Capítulo 53
Capítulo Cincuenta Y Tres
Aurora
Durante unos segundos, él alterna la mirada entre su reloj de pulsera y yo, con una mezcla de resignación y amargura en la expresión. Ojalá hubiera un atisbo de esperanza en su porte, pero lo único que veo es la fría luz blancoazulada del bar.
Con la mirada le ruego que se quede. Para sobrellevar el silencio, doy un sorbo a mi cóctel.
Se pone en pie.
—Se acabó el tiempo.
No, no puede hacerme esto. ¡No antes de oír lo que he intentado decirle todo este tiempo!
Pero ¿debería obligarlo a quedarse? ¿Está bien interponerme en su camino y menospreciar su decisión?
—No fui sincera contigo —digo a toda prisa, y enseguida se me anuda el estómago—. Tenía miedo, y sigo teniéndolo. Pero tengo que contarte toda la verdad. Quiero que veas el mundo a través de mis ojos, aunque sea por un instante. Y que sientas lo que yo siento.
La impotencia. La fragilidad. La culpa.
Vacila en su movimiento.
—¿Qué?
Exhalo con fuerza y comienzo:
—Cuando nos reencontramos, no podía pensar con claridad. Yo…
Pasa una eternidad, pero al final vuelve a dejarse caer en la silla y pregunta:
—¿Qué?
Mis dedos juguetean con nerviosismo alrededor del tallo helado de la copa.
Tiene que ser ahora.
Ahora o nunca.
—Tú crees que soy una luchadora, y yo también solía creerlo. Pero no es verdad. —Bajo la mirada hacia la sombrillita amarilla de mi copa—. La verdad es que siempre he querido ser una luchadora. Eso es otra cosa, y marca una diferencia enorme.
Lo miro de reojo, con cautela. Niega con la cabeza, como si no pudiera comprender lo que acaba de oír. Tengo que seguir adelante. Seguir, por cabezonería, y decir lo que hay que decir.
—Estos últimos días he estado preguntándome en qué momento exacto se rompió nuestra relación. —Ojalá note que he dicho «relación» y no «amor», porque el sentimiento sigue ahí, al menos para mí.
—Cuando decidiste por tu cuenta que teníamos que separarnos. —Me lanza las palabras cargadas de decepción y alza su vaso para dar un trago largo.
—¿De verdad? —pregunto, sin intentar ya disimular el miedo.
—Ve al grano, Aurora —su expresión añade en silencio: «No aguanto más».
—¿No fue cuando yo quería hacer como si mi embarazo no existiera mientras tú amabas a nuestro bebé incondicionalmente desde el primer momento?
—pregunto en voz baja. Él me mira fijamente y creo ver cómo busca una respuesta en su mente—.
¿O cuando me dejaste claro que el baile era tu única oportunidad de tener una vida digna?
—me atrevo a añadir, porque eso también es verdad—.
¿O cuando decidí mentirte para que pudieras seguir adelante con Alice?
La rabia que hasta hace un instante dominaba su expresión se transforma.
—¿O cuando empecé a aferrarme a esa mentira porque sentía que era el último recurso al que podía agarrarme? —dice con una voz sin matices.
Me resisto a apretar los labios para que no me tiemblen.
—Quizá incluso cuando el aborto espontáneo me hizo sentir que el suelo se abría bajo mis pies y me convencí de que tenía que ser fuerte.
—Quizá cuando me obligué a bailar el mambo con Alice en el torneo —añade, frunciendo el entrecejo con preocupación—. Nuestro baile…
El baile de nuestra esperanza.
—El baile que ya no podía bailar contigo.
Porque me moría de miedo de revivir el aborto espontáneo en mi cabeza una y otra vez. Porque estaba segura de que no podría ser fuerte si soltaba el control. Le busco la mano.
—Los dos cometimos errores.
No responde, pero al menos tampoco retira la mano.
—Mis errores, sin embargo, fueron mucho más graves que los tuyos. Esa es la verdad y lo será siempre.
Alza los párpados.
—Deberías haber hablado conmigo. Mucho antes de la gala de selección en Lyon.
—Sí. —Trago saliva con dificultad y busco su otra mano—. Debería haberte mostrado con más claridad la herida que el aborto espontáneo había abierto dentro de mí. Debería haberte pedido ayuda.
El pecho se me encoge con un dolor agudo. Porque, inevitablemente, tengo que pensar en el otro momento que cambió mi vida para siempre. Esos pocos minutos que me desviaron tanto del rumbo que entonces solo fui capaz de ver una salida.
—Pero hay algo más —susurro, apenas con voz.
Ha llegado el momento de contárselo todo.
—Pasó de camino a Lyon —empiezo a relatar.
Me veo mentalmente en el tren junto a Maxime mientras le cuento cómo contesté aquella llamada de un número desconocido y miré hacia los paisajes desnudos tras la ventanilla.
Me hundo en los recuerdos de aquel día y se los voy desgranando a Maxime.
— Bonjour —digo con timidez al teléfono en mi memoria.
—Mademoiselle Olivetta. Lamento llamarla tan tarde —responde una voz de mujer que me resulta extrañamente familiar.
Es la recepcionista de la consulta de mi ginecólogo. ¿Qué querrá de mí?
—Sus resultados llevan semanas listos y olvidé avisarla —dice.
—¿Qué resultados? —respondo a toda prisa—. Me temo que se equivoca de persona.
—No, su nombre figura claramente aquí. Se trata de una muestra tomada en el Hôpital de la Pitié-Salpêtrière después de su aborto espontáneo. —Se oye crujir papel al fondo.
