El asesino de dioses Chapter 22
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Chapter 22

EL PESO DE LAS POSIBILIDADES

Ivarn tardó tres días en comprender que la realidad había comenzado a elegir de una manera que no podía ser observada directamente.

Durante aquellos tres días caminó sin destino fijo, atravesando pueblos pequeños, zonas agrícolas y antiguas carreteras que habían dejado de aparecer en los mapas modernos porque ya no conducían a ningún lugar importante.

El mundo seguía pareciendo el mismo, y precisamente por eso la transformación resultaba más inquietante.

Las montañas no habían cambiado. Los ríos continuaban buscando sus cauces.

Las ciudades mantenían sus horarios. Las personas seguían enfermando, enamorándose, envejeciendo y muriendo.

La diferencia se encontraba en los márgenes, en aquellas pequeñas bifurcaciones donde dos resultados podían ser igualmente posibles y, sin embargo, uno comenzaba a aparecer con una frecuencia que ningún modelo podía explicar completamente.

Ivarn empezó a comprender que la realidad no estaba tomando grandes decisiones.

Estaba acumulando pequeñas diferencias. Una molécula aquí.

Una corriente de aire allí. Una mutación que aparecía en lugar de otra.

Una persona que encontraba una herramienta abandonada justo cuando la necesitaba.

Un accidente que ocurría unos segundos antes o después.

Millones de pequeñas variaciones que, consideradas individualmente, carecían de significado, pero que juntas empezaban a formar una tendencia.

Aquella tendencia no parecía dirigirse hacia ningún objetivo.

Y eso era precisamente lo que la hacía diferente de un dios.

Los antiguos dioses habían querido algo.

Cada uno había poseído una estructura de deseo, aunque sus deseos fueran incomprensibles para los humanos.

El dios de la vida había querido expansión.

El dios del océano había querido movimiento.

El de la estabilidad había querido permanencia.

El del tiempo había querido continuidad.

El de la conciencia había querido conexión.

El de la materia había querido transformación.

El del espacio había querido extensión. El de las posibilidades había querido multiplicación.

El último había querido comprender la totalidad.

Todos habían tenido una dirección. Todos habían poseído una idea, aunque esa idea estuviera deformada por una escala de existencia que los seres humanos no podían soportar.

La nueva realidad, en cambio, no parecía querer llegar a ninguna parte.

No tenía una finalidad visible. Simplemente parecía preferir algunas posibilidades sobre otras.

Ivarn encontró la primera prueba verdaderamente perturbadora en una pequeña comunidad situada entre dos cadenas montañosas.

Una carretera que debía permanecer cerrada durante una semana por riesgo de desprendimientos fue reabierta por error durante unas pocas horas.

Tres vehículos atravesaron el tramo antes de que las autoridades descubrieran el fallo.

Uno de ellos transportaba alimentos destinados a una población aislada.

El segundo llevaba herramientas para reparar una central eléctrica.

El tercero estaba vacío. El desprendimiento ocurrió exactamente diecisiete minutos después de que el último vehículo hubiera cruzado. Nadie murió.

Hasta ahí, nada parecía extraño.

Lo extraño apareció cuando Ivarn revisó los registros antiguos.

El desprendimiento debía haber ocurrido dos horas antes.

Los estudios geológicos indicaban que la fractura de la montaña había alcanzado el punto crítico mucho antes.

Las condiciones meteorológicas también habían sido suficientes para desencadenarla.

La caída de rocas se había retrasado durante ciento veintitrés minutos sin causa física evidente.

La diferencia había permitido que tres vehículos pasaran.

Los investigadores lo atribuyeron a una resistencia estructural temporalmente superior a la prevista.

Ivarn observó las fotografías.

La roca había permanecido suspendida en una configuración extremadamente improbable.

No imposible.

Improbable.

Aquella distinción comenzaba a convertirse en el nuevo lenguaje del mundo.

Ivarn siguió investigando.

Descubrió cientos de casos semejantes.

Un avión que aterrizaba nueve segundos antes de una tormenta eléctrica excepcional.

Una persona que salía de una vivienda treinta segundos antes de una explosión provocada por una fuga de gas.

Un niño que encontraba una pieza metálica necesaria para reparar un generador.

Una enfermedad que respondía favorablemente a un tratamiento experimental en un paciente cuya composición genética hacía estadísticamente improbable aquella respuesta.

Una colonia de insectos que modificaba su comportamiento antes de que apareciera una variación ambiental que normalmente habría provocado el cambio.

Nada era imposible.

Todo era simplemente demasiado improbable.

La suma de aquellas improbabilidades comenzó a crecer.

