El asesino de dioses Chapter 23
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Chapter 23

LA POSIBILIDAD QUE NO EXISTÍA

La secuencia continuó durante cuarenta y un días sin que nadie comprendiera que estaba ocurriendo.

No avanzaba como una profecía ni se comportaba como una cadena causal convencional.

No podía ser seguida desde un punto hasta un destino porque cada acontecimiento parecía modificar las condiciones que permitían que el siguiente pudiera existir.

Los investigadores intentaron reconstruirla hacia atrás y encontraron que el principio desaparecía cuando intentaban localizarlo.

Intentaron seguirla hacia delante y descubrieron que las predicciones se deshacían en cuanto eran formuladas.

Era como observar las huellas de alguien que caminara sobre una superficie que se regeneraba después de cada paso.

Cuanto más precisa era la observación, menos quedaba de aquello que se intentaba observar.

Al principio aquello provocó frustración científica.

Después provocó fascinación. Finalmente comenzó a producir miedo.

Ivarn recibió una copia de los registros varios meses después, cuando el fenómeno ya había sido estudiado por docenas de instituciones.

No había una petición dirigida a él. Nadie sabía exactamente quién era.

Su nombre había sobrevivido en algunos archivos antiguos, asociado a acontecimientos que la historia moderna consideraba imposibles, pero la mayoría de las personas que trabajaban en aquellos centros lo consideraban una figura legendaria.

Serah había conseguido los documentos a través de una cadena de investigadores que todavía mantenían correspondencia con ella, y los había dejado sobre la mesa de la vieja estación sin añadir ninguna explicación.

Ivarn los examinó durante una noche entera.

Encontró una estructura que reconoció inmediatamente.

No era una estructura de materia.

No era una estructura temporal.

No era espacial.

No pertenecía a la conciencia.

Tampoco era una estructura de significado, posibilidad o separación.

Era una estructura de relación entre posibilidades que todavía no existían.

Aquello no debería haber sido posible.

Una posibilidad podía ser improbable.

Podía ser desconocida.

Podía no haber sido considerada por ningún ser consciente.

Pero para que fuera una posibilidad debía existir al menos dentro del conjunto de resultados permitidos por alguna estructura previa.

Aquella secuencia parecía hacer algo diferente.

Cada resultado estaba modificando el conjunto de resultados disponibles para el siguiente.

No se trataba simplemente de elegir.

Se trataba de ampliar el campo donde la elección podía producirse.

Ivarn recordó entonces la antigua arquitectura.

Los constructores habían dividido la realidad para impedir que una sola conciencia pudiera reunir todas las relaciones.

Habían creado dominios separados porque comprendían que una concentración absoluta destruiría la diferencia necesaria para que existieran las cosas.

Pero nunca habían considerado una posibilidad que ahora estaba apareciendo.

Una realidad capaz de modificar sus propias posibilidades.

Aquello no era un dios.

Era algo anterior a un dios.

Y también algo posterior.

Ivarn pasó varios días estudiando los registros.

Descubrió que la secuencia no aumentaba el número de posibilidades indefinidamente.

Eso habría provocado un caos absoluto. Lo que hacía era seleccionar algunas posibilidades y, a partir de ellas, generar nuevas combinaciones que antes no estaban disponibles.

Era semejante a la evolución, pero aplicada a las relaciones mismas.

No creaba materia de la nada. No violaba las leyes físicas.

No inventaba energía. Tomaba estructuras existentes y las combinaba de maneras que ninguna condición previa había producido.

La realidad estaba empezando a utilizar su propia historia como materia prima.

Aquella idea transformó la manera en que Ivarn comprendía el universo.

Durante toda su existencia había pensado en el tiempo como una línea donde los acontecimientos ocurrían uno después de otro.

Después había aprendido que el tiempo podía ser manipulado.

Más tarde había descubierto que las posibilidades podían coexistir.

Ahora comprendía que aquello seguía siendo una visión demasiado estática.

El universo no era solamente algo que cambiaba.

Era algo que podía aprender de sus cambios.

Cada acontecimiento modificaba las condiciones de los siguientes.

Cada decisión humana añadía una nueva relación.

Cada error introducía una posibilidad que antes no había sido explorada.

Cada muerte eliminaba un camino.

Cada nacimiento añadía otro.

La realidad estaba acumulando experiencia sin necesidad de poseer memoria.

Y esa era la parte que más inquietaba a Ivarn.

Porque si la realidad podía aprender sin tener una conciencia, entonces la conciencia dejaba de ser el centro del aprendizaje.

Los dioses habían cometido exactamente el error contrario.

Habían creído que para comprender una relación había que poseerla.

Ahora Ivarn veía que quizá la relación podía existir y transformarse sin pertenecer a nadie.

