Epílogo
AURORA
Cincuenta y un años después
La luz anaranjada se cuela por la ventana abierta. Las cortinas de gasa se mecen despacio con la brisa templada, que arrastra el aroma de acianos y tomillo y me acaricia la nariz.
Paseo sin prisa por la estancia y contemplo las suaves colinas de la Toscana, nuestro hogar compartido desde hace más de medio siglo. Maxime, que debió de entrar sin que me diera cuenta, aparece de pronto a mi lado. Me toma la mano y entrelazamos los dedos.
Sin apartar la vista del exterior, le acaricio la palma con el pulgar.
—A veces no puedo creerlo —murmuro distraída.
Oigo el fluir de su respiración, siento su calor.
—Y, sin embargo, es verdad.
—Cincuenta años —murmuro mientras apoyo la cabeza en su hombro, encantada.
Él besa mi sien.
—Feliz aniversario —susurra en mi cabello, ahora canoso.
—Igualmente.
Sonriendo, alzo la vista hacia él. Sus facciones están surcadas de líneas, su cabello se ha afinado. Y, aun así, en sus ojos sigue brillando la misma chispa con la que me miró la primera vez que nos vimos.
—Ven, nuestra vida nos espera.
De la mano, cruzamos la estancia hasta la pared de enfrente, donde se alza nuestro mueble de boticario. Lo restauramos juntos: oscurecimos la madera y cambiamos los herrajes. En el frente de cada cajón brilla una pequeña placa.
Ochenta años relucen ante nosotros en un dorado mate. Cada vez que nos plantamos aquí, sé que algunos de estos cajones quedarán para siempre vacíos. Pero eso no es lo importante. La mayoría rebosa tanta vida que casi se desborda, y eso es lo que de verdad cuenta.
Deslizo los dedos por los cajones y abro uno de ellos.
—Mira, tu billete de tren a Londres —digo con una sonrisa. Después de nuestro mambo, el que bailamos en pleno corazón de París, nunca lo llegó a usar. En lugar de usarlo, pasamos la noche entera bailando y soñando. Soñando con la vida que llevaríamos juntos a partir de entonces.
Con no someternos a la presión de la competición. Porque comprendí que mi madre siempre sonreiría al vernos bailar, ya fuera en los grandes escenarios del mundo o entre las cuatro paredes de nuestra casa. Porque, al final, ella solo irradia felicidad cuando ve lo feliz que soy.
Con dejar atrás París y regresar a mi tierra natal junto con la madre de Maxime.
Y con abrir algún día una escuela de baile.
Pienso en todo eso y en mucho más cuando Maxime toma entre las manos la foto de Sky y de mí en el aeropuerto de París. Nos abrazamos, melancólicas por la despedida y, aun así, tan despreocupadas. Ninguna de las dos podía imaginar los profundos cambios que aguardaban a Sky en las semanas siguientes.
—La felicidad y el dolor a veces están increíblemente cerca —dice Maxime, ensimismado.
Esa es la ironía de la vida.
—El año en que no podíamos ser más felices fue… —La voz se me quiebra al recordar todo lo que Sky tuvo que atravesar entonces.
—Creció gracias a ello. —Maxime devuelve la foto a su sitio y cierra el cajón—. Y vivió cosas con las que nunca se habría atrevido ni a soñar.
Y sí, tenía razón. Asiento, absorta en mis pensamientos, y lo beso con suavidad. Luego me vuelvo hacia otro cajón.
—Ese fue uno de nuestros mejores años —digo, aunque en realidad no existe un «mejor». Cada año fue único, y por nada del mundo me hubiera perdido ninguno.
Juntos, dejamos que la mirada se pose en el año en que nos casamos aquí, en la Toscana, en la finca de mi familia. En el cajón no solo está la invitación de boda, sino también la pareja de novios que coronaba la tarta, junto con infinidad de fotos de la celebración.
En ellas aparecemos mis hermanos y yo, reunidos después de todo lo que hemos pasado.
Está Vico con su Hanna, que le ha cambiado la vida de una forma que jamás habría creído posible.