—De acuerdo… —digo, alargando la palabra.
Carraspea.
—El señor Guiot quisiera comentar los resultados personalmente con usted. ¿La semana que viene le vendría bien?
De pronto tengo la sensación de no estar ya en el tren caldeado, sino fuera, en pleno frío invernal.
—No. Quiero saberlo ahora —respondo sin pensarlo.
—Puedo intentar ver si puede atenderla ahora.
¿Hay compasión en su voz? ¿O solo profesionalidad?
—Por favor.
Aprieto con desesperación la uña del meñique contra la yema del pulgar.
Suena una melodía alegre y juguetona mientras espero, en vilo, a oír la voz del señor Guiot.
—¿Tiene los resultados? —pregunto sin aliento en cuanto me saluda.
Aprieto aún más el teléfono contra la oreja.
Por un momento, no oigo nada.
—¿Señor Guiot? ¿Sigue ahí?
Deslizo el índice por debajo del cuello del suéter para separarlo de la garganta, pero aun así siento que no me entra suficiente aire.
—Sí —aclara la voz con un carraspeo—. Lamento informar de que es portadora de una translocación robertsoniana —dice mi médico con empatía.
Me hundo aún más en el asiento.
—¿Translo… qué?
—Una anomalía genética, quizá heredada, quizá adquirida. —Hace una breve pausa, como si esperara alguna reacción por mi parte—. Fue lo que provocó su aborto espontáneo.
No. El problema fue el baile. Me exigí demasiado, no me cuidé lo suficiente.
—No entiendo… ¿qué…?
—El feto presentaba una trisomía 22. Un aborto espontáneo en las primeras doce semanas de embarazo era casi inevitable —explica despacio, pero aun así me cuesta seguirlo.
¿Trisomía 22? Nunca había oído hablar de eso.
Así que nuestro bebé estaba enfermo. Porque yo tengo un defecto genético.
Defecto genético, defecto genético , resuena en mi cabeza y entonces entiendo lo que eso significa.
Un escalofrío helado me recorre la espalda y se me cierra la garganta.
—¿Volverá a pasar, verdad? —pregunto en un susurro, aferrándome al asiento como si así pudiera evitar que el tren empezara a dar vueltas a mi alrededor.
—Bueno, la probabilidad es alta —responde con la voz tensa.
Entonces quizá nunca lo logremos… Y, si lo conseguimos, probablemente tendremos que pasar por incontables… Dios mío…
—Dios mío —tartamudea Maxime en medio de mi relato.
Me deshago de ese recuerdo, alzo la vista y lo miro al otro lado de la mesa de hielo.
—Recibí ese diagnóstico apenas unas horas antes del espectáculo en Lyon.
La poca información que alcancé a reunir sobre mi condición genética hasta que empezó su función fue…
—fuerzo la mente para encontrar la palabra adecuada—.
¿Demoledora? ¿Frustrante? Me arrebató toda esperanza —admito sin rodeos.
Niega con la cabeza, pensativo.
—El médico solo dijo que era probable. Eso significa que aún hay una posibilidad…
La misma tristeza de entonces vuelve a apoderarse de mí.
—¿Habríamos sobrevivido a eso? —le pregunto sin rodeos.
De pronto me siento libre. Soy capaz de decirle todo lo que me pesaba en aquel momento—.
¿Cuántos abortos habría soportado nuestro amor?
¿Cuántas muertes habríamos tenido que llorar, quizá incluso sin que yo llegara jamás a poder concederte tu gran deseo?
—con cada palabra, la voz se me debilita más—.
No podía hacerte pasar por eso. Vivir una vida así…
La expresión de sus ojos se suaviza.
—Mi mayor deseo siempre fue, simplemente, estar contigo.
Apenas pronuncia esas palabras, se cubre la boca con las manos.
Las lágrimas me arden en las comisuras de los ojos y las dejo correr. Está bien que todos vean mi vulnerabilidad.
—No pude bailar contigo y no pude formar una familia contigo.
¿Qué nos habría quedado entonces? ¿Quiénes habríamos sido?
—Pensaba que no tenía nada que darte. Ni siquiera esperanza.
—¿De qué estás hablando? —el pecho se le agita y sus dedos acarician los míos con nerviosismo—. Tu amor era todo lo que yo deseaba.
—Y no se ha apagado —digo, llena de dolor—. Dejé atrás toda mi vida. Todo lo que me importaba: mis amigos, mi sueño de bailar, mi familia. A ti.
La voz se me quiebra y le suplico con la mirada. Reconozco por fin ante mí misma lo que ni siquiera antes me había permitido admitir.
—Hui, literalmente. Durante años corrí hasta caer rendida, solo para encontrar algo de descanso. Exprimí mi cuerpo para poder seguir adelante. —Era una adicción, lo único que me quedaba—. Y, aun así, nunca pude olvidarte.
De pronto, sus manos se posan en mis mejillas y, con suavidad, me seca las lágrimas heladas con los pulgares.
—Dios mío, Aurora —susurra, casi en un hilo de voz.
Me atrevo a acariciarle la sien.
—Te merecías la oportunidad de tener una vida mejor. Eso era todo lo que quería.
Niega con la cabeza.
—¿Una vida mejor? —pregunta con debilidad—. ¿Sin ti?
Mi respiración temblorosa forma una pequeña nube blanca entre los dos.
—Quería ser fuerte —repito las palabras que dije antes, mientras el círculo se cierra—. Pero, en realidad, era débil.