Durante semanas, las investigaciones continuaron.

La secuencia empezó a aparecer en sistemas diferentes.

Una red biológica desarrollaba una estructura que no ofrecía ninguna ventaja inmediata, pero que posteriormente permitía una adaptación inesperada.

Una estructura mineral adquiría una configuración que parecía inútil hasta que una modificación ambiental la convertía en estable.

Un sistema matemático generaba una solución que no había sido buscada y que después permitía resolver una clase completa de problemas que antes se consideraban independientes.

Los investigadores empezaron a llamar a aquello emergencia creativa.

El término se extendió.

La gente comenzó a hablar de creatividad en la naturaleza.

Ivarn rechazó la palabra.

No porque fuera incorrecta.

Porque era demasiado cómoda.

Llamar creatividad a aquello permitía imaginar un creador.

Y todavía no existía ninguna prueba de que hubiera uno.

El verdadero descubrimiento era más extraño.

El universo podía producir novedad sin necesitar una intención previa.

La novedad podía ser una consecuencia.

Y una consecuencia podía convertirse en una nueva causa.

Aquel principio había estado presente desde el nacimiento de las estrellas.

La diferencia era que ahora la humanidad podía observarlo.

El problema surgió cuando los primeros investigadores intentaron reproducirlo artificialmente.

Construyeron sistemas capaces de combinar millones de variables y permitir que las soluciones emergieran sin imponer objetivos concretos.

Los resultados fueron sorprendentes. Las máquinas comenzaron a generar estructuras matemáticas, diseños físicos y estrategias biológicas que ningún investigador había anticipado.

Pero todas aquellas novedades seguían dependiendo de los objetivos iniciales.

Los sistemas podían producir algo nuevo, pero lo hacían dentro de un espacio de búsqueda definido por los humanos.

La secuencia original no funcionaba así.

No tenía un espacio de búsqueda fijo.

El espacio de búsqueda cambiaba.

Cada resultado podía modificar las reglas que determinaban qué resultados serían posibles después.

Ivarn comprendió entonces que la diferencia entre una inteligencia avanzada y aquello que estaba emergiendo era mucho mayor de lo que cualquiera había imaginado.

Una inteligencia podía explorar posibilidades.

Aquello podía cambiar lo que significaba que una posibilidad existiera.

Serah comenzó a notar cambios en Ivarn.

No eran cambios físicos.

Su forma de observar el mundo había cambiado.

Antes entraba en una habitación buscando amenazas.

Ahora buscaba relaciones.

Antes estudiaba una máquina para descubrir dónde podía romperse.

Ahora observaba qué dependencias podían hacer que funcionara de una manera inesperada.

Antes había considerado la muerte de un dios como una solución.

Ahora empezaba a considerar que eliminar una relación podía ser tan peligroso como concentrarla.

Una tarde desmontó uno de los antiguos relojes de la estación.

No encontró nada extraño.

Los engranajes eran simples.

La maquinaria estaba desgastada.

Algunos dientes tenían pequeñas imperfecciones.

La precisión era mediocre.

Y, sin embargo, el reloj continuaba funcionando.

Ivarn entendió que la imperfección no era un defecto añadido a la estructura.

Era parte de la estructura.

Un engranaje completamente perfecto habría necesitado otro engranaje completamente perfecto.

Y ese otro habría necesitado otro.

La perfección absoluta no podía sostenerse porque exigiría que cada relación fuera absoluta.

La imperfección permitía adaptación.

La adaptación permitía continuidad.

La continuidad permitía novedad.

Y la novedad permitía elección.

Aquel pensamiento habría parecido insignificante a cualquier otra persona.

Para Ivarn era casi una revelación.

Había pasado siglos luchando contra aquello que pretendía ser absoluto.

Ahora comprendía que la mejor defensa contra lo absoluto no era destruirlo.

Era mantener suficientes diferencias para que nunca pudiera convertirse en el único resultado.

Pero mientras Ivarn llegaba a aquella conclusión, los grandes sistemas científicos alcanzaron un descubrimiento mucho más preocupante.

La nueva propiedad de la realidad no era uniforme.

Había regiones donde aparecía con mayor frecuencia.

No eran regiones geográficas.

Eran regiones de relaciones.

Cuando materia, información, decisiones humanas, sistemas predictivos y procesos biológicos alcanzaban determinados niveles de interacción, aumentaba la aparición de resultados novedosos.

La concentración no producía una inteligencia.

Producía posibilidades nuevas.

Eso significaba que las grandes ciudades, los centros científicos y las redes globales estaban convirtiéndose en puntos de alta creatividad estructural.

La humanidad estaba acelerando el proceso sin saberlo.

Y entonces ocurrió el primer acontecimiento verdaderamente grande.