El asesino de la almohada (Bajetzky y Kuper 6) Capítulo 20
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Capítulo 20

Para llegar al parque infantil de Sennestadt, tuvieron que caminar un corto trecho desde el aparcamiento y aprovecharon el tiempo para valorar los últimos hallazgos.

—No hay señales de que forzaran la entrada en casa de Greta Schumacher —reflexionó Emma—. Ni indicios de lucha fuera del dormitorio. Igual que con la primera víctima.

—¿De verdad las dos lo invitaron a entrar hasta allí?

—Quién sabe. Tal vez consiguió acceder a sus pisos tras quedar con ellas.

—O se hizo pasar por un técnico —especuló Alex—. Luego las llamó para que fueran al dormitorio con cualquier pretexto. Les pidió ayuda o algo por el estilo. Y entonces las redujo.

—Pero las torturas siempre empezaban por la noche —señaló Emma—. ¿Qué técnico sigue haciendo visitas a esas horas? ¿No te resultaría sospechoso?

—No lo creo. Es muy difícil conseguir que venga un técnico. Si alguien finge serlo y dice que solo puede pasar por la noche, cuela.

—Suena plausible, pero no nos facilita precisamente las cosas.

Ninguno de los vecinos oyó nada. Así que tuvo que reducirlas, puede que incluso drogarlas, y luego amordazarlas.

En ambos casos se ha demostrado que les introdujeron las mordazas tan al fondo de la boca que resulta milagroso que pudieran respirar.

—Yo diría que fue algo calculado, no un milagro.

Cuando salieron de entre los altos árboles y los tupidos arbustos a la zona despejada del parque, el sendero se bifurcó. A su izquierda vieron el gran parque infantil, cuyos elevados toboganes sobresalían por encima de una colina.

—Por allí —dijo Emma, y los dos siguieron el sendero. Un corredor se acercó hacia ellos, pero no les prestó atención.

—A primera vista, ambas mujeres parecen estables —continuó Emma—. Cariñosas, integradas socialmente y apreciadas por sus compañeros, por los padres y por los niños.

—Lo único extraño son esos encuentros con un hombre durante dos excursiones —dijo Alex.

—¿Tratándose de dos jóvenes tan atractivas?

—Buen argumento —admitió Alex.

El sendero los condujo entre dos colinas.

El parque infantil se abrió ante ellos. Había dos redes para trepar, una de ellas tan alta que ni siquiera Emma sintió deseos de llegar a la cima.

También había una tirolina y tres toboganes.

Uno de ellos descendía siguiendo el contorno de la colina de detrás de la cual acababan de aparecer los dos detectives.

Dos niños pasaron disparados junto a ellos en un trineo.

La colina no estaba completamente cubierta de nieve —en general había mucha menos en aquella parte de la ciudad—, pero eso no parecía molestar a unos cuantos entusiastas.

A Emma le sorprendió la gran cantidad de adultos que no se limitaban a estar ociosos en los márgenes, sino que utilizaban activamente las distintas instalaciones.

—Yo tampoco había visto nunca nada parecido —dijo Alex, haciéndose eco de los pensamientos de Emma, mientras un hombre de unos cuarenta años, con los brazos en alto y riendo a carcajadas, bajaba por el tobogán de al lado detrás de un niño.

—A mí también me apetece probar —dijo Alex con una sonrisa.

—¿Por dónde empezamos? —preguntó Emma en vez de responder.

—Yo diría que empecemos por el perímetro exterior y avancemos hasta la red para trepar del centro.

Unas cuantas entrevistas y respuestas desalentadoras después, se encontraron frente a una madre que parecía bastante relajada mientras permanecía sentada en un banco de la periferia bajo una manta térmica, a pesar de sostener en brazos a un bebé de un año que no paraba de gritar.

El pequeño parecía una estrella de peluche, de tan abrigado como estaba con la ropa de invierno.

Emma se presentó y presentó a Alex, y la mujer respondió con un breve asentimiento. —Ya me lo había imaginado.

