Capítulo siete
Habían llegado de nuevo a la cima del sendero. Estaban recogiendo sus cosas cuando el yate volvió a aparecer, lo que anunciaba el regreso de los demás.
Marisa habría dado cualquier cosa por quedarse un poco más. Saber que tenía que despedirse de Rico en ese momento, aunque solo fuera por unas horas, le partía el corazón.
—Supongo que ha llegado el momento —dijo, incapaz de ocultar su tristeza.
Él la estrechó entre sus brazos y apoyó la barbilla sobre su cabeza.
—Nos veremos más tarde.
—No así.
No durante dos días. Esa noche era la noche del casino.
El casino improvisado en el salón de baile estaría abierto hasta las cuatro de la madrugada.
Como responsable último del evento, Rico estaría ocupado.
Trabajaría toda la noche y probablemente no se acostaría hasta que ella se despertara.
La mañana siguiente la dedicaría a recuperar el sueño, y la tarde la pasaría con los demás padrinos en la prueba de los trajes.
Él no la contradijo.
Con un suspiro, ella apartó los brazos de su cintura para rodearle el cuello.
Había algo en el tamaño y la musculatura de Rico que la hacía sentirse segura, protegida y femenina hasta la punta de los dedos.
Se puso de puntillas e inclinó el rostro hacia él en una súplica silenciosa pidiendo un beso.
Él accedió, estrechándola con fuerza mientras le daba un beso exigente que la dejó temblando y sin aliento.
Cuando él se alejó, ella se sintió desolada.
—¿Quién te dio permiso para saltarte el viaje en barco? —exigió saber Tommaso al ocupar el asiento que su madre acababa de dejar junto a Rico en el restaurante, más tarde esa noche.
Rico giró la cabeza automáticamente hacia Marisa.
Ambos cenaban en mesas diferentes a las de la noche anterior.
Esa noche, ella no quedaba oculta a su vista.
Para mirarla, solo tenía que girar la cabeza hacia las dos en punto, y, Dios, había enfundado su cuerpo menudo y ardiente en ese vestido blanco de cuello halter que había llevado a la fiesta de compromiso, y lo único en lo que podía pensar era en cuánto deseaba quitárselo.
Cada vez que ella le sostenía la mirada, lo cual a ese ritmo ocurría aproximadamente cada veinte segundos, a él le daba un vuelco el corazón y a ella se le sonrojaban las mejillas.
Se sentía como un colegial con su primer enamoramiento. La veía picotear la comida en el plato y sabía que a ella le pasaba lo mismo. Habría dado cualquier cosa por cancelar la noche del casino.
—Estaba ocupado —dijo. Ocupado haciendo que Marisa alcanzara su primer orgasmo y disfrutando del orgasmo más intenso de su vida.
—¿Demasiado ocupado para pasar una tarde con un montón de amigas semidesnudas de Siena? —De pronto, Tommaso captó hacia dónde miraba Rico y sonrió—. ¿Es ahí donde estabas? ¿Con tu unicornio virgen? ¿Ya te ha dejado tocarle las tetas?
Rico se tensó ante el tono y las palabras lascivas de su hermano.
—Eso no es asunto tuyo —dijo con frialdad.
—Si quieres conservar tu Neiman, entonces sí es asunto mío, hermanito.
—Cuando gane la apuesta, serás el primero en saberlo.
—Si estás tan seguro, puedes enviarme un desnudo.
Muchas veces en su vida Rico había querido golpear a Tommaso —en un puñado de ocasiones había cedido a ese impulso—, pero era la primera vez que quería partirle la cara de un puñetazo.
Controlando el tono con firmeza porque lo último que quería era matar a su hermano delante de Marisa, juntó el cuchillo y el tenedor.
—Obtendrás pruebas de que gané la apuesta, no material para que te excites. Ahora, si me disculpas, tengo un casino que dirigir.
Se levantó, se despidió del resto de su familia y cruzó una última mirada con Marisa mientras salía del restaurante camino del salón de baile.
Aún le hervía la sangre de rabia cuando empezaron a llegar los primeros invitados.
Lo único por lo que sentirse agradecida esa noche era que los Martinelli cenaran en una mesa diferente a la suya. Todo lo demás fue una pesadilla, y uno de los peores momentos fue cuando Luisa mencionó que Marisa se había perdido el viaje en barco.
Marisa odiaba mentir. No era solo que se le diera mal, es que lo detestaba.
Podía tolerar más o menos las pequeñas mentiras piadosas, como cuando su madre le preguntaba si se la veía tan cansada como se sentía y Marisa decía que no, porque decir que sí haría que su madre se sintiera mal consigo misma, y si hacía esa pregunta era porque ya se sentía mal. Pero ahí estaba su límite.
Había logrado murmurar algo sobre haberse confundido con la hora para explicar que se había perdido el viaje, pero se había sentido tan culpable que, como Luisa solía ser tan perspicaz captando sus estados de ánimo, Marisa enseguida le había preguntado por el yate de Lorenzo para desviar la atención.