Las gemelas de Camilla lanzan pétalos de flores al cielo, y Alessia se deja mecer en la pista de baile, de un lado a otro, junto a nuestro padre.
Tiene las mejillas encendidas y una sonrisa de pura dicha.
Hubo una época en su vida en la que algo así habría sido impensable.
Sin embargo, ahora sostengo en las manos la prueba de que lo logró.
Y una vez más comprendo que todos tenemos que atravesar épocas oscuras de vez en cuando.
A veces duran días, a veces meses y, en ocasiones, años.
Maxime y yo también las hemos vivido, incluso varias veces.
Forman parte de nosotros; están entretejidas con nuestras vidas.
Maxime cierra el cajón del año de nuestra boda y yo me quedo inmóvil un instante, mirando los herrajes dorados y mates del mueble.
Algunos de estos cajones guardan más oscuridad que luz.
Ahora abro uno de ellos, sabiendo muy bien que va a doler.
En la parte de arriba hay una ecografía. En el borde blanco, bajo la imagen, se lee una fecha y un nombre: «Adam».
Le dibujé una cruz detrás.
Tomo la imagen entre las manos y acaricio con cuidado los bordes. Maxime se coloca a mi lado y me rodea los hombros con el brazo. No hace falta que diga nada, porque sé que estamos pensando en lo mismo.
Muchos de estos cajones están llenos de fotos como esta. Sabíamos que sería duro, pero queríamos intentarlo. A lo largo de los años hemos perdido a once bebés. A cada uno le pusimos un nombre. A cada uno lo seguimos queriendo hasta hoy.
Con los ojos llenos de lágrimas, vuelvo a dejar la foto en su sitio mientras Maxime abre otro cajón. Es ese que siempre chirría un poco cuando se mueve.
El que guarda nuestro milagro.
Una diminuta pulsera rosa de plástico del hospital.
—Toda tormenta termina algún día —digo, porque lo que Maxime sostiene ahora entre las manos es la prueba de ello.
Tuvimos esperanza, sufrimos y volvimos a levantarnos una y otra vez. Aceptamos nuestro destino, nunca dejamos de creer en ese futuro y afrontamos cada revés juntos.
—Y hay tormentas que solo se pueden vencer soltando y confiando en que, después de la lluvia, volverá a salir el sol —añade Maxime con una sonrisa melancólica antes de cerrar el cajón.
Juntos, damos un paso atrás. Él me rodea con el brazo y yo me acurruco contra su cuerpo, contemplando la infinidad de cajones.
A nuestra espalda queda una vida llena de luz y oscuridad, de alegría y dolor, de esperanza y miedo. Ahora que, como es inevitable, se acerca a su final, tenemos más de lo que jamás nos atrevimos a soñar. Y cuando hoy miro atrás todos estos años, me siento llena de gratitud.
Porque sé que hemos creado esta vida con nuestras propias manos. Las tormentas que tuvimos que capear fueron feroces y nos pusieron a prueba. Pero no podemos elegir nuestro destino. Solo podemos decidir cómo enfrentarlo.
Maxime y yo hemos tomado infinidad de decisiones juntos a lo largo de las últimas décadas. Y cada una de ellas nos ha cambiado.
Nuestro amor no solo ha resistido todos estos años. Ha crecido como un árbol, con raíces profundas y ramas fuertes.
Con este sentimiento en el pecho, me doy la vuelta y le tiendo la mano a Maxime con un gesto fluido.
Él la toma, hace una reverencia y me atrae hacia sí. Su calor y su olor me envuelven.
Suspiro y me abandono en sus brazos.
— I... had... the time of... —empiezo a cantar en voz baja mientras doy un paso atrás.
Nuestro mambo dista mucho de ser tan fluido como antes. El vaivén de nuestras caderas es limitado y algo rígido, y los giros son lentos. No puedo mantenerme mucho rato de puntillas, y probablemente hacía treinta años que Maxime no me levantaba para una figura de baile.
Y, aun así, bailamos nuestro baile. Hoy y todos los días que nos queden. En la luz cálida del atardecer, acompañados por el susurro del viento y por mi canto suave.
El mambo ya no es solo el baile de nuestra esperanza.
Es el baile de nuestra vida.