Epílogo
La niebla cubría parcialmente las orillas del río cuando el niño salió de la choza.
Todavía no había amanecido por completo.
El cielo conservaba una tonalidad gris azulada que apenas permitía distinguir las formas de las colinas.
El aire estaba húmedo.
Pesado.
La tierra permanecía empapada por las lluvias de los días anteriores.
Detrás de las viviendas improvisadas comenzaban a escucharse los primeros movimientos del campamento.
Una puerta de madera.
Una tos persistente.
El sonido metálico de una olla.
Un perro flaco que cruzó entre los refugios levantando apenas la cabeza.
El niño tomó el recipiente de plástico apoyado junto a la entrada.
Lo sostuvo con una mano.
Luego comenzó a caminar.
No tenía más de diez años.
Sus pies descalzos avanzaban sobre senderos endurecidos por el tránsito constante de personas y motocicletas.
Conocía cada curva.
Cada charco.
Cada desnivel.
Había recorrido aquel camino cientos de veces.
Quizá miles.
La senda descendía hacia el río.
A medida que avanzaba, las sombras de las colinas comenzaron a hacerse visibles entre la niebla.
Las laderas ya no conservaban su forma original.
Grandes sectores habían sido abiertos.
Excavados.
Perforados.
Partes enteras de la vegetación habían desaparecido.
La tierra desnuda aparecía marcada por cicatrices de distintos colores.
Marrón.
Rojo.
Amarillo.
Gris.
Las mangueras negras seguían extendidas sobre las pendientes.
Serpenteaban entre los árboles supervivientes.
Subían.
Bajaban.
Desaparecían detrás de montículos artificiales.
Volvían a aparecer varios cientos de metros más adelante.
Incluso a aquella hora podía escucharse el zumbido lejano de las bombas.
Un ruido grave.
Constante.
Ininterrumpido.
El niño apenas le prestó atención.
Había escuchado aquel sonido durante toda su vida.
Formaba parte del paisaje.
Como el río.
Como la lluvia.
Como el barro.
Como la niebla.
Llegó a una pequeña elevación desde la cual podía observarse una parte de los complejos mineros.
Luces dispersas brillaban sobre las colinas.
Algunos motores permanecían encendidos.
Camiones inmóviles aguardaban cerca de depósitos cubiertos por lonas.
Más arriba se distinguían varios estanques de lixiviación.
Desde aquella distancia parecían manchas oscuras abiertas sobre la montaña.
El niño continuó caminando.
No observó nada con curiosidad.
No había nada nuevo.
Todo seguía allí.
Todo había estado allí el día anterior.
Y el anterior.
Y el anterior.
Al llegar a la orilla del río se detuvo.
El agua avanzaba lentamente entre bancos de barro y vegetación dispersa.
La superficie reflejaba la luz gris del amanecer.
También reflejaba otros colores.
Tonalidades extrañas.
Cambios sutiles que aparecían dependiendo del ángulo desde el cual se la observara.
Verdes.
Azules.
Destellos turquesa.
El niño descendió por una pequeña pendiente.
Las marcas de otros pasos eran visibles sobre el suelo húmedo.
Muchas personas utilizaban aquel lugar.
No porque fuera el mejor.
Simplemente porque estaba cerca.
Apoyó el recipiente junto a la orilla.
Esperó unos segundos.
Luego lo hundió parcialmente en el agua.
El líquido comenzó a llenarlo con rapidez.
La superficie se agitó.
Pequeños círculos se expandieron corriente abajo.
El niño observó el recipiente.
Lo levantó.
Comprobó el nivel.
Volvió a introducirlo.
Era una tarea mecánica.
Habitual.
No existía ninguna ceremonia alrededor de aquel gesto.
Ninguna reflexión.
Ninguna duda.
Era agua.
La necesitaban.
La recogía.
Eso era todo.
A varios cientos de metros río arriba aparecieron dos mujeres.
También llevaban recipientes.
Caminaban lentamente mientras conversaban.
Sus voces apenas llegaban hasta allí.
Una motocicleta pasó por un camino cercano.
El sonido del motor se mezcló con el zumbido distante de las instalaciones mineras.
La niebla comenzó a disiparse poco a poco.
Las colinas quedaron más expuestas.
Más visibles.