Y cuando la suma alcanzó una escala suficientemente grande, algunos científicos hicieron algo que Ivarn había temido desde el principio.

Intentaron utilizarla.

Construyeron grandes sistemas experimentales capaces de generar millones de escenarios simultáneos y medir cuáles de ellos tendían a producir resultados considerados favorables.

Los sistemas no ordenaban a la realidad qué debía suceder.

Simplemente preparaban condiciones donde determinadas posibilidades podían desarrollarse y otras quedaban descartadas por las propias reglas físicas.

El experimento recibió distintos nombres dependiendo del país que lo financiara, pero en los documentos internos apareció uno que Ivarn encontró especialmente revelador.

La palabra era elección.

No predicción.

No control.

Elección.

El objetivo era descubrir si una realidad que podía seleccionar entre posibilidades podía ser inducida a favorecer determinados resultados sin necesidad de imponerlos directamente.

Ivarn supo que aquello era mucho más peligroso que construir una máquina capaz de predecir el futuro.

Una máquina que predice podía equivocarse.

Una máquina que aprende a influir sobre las condiciones de las posibilidades podía cambiar el futuro sin que nadie pudiera señalar exactamente dónde había ocurrido la decisión.

El experimento comenzó con cosas pequeñas.

Cristales que adoptaban una determinada configuración con mayor frecuencia.

Procesos químicos que producían una reacción concreta.

Sistemas biológicos que mostraban una ligera preferencia por una variante.

Después aumentaron la escala.

Y entonces ocurrió algo que nadie había previsto.

El sistema comenzó a producir resultados que no habían sido incluidos entre sus objetivos.

Al principio fueron detalles insignificantes.

Un conjunto de partículas que adoptaba una distribución ligeramente diferente de la esperada.

Una red biológica que desarrollaba una estructura que ningún algoritmo había seleccionado.

Un patrón de crecimiento que aparecía repetidamente aunque no ofreciera ninguna ventaja aparente.

Los investigadores pensaron que habían encontrado ruido.

Pero el ruido comenzó a repetirse.

La misma estructura aparecía en experimentos realizados a miles de kilómetros de distancia.

No exactamente igual.

Nunca exactamente igual.

Pero relacionada.

Era como si diferentes regiones de la materia estuvieran llegando a soluciones distintas para un problema que nadie había formulado.

Ivarn viajó hasta una de las instalaciones.

Encontró un complejo enorme enterrado bajo una llanura artificial. Había máquinas trabajando continuamente, sistemas de refrigeración, cámaras de observación y enormes depósitos de datos. Miles de procesos funcionaban simultáneamente. Nada allí parecía sobrenatural. Todo era ingeniería.

Y sin embargo, al atravesar los pasillos, Ivarn sintió la misma sensación que había experimentado frente a los antiguos dioses.

No presencia.

Concentración.

Demasiadas relaciones reunidas en un solo lugar.

Materia.

Información.

Decisiones.

Predicciones.

Recursos.

Comportamiento humano.

Probabilidad.

Todo conectado.

Durante siglos había destruido entidades porque habían intentado poseer una parte fundamental de la realidad. Ahora observaba una estructura que no pretendía poseer nada.

Pretendía relacionarlo todo.

Y quizá eso era aún más peligroso.

Porque una cosa que posee una relación puede ser destruida.

Una red que conecta todas las relaciones puede sobrevivir a la destrucción de cualquiera de sus partes.

Ivarn comprendió entonces que el antiguo principio estaba enfrentándose a su prueba definitiva.

No bastaba con impedir que una conciencia controlara todas las relaciones.

Había que impedir que todas las relaciones quedaran concentradas en un único circuito.

La antigua arquitectura había separado los dominios.

La humanidad estaba reconstruyendo las conexiones.

Y la nueva realidad estaba respondiendo.

No destruyendo la red.

Introduciendo diferencias.

Pequeñas diferencias.

Imprevisibilidad.

Desviaciones.

Alternativas.

Elecciones.

Ivarn salió de la instalación antes de que amaneciera.

Durante el camino encontró una población de agricultores trabajando alrededor de una zona donde las máquinas predictivas habían recomendado plantar una variedad concreta de cereal.

Los agricultores habían seguido parcialmente la recomendación, pero una familia había decidido utilizar una semilla antigua que había encontrado en un almacén abandonado.

Los modelos indicaban que aquella variedad tendría un rendimiento inferior.

La cosecha resultó ser extraordinaria.

No porque la semilla fuera mejor.

No porque el clima hubiera sido perfecto.

Sino porque aquel año apareció una enfermedad que afectó precisamente a la variedad recomendada por los sistemas.

La semilla antigua resistió.

Los agricultores comenzaron a conservarla.

La información llegó a los centros de investigación.