferencia, que en otro momento y con otra persona no habría importado, aquí lo cambia todo.

​—​      Dame un minuto —digo.

* * *

La taberna de noche, cerrada y sin clientes, es completamente distinta a la taberna de día. Más pequeña de alguna manera, más íntima, con las luces bajadas y la chimenea encendida y ese silencio particular de los locales cuando la gente se ha ido y solo queda el espacio.

Jamie enciende un par de lámparas más, desaparece en la cocina y vuelve con dos platos de algo que huele bien y que resulta ser una sopa espesa con pan de masa madre que ha sobrado del mediodía.

​—​      No es nada del otro mundo —dice, dejándolo en la mesa.

​—​      Está bien —digo, y lo está, está muy bien, pero no es eso lo que me importa en este momento.

Comemos sin prisa. Fuera la nieve sigue cayendo, se ve por las ventanas, esa oscuridad blanca y tranquila que convierte el mundo en algo más pequeño y más manejable.

Hablamos de cosas sin importancia al principio, de la tormenta, de que el año pasado la primera nevada fuerte fue en enero y que este año se ha adelantado, de que Dorothy cierra la librería cuando nieva porque dice que los días de nieve son para leer en casa y no para vender libros.

Y después, sin que haya un momento concreto en que la conversación cambie, cambia.

​—​      ¿Tienes familia? —me pregunta Jamie, y lo dice con esa manera suya de preguntar que no exige respuesta, que deja la puerta abierta pero no empuja.

Pienso un momento.

​—​      Mi madre —digo—. Vivimos en ciudades distintas. Nos hablamos poco.

Es verdad. No es toda la verdad pero es verdad.

​—​      ¿La echas de menos?

​—​      Sí. —No lo había pensado en voz alta hasta ahora y el sonido de esa palabra en ese contexto me coge un poco desprevenida—. Más de lo que creía.

Jamie asiente. No dice lo siento ni qué pena ni ninguna de esas cosas que la gente dice cuando no sabe qué decir. Solo asiente, como si entendiera que a veces las distancias entre la gente no se explican en una frase y que tampoco hace falta.

​—​      Yo perdí a mi padre hace cuatro años —dice, después de un momento—. Todavía hay días en que pienso en llamarle para contarle algo y tardo un segundo en recordar que no puedo.

No digo nada. No porque no sepa qué decir sino porque lo que acaba de decir no necesita respuesta, solo espacio.

La chimenea hace ese ruido suyo de madera que se consume, ese chasquido pequeño y irregular que llena el silencio de una manera que no lo interrumpe sino que lo acompaña. Fuera sigue nevando.

​—​      ¿Por qué volviste? —le pregunto, y sé que ya me lo ha contado en parte, lo de Boston y la reunión que no importaba, pero esta noche la pregunta significa algo distinto y creo que los dos lo sabemos—. De verdad. ¿Por qué?

Me mira un momento antes de responder.

​—​      Porque aquí sé quién soy —dice—. Y fuera no lo sabía. Pensaba que lo sabía pero era otra cosa, era quien intentaba ser, que no es lo mismo.

Me quedo con eso un rato. Con la diferencia entre saber quién eres y saber quién intentas ser.

Yo llevo semanas siendo Wren y todavía no sé del todo quién es Wren.

Sé quién no es, eso sí. Sé todo lo que Wren no es, con una precisión que a veces resulta más fácil de manejar que su contrario.

Pero quién es, qué quiere, cómo ocupa el espacio que le corresponde sin disculparse, eso todavía lo estoy aprendiendo.

No digo nada de eso. Pero Jamie me mira de esa manera suya que ve más de lo que uno quisiera que viera, y algo en su expresión me dice que no hace falta que lo diga.

​—​      ¿Tú sabes quién eres? —me pregunta, en voz baja, sin urgencia.

​—​      Todavía no —digo, y es la cosa más honesta que le he dicho a nadie en mucho tiempo—. Pero creo que lo estoy averiguando.

Asiente despacio.

​—​      Eso es suficiente —dice.

Y lo dice de una manera que no suena a consuelo sino a verdad, que es la diferencia entre las dos cosas que más importa.

* * *

Vuelvo al café pasadas las diez. La nieve ha parado y la calle está quieta y blanca bajo las farolas, con esa calma que dejan las tormentas cuando se van, como si el mundo necesitara un momento para recordar cómo era antes de que llegaran.

Jamie me ha acompañado hasta la puerta, no porque yo se lo pidiera sino porque es él, y nos hemos despedido en la calle con la nieve crujiendo bajo los pies y el aliento visible en el aire frío.

​—​      Gracias —le he dicho.

​—​      Por la sopa —ha dicho él, que era una manera de quitarle peso a la noche sin quitárselo de verdad.

​—​      Por la sopa —he repetido.

He subido al cuarto, me he sentado en la cama con el edredón de flores, y me he quedado un buen rato mirando la ventana con la nieve afuera y esa frase de Jamie dando vueltas en algún sitio.

Eso es suficiente.

Hacía mucho tiempo que alguien no me decía que lo que tenía era suficiente. Que yo era suficiente. Sin condiciones, sin el pero implícito que siempre seguía a ese tipo de frases en mi vida anterior.

Solo eso. Suficiente.

Me he dormido con la luz encendida y el libro de poemas abierto en el pecho, y no he soñado con nada que me asustara.