Más difíciles de ignorar.
Las mangueras negras destacaban sobre las pendientes desnudas.
Algunas eran tan gruesas como un brazo humano.
Otras parecían más pequeñas.
Todas transportaban líquidos hacia sectores donde la tierra había sido abierta.
Excavada.
Transformada.
El niño terminó de llenar el recipiente.
Lo apoyó sobre una roca.
Descansó unos segundos.
Desde allí podía verse una sección del río donde el agua adquiría una tonalidad particularmente intensa.
Turquesa.
No completamente.
No uniforme.
Como si el color apareciera y desapareciera bajo la superficie.
El niño observó aquella zona sin interés especial.
Nunca había conocido otro río.
Tampoco había visto fotografías de cómo era aquel lugar décadas atrás.
Ni había escuchado explicaciones sobre procesos químicos.
Ni sobre lixiviación.
Ni sobre tierras raras.
Ni sobre cadenas globales de suministro.
Ni sobre vehículos eléctricos.
Ni sobre aerogeneradores.
Ni sobre imanes permanentes.
Las colinas perforadas, las mangueras, los estanques simplemente existían.
El agua era así.
La realidad comenzaba y terminaba allí.
Una figura apareció sobre el sendero.
Era su padre.
Llevaba una pala apoyada sobre un hombro.
Caminaba en dirección a los sectores de trabajo.
Sus botas estaban cubiertas de barro endurecido.
La ropa mostraba manchas que ya no desaparecían después de los lavados.
El hombre levantó una mano.
El niño respondió con un gesto similar.
No intercambiaron palabras.
No era necesario.
Cada uno conocía lo que debía hacer.
El padre continuó avanzando hacia las instalaciones.
El niño permaneció junto al río.
Observándolo alejarse.
Otros trabajadores comenzaron a aparecer.
Pequeños grupos.
Hombres.
Mujeres.
Algunos transportaban herramientas.
Otros mochilas.
Otros bidones vacíos.
Todos caminaban hacia las colinas.
Hacia las bombas.
Hacia los depósitos.
Hacia los sectores donde comenzaría otra jornada.
La actividad se intensificó gradualmente.
Los motores aumentaron.
Las primeras máquinas empezaron a desplazarse.
Una excavadora encendió sus luces sobre una pendiente distante.
Un camión inició una maniobra cerca de uno de los estanques.
El niño tomó nuevamente el recipiente.
El peso obligó a tensar los brazos.
Comenzó el regreso.
El sendero ascendía desde la orilla.
El barro húmedo dificultaba algunos tramos.
Aun así avanzó sin problemas.
Conocía perfectamente el camino.
A mitad de la subida se detuvo para recuperar el equilibrio.
Desde allí observó nuevamente el paisaje.
La niebla casi había desaparecido.
Las cicatrices de las colinas eran visibles en toda su extensión.
Sectores completos parecían haber sido arrancados.
Las laderas estaban atravesadas por tuberías.
Mangueras.
Canales improvisados.
Pequeños caminos utilizados por vehículos pesados.
Algunas zonas mostraban manchas claras donde la vegetación ya no regresaba.
Más arriba podían verse varios trabajadores desplazándose entre instalaciones temporales.
Desde la distancia parecían figuras diminutas.
El niño retomó la marcha.
Pasó junto a una estructura de madera utilizada como almacén.
Varias bolsas apiladas descansaban bajo un techo de chapa.
Un hombre registraba números en una libreta.
Otro verificaba una lista colgada sobre una pared.
Los documentos, las personas que los completaban y los camiones cambiaban.
Pero las colinas permanecían.
El niño siguió avanzando.
Al llegar a la zona habitada comenzó a escuchar conversaciones más claramente.
Una mujer cocinaba arroz frente a una vivienda.
Dos niños más pequeños perseguían una rueda vieja.
Un anciano observaba el movimiento del campamento sentado sobre una caja de plástico.
La vida cotidiana ya estaba en marcha.
Nadie hablaba sobre auditorías.
Ni sobre procedimientos judiciales.
Ni sobre investigaciones regulatorias.
Aquellas cosas ocurrían lejos.
En otros idiomas.
En otras ciudades.
En otros edificios.
Aquí la preocupación inmediata era diferente.
Conseguir agua.
