El barro de las tierras raras Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

Los motores se escucharon antes de aparecer en la curva. Los trabajadores se apartaron de los caminos. Los capataces enderezaron la postura. Varios integrantes de la milicia corrieron hacia la plataforma central.

El coronel descendió del segundo vehículo.

Llevaba uniforme limpio, botas sin barro y una gorra rígida. Caminó junto a dos oficiales mientras un administrador le mostraba mapas impresos.

No recorrió las zonas más bajas.

Observó las laderas desde un punto elevado.

El administrador señaló las nuevas perforaciones.

Después los estanques.

Después una zona aún cubierta de vegetación.

El coronel hizo preguntas breves.

Producción.

Transporte.

Incidentes.

Pagos.

Controles.

No preguntó por enfermedades.

Un oficial le entregó un informe.

El documento incluía columnas de volúmenes y rutas. Algunas líneas estaban marcadas con tinta roja. El coronel leyó en silencio.

—¿Los antiguos compradores?

—Reducidos.

—¿Y los nuevos?

—Absorben parte de la producción.

—¿Parte?

—Todavía no todo.

El coronel observó los camiones cargados.

—Entonces bajen el precio.

El administrador dudó.

—Los costos aumentaron.

—La tierra sigue aquí.

El hombre no respondió.

El coronel devolvió el informe.

—Los nombres pueden cambiar. La salida no.

Continuó caminando.

A pocos metros, un trabajador cubría con tierra una fuga en una tubería.

El líquido le salpicaba las botas.

Nadie detuvo la inspección.

En otra ladera, las perforaciones avanzaban hacia una zona donde aún quedaban árboles. Las raíces aparecían expuestas por la erosión. Algunos troncos se inclinaban sobre el vacío. Una excavadora esperaba con el brazo levantado.

El coronel señaló.

—Mañana.

El capataz asintió.

Al día siguiente, la vegetación comenzó a caer.

Los árboles fueron cortados cerca de la base y arrastrados hacia un borde. Las ramas quedaron mezcladas con bolsas, piedras y mangueras viejas. La máquina removió la capa superior del suelo. Debajo apareció una arcilla compacta, brillante por la humedad.

El olor químico aumentó cuando comenzaron a inyectar solución en las nuevas perforaciones.

Los trabajadores apartaban la cara.

Algunos cubrían la nariz con pañuelos.

Otros ya no reaccionaban.

Un hombre llamado Naw Seng llevaba seis años en distintos campamentos. Había aprendido a distinguir por el olor cuándo una mezcla estaba demasiado concentrada.

Ese día lo estaba.

Se acercó al capataz y señaló una válvula.

El capataz revisó el reloj de presión.

—Funciona.

Naw Seng insistió.

La respuesta llegó en forma de un gesto hacia los camiones que esperaban.

No había tiempo para detener la operación.

Poco después, una conexión cedió.

El líquido salió con fuerza y alcanzó las piernas de dos trabajadores.

Uno consiguió apartarse.

El otro cayó sobre el barro.

Los compañeros cerraron la válvula con una barra metálica. Le quitaron el pantalón y vertieron agua sobre la piel. El agua de emergencia estaba almacenada en un tanque abierto y tenía sedimentos.

El hombre gritó cuando lo levantaron.

Lo trasladaron en la parte trasera de una camioneta.

La bomba volvió a funcionar antes de que el vehículo saliera del campamento.

La producción no se detuvo.

Esa noche, los trabajadores comieron arroz, hojas cocidas y pescado seco bajo una cubierta de lona. Algunos hablaban de la noticia que había circulado meses atrás.

Un periodista extranjero.

Fotografías.

Empresas europeas.

Audiencias.

Demandas.

Uno de ellos preguntó si las minas cerrarían.

Un hombre mayor se rio sin alegría.

—Cerraron nombres.

—¿Qué significa?

—Que ahora cobramos de otro.

Nadie añadió nada.

El ruido de las bombas continuaba en la oscuridad.

Las luces de los campamentos dibujaban líneas sobre las laderas. Desde lejos, podían confundirse con un poblado.

No lo eran.

Cada punto de luz indicaba una máquina, una perforación o un depósito.

Durante la madrugada, una lluvia breve cayó sobre la zona.

El agua recorrió los caminos, arrastró residuos y llenó zanjas. En los bordes de los estanques, el nivel subió hasta cubrir parte de los plásticos. Un líquido turbio desbordó por una esquina y avanzó hacia el canal de drenaje.

A la mañana siguiente, aparecieron peces muertos en un tramo bajo del arroyo.

Los niños los encontraron primero.

Los adultos les ordenaron no tocarlos.

Una mujer tomó fotografías con un teléfono antiguo. No tenía señal suficiente para enviarlas. Las guardó en la memoria del dispositivo.

Quizá algún día alguien las vería.

En las oficinas de los operadores, los informes mensuales mostraban otra realidad.

Producción recuperada.

Rutas ajustadas.

Pérdidas controladas.

Nuevos compradores.

Riesgo reputacional reducido.

Los documentos no mentían de manera abierta.

Las toneladas habían salido.

Los pagos se habían realizado.

Los contratos existían.

Las empresas estaban registradas.

Los lotes llevaban números.

La estructura podía defender cada tramo por separado.

En el terreno, los nombres importaban poco.

Los trabajadores seguían hundiendo mangueras en las colinas; los capataces, contando jornadas; los conductores, evitando controles; los intermediarios, cambiando facturas; la milicia, cobrando; el mineral, avanzando.

Europa había reaccionado.

Algunos contratos habían sido suspendidos.

Varias compañías habían perdido valor.

Ejecutivos habían comparecido ante comités.

Auditorías habían sido revisadas.

Reguladores habían anunciado nuevos procedimientos.

Nada de aquello era inexistente.

Los efectos habían llegado hasta Pangwa en forma de compradores perdidos, pagos demorados y rutas modificadas.

Pero las perforaciones continuaban.

El sistema no había quedado intacto.

Había quedado adaptado.

Una tarde, un administrador recibió un paquete de documentos desde China. Incluía nuevas plantillas de facturación, códigos comerciales y certificados emitidos por entidades diferentes.

Repartió las hojas entre los operadores.

—Desde hoy usamos estos nombres.

Uno de ellos preguntó qué ocurría con los archivos anteriores.

—Se guardan.

—¿Dónde?

El administrador señaló una caja metálica.

—Hasta que dejen de ser útiles.

Los documentos viejos fueron apilados junto a contratos vencidos y sellos retirados.

El mineral del día siguiente saldría con papeles nuevos.

En la ladera, una excavadora abrió otra zanja.

La montaña cedió en bloques húmedos.

Debajo de la superficie aparecieron nuevas capas de arcilla.

Los trabajadores extendieron más mangueras.

El olor obligó a uno de ellos a apartar la cara.

Después volvió al trabajo.

Horas más tarde, en una oficina situada lejos de Pangwa, un informe de seguimiento incluyó una noticia procedente de China.

El nombre aparecía entre datos de empresas, rutas y proveedores.

Dr. Chen Sicheng.

Su perfil académico había sido retirado.

Las referencias a sus antiguos empleos ya no figuraban en los directorios públicos.

Sus publicaciones habían desaparecido de algunas bases de datos institucionales.

El número que había utilizado durante años estaba fuera de servicio.

No había registro de nuevos contratos, ni dirección actual, ni constancia de salida, ni comunicado.

El Dr. Chen Sicheng había desaparecido definitivamente del sistema público.

Nadie sabía dónde estaba.