Capítulo Doce #3
—Me alegra mucho oírlo, porque pienso pasar el resto de mi vida disfrutando contigo.
La besó, rápido, intenso y posesivo, antes de saltar de la cama.
—¿Quieres pasar la noche aquí?
Ella miró alrededor de su gloriosa suite y suspiró feliz.
—Me encantaría.
Al menos cuatro veces más grande que su habitación, estaba situada en uno de los bloques privados en lugar de en el hotel principal. También tenía la ventaja añadida de no estar contigua a la habitación de sus padres, así que no tenía que contenerse cuando estaba en pleno éxtasis.
—Solo avísame cuando vuelvas y vendré a reunirme contigo.
—Prometo que escaparé tan pronto como pueda.
Esa noche, los Martinelli y los Esposito cenarían en privado, una cena tradicional para las familias de la novia y el novio antes de reunirse todos al día siguiente para la boda.
Como ella no era ni una Martinelli ni una Esposito —al menos, todavía no—, Marisa no estaba invitada.
En su lugar, iba a salir a cenar con sus padres.
Luisa había insinuado que quería unirse a ellos, pero como apenas le dirigía la palabra, Marisa esperaba que decidiera cenar en otro lugar con Gennaro.
Cada vez que pensaba en su hermana y en su actitud hacia Rico, le entraban ganas de llorar.
Sabía que acabaría aceptándolo, que solo necesitaba tiempo, pero aun así dolía.
Rico no era ningún ángel —Marisa lo sabía mejor que nadie—, pero tampoco era un demonio.
Él la amaba, siempre la amaría, la protegería y la cuidaría, igual que ella siempre lo amaría, lo protegería y lo cuidaría.
Una parte de ella quería echarle en cara a Luisa la promesa que él había hecho antes de no permitir que ninguna de las hermanas Thomas saliera herida, pero, dejando de lado que su conversación había sido bajo secreto de confesión, pensó que probablemente sería contraproducente y se usaría como prueba de que los Esposito eran malvados.
Lo que Luisa no vería era que Rico había hecho la promesa por Marisa, que estaba dispuesto a moderar las partes más desagradables de sí mismo por ella, porque la amaba.
Bueno, pensó, intentando tomárselo con filosofía y apartar los pensamientos melancólicos, todo se resolvería.
Volvió a estirar el cuerpo saciado y de repente vio el libro en la mesita de noche de Rico.
—¡Todavía lo estás leyendo!
Alargó la mano, cogió el teléfono de Rico que estaba encima y lo dejó junto a su muslo para poder sostener el libro.
Para su sorpresa, el recibo que usaba como marcador mostraba que apenas había leído una quinta parte.
Con la velocidad a la que leía, habría pensado que estaría a punto de terminarlo, pero, pensándolo bien, realmente no había tenido mucho tiempo de lectura esa semana.
—¿Qué te parece? ¿Todavía lo estás disfrutando?
Él se volvió hacia ella desde la puerta del baño.
—Sí, lo estoy disfrutando.
—Todavía pareces sorprendido.
Él hizo una mueca.
—La verdad es que nunca me había imaginado leyendo una novela romántica.
Le lanzó un beso.
—Tengo que meterme en la ducha o llegaré tarde.
Desconcertada por su comentario —las cartas de Rico estaban plagadas de citas y referencias de los grandes romances de la literatura—, asintió y le devolvió el beso de forma automática.
Sonrió al ver que dejaba la puerta del baño abierta en una invitación tácita.
Un momento después, oyó el agua de la ducha, y estaba debatiendo si unirse a él o acurrucarse bajo las sábanas un rato más cuando el teléfono de Rico vibró.
Como estaba justo junto a su muslo, lo cogió con la intención de dejarlo de nuevo en la mesita de noche; lo habría hecho si el mensaje recibido no hubiera aparecido en la pantalla.
Suelta al unicornio y mueve el culo hasta el bar. Mattia tiene el tequila preparado.
El mensaje desapareció, pero permaneció grabado en su mente. ¿Soltar al unicornio? ¿Qué significaba eso? Quizás nunca habría vuelto a pensar en ello si el teléfono no hubiera vibrado en su mano y otro mensaje no hubiera aparecido en la pantalla.
Por cierto, no creas que ir de la mano con ella en público demuestra que te la has tirado. ¡Queremos pruebas o pierdes!
Cuando el mensaje desapareció, sentía como si la temperatura de la suite hubiera bajado bajo cero.
La ducha dejó de sonar. Oía un tarareo. Olía a naranjas frescas calentándose bajo un sol ardiente…
Pero descubrir de dónde provenía el glorioso aroma de Rico —de su gel de ducha— apenas lo procesó.
Había un cuchillo apuntando al borde de su corazón, y solo pensar frenéticamente en un significado diferente para aquellos dos mensajes crudos, distinto de lo que la lógica intentaba convencerla, evitó que se le clavara de lleno.
Por encima del rugido en sus oídos, oía cómo él se cepillaba los dientes. Pronto volvería a la habitación.
Por favor, Dios, rezó mientras se enfundaba temblando en los pantalones cortos y la camiseta de tirantes. Por favor, que esto no signifique lo que creo que significa. Por favor. Te lo suplico.
El grifo dejó de correr. Los pasos se acercaron.