Había funcionado, pero no fue hasta que estaban comiéndose los postres…
bueno, picoteándolos… cuando se dio cuenta de que Luisa no estaba siendo la de siempre porque ella también tenía algo que le pesaba.
Estaba bebiendo más de lo habitual, y eso normalmente habría hecho que Marisa la acribillara a preguntas, pero lo único en lo que podía concentrarse de verdad era en Rico.
Cada vez que levantaba la vista, él la estaba mirando.
Cada vez que sus miradas se encontraban, la llama que ardía en su pelvis se avivaba y el corazón se le encogía.
Cuando él había salido bruscamente del restaurante con cara de pocos amigos, expresión que se suavizó al echarle una última mirada, ella había anhelado seguirlo.
También anhelaba poder confiar en Luisa.
Marisa tenía todos esos sentimientos nuevos desbocados y nadie con quien compartirlos.
Aunque estuviera segura de que Luisa no se pondría furiosa por lo de Rico —y Luisa definitivamente se pondría furiosa—, algo le pasaba a ella también, y un instinto terrible le decía a Marisa que ese algo tenía que ver con Gennaro.
No sería justo agobiarla, no cuando tenía sus propios problemas que afrontar, problemas que claramente aún no estaba lista para compartir.
Sin embargo, tendría que hacerlo en algún momento, y pronto. Una vez que terminara su estancia en Accardiano, tendría que contárselo a su familia. No podía ocultarles algo así indefinidamente, y era dolorosamente consciente de que las mentiras por omisión seguían siendo mentiras.
Si conseguía el apoyo de Luisa respecto a Rico, a sus padres les resultaría más fácil apoyarla también. No imaginaba ni por un momento que la repudiarían ni nada parecido, pero su bendición significaba todo para ella.
—¿Vienes al casino? —preguntó Luisa, sacándola de sus oscuros pensamientos.
—Me duele la cabeza.
Aunque no era la razón por la que no quería ir, no era mentira. Todo le parecía tan correcto y natural cuando estaba en los brazos de Rico. Lejos de él, todo se convertía en una pesadilla de culpa y confusión.
No quería ir al casino porque no soportaba la idea de pasar una velada bajo el mismo techo que él teniendo que mantener las distancias. Ya había sido bastante difícil intentar cenar teniéndolo delante.
Poco después, se levantó con sus padres, que se retiraban a su habitación.
Al ponerse de pie, captó la mirada de Tommaso Esposito.
Algo en la forma en que la miraba la puso en guardia, pero fue el guiño que le lanzó cuando ella volvió a mirarlo al salir del restaurante lo que hizo que Marisa tuviera la certeza repentina de que él sabía lo que pasaba entre ella y Rico.
Acompañó a sus padres a su habitación, y se le alegró el corazón cuando su padre quiso sentarse en el balcón a compartir una botella de vino con su esposa. Marisa los besó a ambos para darles las buenas noches y se fue a su propia habitación.
Al salir a su balcón, respiró el aroma del humo de cigarrillo que venía del contiguo y sonrió al oír las risas que lo acompañaban.
Se alegraba de que sus padres estuvieran relajándose en sus vacaciones.
Después de todos los sinsabores de los últimos años, se lo merecían.
Quizás cuando el matrimonio de Luisa y Gennaro terminara —faltaba menos de una semana para que cada uno siguiera su camino— y Gennaro pagara el último pago que les había prometido, sus padres podrían volver aquí y simplemente relajarse sin los Martinelli ni nadie más ante quien fingir sonrisas.
Disfrutar del sol y la brisa del mar, y dejarse estar.
Esperaba que su matrimonio con Rico fuera tan sólido como el de sus padres.
Treinta años casados y todavía se querían con locura...
Pero se estaba adelantando. Ni siquiera se había hablado de matrimonio.
No explícitamente. Poco a poco, se recordó, antes de parpadear para apartar la imagen repentina del guiño de Tommaso.
No debería molestarle que Rico le hubiera hablado de ella a su hermano, si es que lo había hecho. Los hermanos se cuentan cosas, igual que las hermanas.
Pero no podía quitarse la sensación de que había un significado oculto detrás del guiño de Tommaso, casi como si ella fuera objeto de alguna broma.
Pero no. Se estaba imaginando cosas y viendo significados donde no los había.
Demasiado inquieta para acostarse, intentó perderse en su libro, pero era imposible. Rico ocupaba su mente por completo; era lo único que veía. Después de treinta minutos releyendo el mismo párrafo sin enterarse de nada, arrojó el libro a un lado.
Esto era peor que verlo y tener que mantener las distancias.
Casi sin pensar en lo que hacía, Marisa se retocó el maquillaje y se puso más perfume.
Cerró la puerta en silencio tras de sí y se dirigió al salón de baile.
Marisa nunca había estado en un casino, pero había visto suficientes en la televisión como para saber qué esperar.
Como este era solo un casino improvisado en un salón de baile de hotel, había imaginado que parecería un casino improvisado, así que entrar y sentir que acababa de aterrizar en Las Vegas la dejó sin aliento.