—¿Tanto llamamos la atención? —preguntó Alex con amabilidad.

—Los adultos sin niños no suelen pasar tanto tiempo en un parque infantil.

—¿No suelen? —preguntó Emma con verdadero interés—. ¿Vienen a menudo adultos que llamen la atención?

—No diría que a menudo. La mujer cambió al niño, que seguía gritando, al otro lado. El pequeño soltó un eructo, se quedó en silencio y miró alternativamente a Emma y a Alex con los ojos muy abiertos. Como si hubieran aparecido de repente de la nada. —Pero ocurre de vez en cuando.

—¿Alguien a quien pudiera reconocer?

—¿Tienen a alguien en mente?

Emma le contó lo que les había relatado el exmarido de Anna-Lea Hamann.

—¿Tienen por casualidad una fotografía del tipo o de la mujer?

Emma le mostró una foto de Anna-Lea Hamann. La mujer frunció los labios, negó con la cabeza y dijo: —No la recuerdo. Pero conozco a alguien que podría ayudarlos.

—¿Ah, sí? —preguntó Alex.

—No sé cómo se llama. Tampoco está aquí ahora.

Solo sé que viene a menudo y fotografía a los hombres que pasean por aquí sin niños.

Tiene un aspecto un poco desaliñado. Una de las madres me contó una vez que tenía un hijo al que mató un pederasta.

Por eso siempre está haciendo fotos. Por lo visto, también va a otros parques infantiles.

—¿Podría describirnos a la mujer, por favor? —preguntó Emma.

—Más o menos de su estatura, con el pelo oscuro y bastante apelmazado, diría yo. También parece un poco hinchada, pero no gorda ni nada por el estilo.

Por el alcohol , pensó Emma, o por los psicofármacos , y ya sentía lástima por la fotógrafa desconocida. —¿Cuántos años diría que tiene?

—Unos treinta. Es difícil saberlo.

***

Después de que las demás entrevistas no arrojaran ningún resultado, los dos volvieron al coche patrulla y, con la calefacción a toda potencia, revisaron los expedientes de delitos anteriores relacionados con muertes de niños.

Y, en efecto, encontraron una coincidencia: —Yvonne Strake, treinta y tres años, perceptora de prestaciones sociales, hijo fallecido a los cuatro años —leyó Alex en voz alta en la ficha que ambos podían ver en el iPad de la consola central.

—¿Dice algo sobre la causa de la muerte del niño? —preguntó Emma, tras lo cual Alex empezó a desplazarse por la pantalla.

—De momento, nada —dijo mientras introducía el nombre del niño en el buscador. En la lista apareció un certificado de defunción. Alex lo abrió. —Muerte por asfixia. Pero sin intervención de terceros.

—Entonces, ¿qué ocurrió?

—Al parecer, el niño se tragó una pieza de un juguete mientras su madre se duchaba.

Era madre soltera, no se dio cuenta y, cuando terminó en el cuarto de baño, lo encontró tendido en el pasillo, ante la puerta.

Según declaró, lo oyó llamar, pero no reaccionó.

Solo quería unos minutos de tranquilidad y, según testificó, como él normalmente le pedía algo siempre que ella estaba en el baño, no hizo caso.

—¿Cuánto tiempo hace de eso? —preguntó Emma.

—Tres años.

—Entonces se convenció de una versión distinta de su muerte para reprimir su propia culpa, hasta que llegó a creer de verdad que un pederasta había asesinado a su hijo.

—La muerte por asfixia me inquieta —admitió Alex.

—Sé a qué te refieres. Pero no deberíamos considerarla sospechosa directamente antes de hablar con ella.

—Solo era una posibilidad que deberíamos tener presente.

—De acuerdo. ¿Dónde vive?

—Un momento —dijo Alex mientras regresaba al expediente de Yvonne Strake—. También vive aquí, en Sennestadt. Senner Hellweg, 189.