Conseguir trabajo.
Conseguir combustible.
Conseguir comida.
El niño dejó el recipiente dentro de la vivienda.
Su madre revisó el contenido.
Asintió.
Después continuó preparando el desayuno.
El interior de la choza era pequeño.
Oscuro.
El olor a humo permanecía atrapado entre las paredes.
Una radio vieja emitía sonidos distorsionados desde un rincón.
Nadie parecía escucharla realmente.
El niño volvió a salir.
Le gustaba permanecer afuera durante las primeras horas de la mañana.
La humedad todavía hacía soportable la temperatura.
Desde una zona ligeramente más elevada observó nuevamente las colinas.
Ahora podían verse con claridad.
Los motores trabajaban.
Las bombas seguían funcionando.
Las mangueras permanecían extendidas sobre las pendientes.
La actividad nunca se detenía por completo.
A veces disminuía.
A veces cambiaba de sector.
Pero siempre continuaba.
Una bandada de aves cruzó sobre el valle.
El niño siguió su trayectoria con la mirada.
Desaparecieron detrás de una de las explotaciones.
No volvió a verlas.
La mañana avanzó lentamente.
El campamento se llenó de movimiento.
Vehículos.
Herramientas.
Voces.
Golpes metálicos.
Ruido de maquinaria.
El paisaje parecía haberse acostumbrado a convivir con todo aquello.
O quizá las personas se habían acostumbrado al paisaje.
Resultaba difícil distinguir una cosa de la otra.
Cerca del mediodía comenzaron a formarse nubes sobre las montañas.
El aire adquirió nuevamente una sensación pesada.
La humedad regresó.
El niño ayudó a trasladar algunos objetos alrededor de la vivienda.
Después acompañó a otros chicos hasta una zona cercana donde todavía quedaban árboles.
Desde allí podían verse las instalaciones de lixiviación en funcionamiento.
Los estanques reflejaban la luz del cielo.
Las bombas continuaban enviando líquidos a través de kilómetros de mangueras.
Los niños jugaron durante un rato.
Corrieron.
Rieron.
Lanzaron piedras.
Ninguno observó las instalaciones con atención especial.
Eran parte del fondo habitual de sus vidas.
Tan normales como las montañas, como la lluvia, como el río.
Cuando la tarde comenzó a caer, el zumbido de los motores seguía presente.
Nunca desaparecía completamente.
Solo cambiaba de intensidad.
El niño regresó nuevamente hacia la orilla.
Le gustaba caminar allí al final del día.
El agua avanzaba tranquila.
La corriente arrastraba pequeñas ramas y fragmentos de vegetación.
Los colores extraños seguían apareciendo sobre la superficie.
Turquesa.
Verde.
Destellos irregulares que se desplazaban lentamente.
El niño observó el río.
Luego observó las colinas.
Más allá de la vegetación dispersa podían verse claramente las líneas negras de las mangueras.
Subían por las pendientes.
Desaparecían entre cortes abiertos en la tierra.
Volvían a surgir cerca de nuevos sectores de trabajo.
Las bombas seguían funcionando.
Los camiones seguían moviéndose.
Las luces comenzaban a encenderse otra vez sobre las instalaciones.
La jornada terminaba para algunas personas.
Comenzaba para otras.
El niño permaneció allí unos minutos más.
Simplemente mirando.
Sin preguntas.
Sin sorpresa.
Sin nostalgia por algo que nunca había conocido.
Finalmente se inclinó.
Tomó nuevamente el recipiente vacío que había llevado consigo.
Lo llenó una vez más.
La corriente produjo pequeñas ondas alrededor de sus manos.
El agua volvió a mostrar aquellas tonalidades extrañas bajo la luz cambiante del atardecer.
Turquesa.
Verde.
Azul.
Después levantó el recipiente.
Lo sostuvo contra el pecho.
Y emprendió el regreso.
Las chozas del campamento comenzaban a iluminarse a la distancia.
Delgadas columnas de humo ascendían hacia el cielo.
Las primeras voces de la noche aparecían entre las viviendas.
Detrás de ellas, sobre las colinas abiertas, continuaban escuchándose los motores que alimentaban las bombas de inyección.
Las mangueras negras seguían extendidas sobre las laderas.
La extracción continuaba.
FIN