Capítulo 25 #3
—Me refiero a conclusiones no respaldadas por evidencia científica completa.
—Tenemos trabajadores lesionados, cursos de agua alterados, métodos de lixiviación documentados y controles insuficientes.
—Tenemos elementos que deben investigarse.
—Todo debe investigarse después de ser investigado.
La presidenta volvió a intervenir.
La sesión llevaba más de seis horas.
Las posiciones se endurecían.
Un bloque reclamaba medidas provisionales.
Otro proponía una revisión regulatoria con plazos.
Otro pedía coordinación con socios comerciales antes de cualquier restricción.
Los representantes industriales insistían en evitar interrupciones.
Los funcionarios de energía repetían que la transición no podía detenerse.
Los ambientalistas preguntaban qué clase de transición dependía de esconder daños en otro continente.
Nadie podía ignorar el problema.
Tampoco existía consenso sobre cuánto debía costar resolverlo.
Al final de la tarde, un alto funcionario de la Comisión pidió la palabra.
Había permanecido casi toda la jornada escuchando.
Su carpeta seguía cerrada.
Su voz fue más baja que la de los anteriores.
—Hemos discutido autenticidad documental, competencia regulatoria, seguridad de suministro, empleo, dependencia tecnológica y responsabilidad empresarial.
Miró a Sophie.
Después a los representantes industriales.
Después a los eurodiputados.
—La evidencia presentada parece suficiente para concluir que los mecanismos actuales no identificaron adecuadamente riesgos graves en el origen de determinados materiales.
Nadie lo interrumpió.
—También parece claro que una respuesta inmediata tendría consecuencias económicas significativas.
Hizo una pausa.
—Por tanto, la pregunta central ya no es si existe un problema.
La sala quedó inmóvil.
Los intérpretes esperaron.
El funcionario apoyó las manos sobre la mesa.
—Si las pruebas son correctas, ¿está Europa dispuesta a asumir el costo económico de aplicar sus propios principios?
No hubo respuesta.
Los micrófonos permanecieron apagados.
Ningún representante industrial pidió la palabra.
Ningún funcionario abrió su carpeta.
Los eurodiputados miraron documentos, pantallas o rostros ajenos.
Durante toda la jornada habían hablado de medidas, plazos, riesgos y competencias.
La pregunta eliminaba los rodeos.
Actuar significaba pagar.
Cambiar proveedores.
Aceptar demoras.
Asumir precios más altos.
Reconocer fallas.
Afrontar pérdidas.
Exponer sectores enteros.
No actuar también tenía un costo.
Solo recaía lejos de la sala.
La presidenta cerró la audiencia sin una resolución definitiva.
Anunció nuevas sesiones.
Solicitudes formales de información.
Un grupo interinstitucional.
Consultas con los Estados miembros.
Evaluaciones de impacto.
Revisión de mecanismos de debida diligencia.
Las medidas sonaron numerosas.
Ninguna respondía todavía a la pregunta.
Al abrirse las puertas, la sala se desarmó en segundos.
Los periodistas rodearon a Sophie.
Los representantes industriales salieron por corredores laterales.
Los eurodiputados recibieron teléfonos y carpetas de sus asistentes.
Los funcionarios se agruparon por direcciones generales.
Pawel permaneció junto a la pared, observando.
Sophie respondió tres preguntas.
Después se negó a especular sobre sanciones.
—Los documentos están disponibles —dijo—. Las instituciones deben decidir qué hacen con ellos.
Un reportero preguntó si consideraba la jornada un éxito.
—Considero que ya no pueden afirmar que no sabían.
Se apartó de los micrófonos.
Pawel la alcanzó en el pasillo.
—¿Y ahora?
—Ahora empieza el procedimiento.
La palabra sonó como una amenaza.
Caminaron hacia la salida principal.
En los corredores, las conversaciones parecían normales.
Asesores intercambiando tarjetas.
Funcionarios consultando agendas.
Representantes corporativos esperando ascensores.
El edificio absorbía el conflicto y lo convertía en reuniones futuras.
Cerca de una columna, un hombre con credencial de una consultora industrial se acercó a un asesor de comercio. No llevaba documentos visibles. Habló en voz baja.
Más adelante, una representante de una asociación energética detuvo a un funcionario de gabinete.
Le entregó una carpeta delgada.
Otro lobbista esperaba junto a la puerta de una sala reservada.
Cuando salió un eurodiputado, caminaron juntos sin mirar a las cámaras.
Pawel redujo el paso.
Sophie siguió su mirada.
—Ahí está la siguiente audiencia —dijo.
No había micrófonos.
No había traducción simultánea.
No había registro público.
Solo conversaciones breves.
Invitaciones.
Advertencias.
Cálculos.
Promesas de información.
Escenarios de empleo.
Proyecciones de precios.
Riesgos electorales.
Los representantes industriales que habían pedido prudencia frente a las cámaras comenzaban a negociar fuera de ellas.
Los funcionarios que no habían respondido en la sala escuchaban ahora en los pasillos.
Pawel sacó su libreta.
Anotó nombres.
Horas.
Encuentros.
No sabía aún qué significaba cada conversación.
No asumiría nada.
Observaría.
Preguntaría.
Verificaría.
A miles de kilómetros, las mangueras seguían enterradas en las colinas de Pangwa.