El Encuentro en el Claro
Rowan, un hombre de hombros anchos y manos curtidas por el arco y la madera, descansaba junto a un arroyo de aguas cristalinas.
Sus ojos, acostumbrados a rastrear ciervos, se fijaron en dos figuras que emergían de entre los matorrales como apariciones del folclore local.
Eran Lady Elanor, de piel pálida como la leche y cabellos de fuego, y su dama de compañía, Isobel, cuyos ojos oscuros prometían secretos que la Iglesia jamás perdonaría.
No hubo necesidad de palabras. En el siglo XIII, la mirada de una noble que ha escapado de sus escoltas y la de una sierva que la ama con devoción hablaban más que cualquier pergamino.
El sol se filtraba entre las copas de los árboles, creando motas de oro sobre los cuerpos que comenzaban a despojarse de sus pesadas vestiduras de lana y lino.
El contraste: La blancura de los hombros de Elanor resaltaba contra el jubón de cuero oscuro de Rowan.
La caricia: Isobel, con una delicadeza experta, desató los cordones del corpiño de su señora, dejando que sus pechos quedaran expuestos al aire fresco del bosque, antes de girarse hacia Rowan con una sonrisa desafiante.
La unión: El hombre, atrapado entre dos fuerzas de la naturaleza, sintió cómo el deseo se volvía tan salvaje como el entorno.
Rowan atrajo a ambas hacia el manto de musgo que servía de lecho. Sus manos, una en la cintura de seda de Elanor y la otra en el muslo firme de Isobel, exploraban territorios prohibidos por la ley de los hombres, pero bendecidos por la tierra.
El silencio del bosque fue roto por una sinfonía de gemidos y respiraciones agitadas. Elanor se entregaba con la urgencia de quien ha vivido en una jaula de oro, mientras Isobel guiaba los movimientos de Rowan, creando un ritmo compartido donde no existían rangos ni títulos.
El roce de la barba de Rowan contra la piel sensible, el sabor salado del sudor y el aroma a lavanda que aún emanaba del cabello de las mujeres se fundieron en un solo impulso.
Fue un encuentro visceral, donde la fuerza del hombre se encontraba con la sofisticación y el deseo desbordado de las dos damas,culminando en un éxtasis que hizo temblar las hojas de los helechos a su alrededor.
Cuando el sol comenzó a descender, tiñendo el bosque de un rojo profundo, los tres yacían entrelazados, exhaustos y completos. El mundo de 1245, con sus guerras y sus cruces, quedaba muy lejos de aquel claro oculto.