El Beso que Me Rompe El aire de Saint-Tropez
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El aire de Saint-Tropez

En la villa «Les Glycines», una joya de piedra blanca colgada sobre los acantilados de la Costa Azul, la fiesta oficial rugía en los niveles inferiores.

Se escuchaba el eco lejano de *Pump Up the Jam*, pero en la terraza privada del último piso, el tiempo se regía por un metrónomo mucho más lento y carnal.

Elena se apoyó en la barandilla de mármol frío, sintiendo cómo el calor del día aún emanaba de las baldosas bajo sus pies descalzos. Llevaba un vestido de seda color champán, de tirantes finos, que se deslizaba sobre su cuerpo como agua.

A su lado, Chloé, su mejor amiga, exhalaba el humo de un cigarrillo con una elegancia perezosa. Chloé era pura energía de finales de los ochenta: su melena rizada y leonina brillaba bajo la luna llena, y sus grandes pendientes de oro tintineaban con cada movimiento de cabeza.

—Esta noche tiene un sabor distinto, ¿no crees? —susurró Chloé, sus ojos oscuros fijos en la silueta de los yates que descansaban en la bahía—. Siento que algo está a punto de romperse. O de empezar.

Antes de que Elena pudiera responder, la pesada puerta de cristal se deslizó hacia atrás.

Dos figuras emergieron de la penumbra del salón, donde un tocadiscos de alta fidelidad acababa de pinchar *Paradise* de Sade.

Eran Marc, un arquitecto local con esa rudeza sofisticada del sur, y Julian, un fotógrafo británico que Elena llevaba observando (y que la observaba a ella) desde que bajaron del avión en Niza.

Julian no se detuvo a una distancia prudencial.

Caminó directamente hacia Elena, invadiendo su espacio personal con esa confianza indolente que solo poseen los hombres que saben leer los deseos ajenos.

Llevaba una camisa de lino blanco, abierta lo suficiente para revelar una piel bronceada y un pequeño colgante de plata.

—Llevas toda la noche huyendo de las luces de la fiesta, Elena —dijo él, su voz era un barítono profundo que pareció vibrardirectamente en el vientre de ella—. Pero aquí arriba, bajo esta luna, no tienes dónde esconderte.

Marc, por su parte, se colocó detrás de Chloé.

Sin decir palabra, deslizó sus manos por los hombros de ella, apartando los rizos para besar la curva de su cuello.

Chloé soltó un suspiro largo, dejando caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en el pecho de Marc.

La complicidad entre los cuatro fue instantánea; no había necesidad de explicaciones.

Era 1989, una era de excesos, de libertad y de una búsqueda casidesesperada del placer antes de que el mundo cambiara de nuevo.

Julian extendió la mano y, con una lentitud tortuosa, pasó el dorso de sus dedos por la clavícula de Elena. Ella cerró los ojos, concentrándose en el contraste: la punta de sus dedos estaba ligeramente áspera, cálida, mientras que la seda de su propio vestido se sentía como una caricia líquida.

—Quiero ver cómo este vestido cae al suelo —susurró Julian al oído de Elena, su aliento rozando el lóbulo de su oreja—. Quiero ver si tu piel brilla tanto como la seda.

Él la guio suavemente hacia los sofás de terciopelo azul que bordeaban la terraza, protegidos de la vista del resto de la villa por grandes maceteros de terracota.

A pocos metros, Marc ya había desabrochado el corpiño de Chloé. La visión de su amiga entregándose al placer, con los ojosentornados y una sonrisa de absoluta satisfacción, actuó como un potente afrodisíaco para Elena. No había celos, solo una corriente eléctrica que circulaba entre los cuatro.

Julian se arrodilló frente a Elena. Sus manos subieron por sus pantorrillas, ascendiendo lentamente, levantando el dobladillo del vestido champán. Cada centímetro de piel que descubría era una pequeña victoria.

Elena se hundió en el terciopelo, sintiéndose la protagonista de una de esas fotografías de moda que Julian solía hacer, pero esta vez, el arte era vivo, pulsante y real.

La tensión acumulada durante días estalló cuando Julian finalmente la besó. Sabía a champán caro y a un deseo que quemaba. Elena enredó sus dedos en el cabello de él, tirando ligeramente, exigiendo más intensidad.

La mano de Julian encontró el centro de su humedad, moviéndose con una maestría que la hizo arquear la espalda y soltar un gemido que se perdió en el sonido de las olas rompiendo contra los acantilados.Mientras tanto, Marc y Chloé eran un enredo de sombras y suspiros.

Elena alcanzó a ver el brazo de Marc rodeando la cintura de Chloé, y cómo ella se aferraba a él con una urgencia hermosa.

Ver a Chloé tan libre, tan dueña de su propio cuerpo, le dio a Elena el permiso definitivo para perderse por completo.

Julian se deshizo de su camisa y se unió a ella en el sofá. El contacto de pecho contra pecho, la piel caliente contra la seda fría que aún colgaba de sus hombros, fue el catalizador final.

Se movieron juntos con un ritmo que parecía dictado por la música de Sade que seguía flotando desde el interior: lento, profundo, elegante y absolutamente devastador.

En ese rincón del sur de Francia, bajo un cielo que parecía lo suficientemente cerca como para tocarlo, los cuatro se exploraron sin límites. Fue una coreografía de manos, labios y suspiros compartidos, donde las identidades se desdibujaban y solo quedaba la sensación pura.

Cuando los primeros tonos violáceos y naranjas comenzaron a teñir el horizonte sobre el Mediterráneo, la terraza estaba sumida en un silencio sagrado. Los cuatro permanecían entrelazados entre los cojines de terciopelo y las prendas de lino y seda esparcidas.

Julian acariciaba el hombro de Elena mientras ella apoyaba la cabeza en su pecho, escuchando su corazón volver a un ritmo normal. Chloé y Marc compartían un último cigarrillo, mirándose con la complicidad de quienes han compartido un secreto inconfesable.

La década de los ochenta estaba llegando a su fin, y con ella, quizás, esa forma tan despreocupada de entender la libertad.

Pero mientras el sol de la Provenza comenzaba a calentar sus cuerpos cansados y satisfechos, Elena supo que ese momento —ese olor a sal, ese tacto de seda y esa conexión eléctrica con las personas que amaba y deseaba— se quedaría con ella para siempre.