Chapter 21
LA REALIDAD QUE ELEGÍA
Durante los primeros días nadie comprendió que algo había cambiado, porque el cambio no produjo ningún acontecimiento que pudiera ser señalado con el dedo, ningún edificio que se derrumbara, ningún cielo que adquiriera un color imposible, ninguna voz que descendiera desde las alturas para anunciar una nueva era.
La ciudad continuó despertando con el ruido de los transportes, con las persianas metálicas elevándose lentamente, con los trabajadores cruzando las mismas calles y con los niños llegando tarde a lugares donde todavía se enseñaban matemáticas, historia y ciencias como si aquellas disciplinas siguieran describiendo un universo que permanecía idéntico al de generaciones anteriores.
Las máquinas volvieron a funcionar después del apagón voluntario, los sistemas recuperaron sus procesos y las redes reconstruyeron sus modelos con una cantidad de incertidumbre ligeramente superior a la que habían utilizado antes.
Los técnicos lo interpretaron como una consecuencia normal de la modificación reciente.
Los investigadores lo llamaron una desviación estadística.
Los gobiernos lo clasificaron como una anomalía menor.
Ivarn, en cambio, comprendió que el problema no estaba en aquello que los sistemas hacían, sino en aquello que habían dejado de hacer.
Por primera vez desde que la humanidad había comenzado a construir estructuras capaces de observar casi todas sus propias relaciones, algo había sucedido sin haber sido producido por ninguna voluntad identificable.
No era un error humano. No era un fallo de cálculo.
No era una decisión de las máquinas. Y tampoco era una intervención de aquello que alguna vez habían llamado dios.
Era una diferencia que había aparecido entre una posibilidad y otra sin que ninguna conciencia hubiera reclamado su autoría.
Ivarn comenzó a registrar los acontecimientos por su cuenta, utilizando cuadernos de papel porque desconfiaba de cualquier sistema que pudiera corregir automáticamente sus anotaciones.
Había envejecido más durante los últimos meses que durante los años anteriores.
La transformación era lenta pero irreversible.
Las manos, antes capaces de atravesar estructuras que para otros seres eran indestructibles, temblaban ligeramente cuando permanecían demasiado tiempo bajo el frío.
La cicatriz de su rostro se había convertido en una línea irregular y pálida.
Algunas mañanas necesitaba detenerse después de caminar varias calles y descansar apoyado contra una pared.
Aquella debilidad habría aterrorizado al hombre que había matado dioses, pero el hombre que ahora caminaba entre los mortales comenzaba a entenderla de otra manera.
Cada limitación le devolvía una parte de sí mismo que durante siglos había pertenecido a fuerzas que no había elegido.
El cansancio no era una cadena. El cansancio era una frontera.
Y una frontera, había aprendido, podía ser una forma de libertad.
El primer acontecimiento imposible apareció en una estación ferroviaria abandonada, precisamente en uno de los lugares donde Serah había pasado buena parte de su vida reparando mecanismos que el mundo moderno consideraba inútiles.
Un reloj mecánico instalado sobre una pared de piedra comenzó a adelantar exactamente tres minutos todos los martes, pero únicamente cuando el cielo estaba cubierto.
Los técnicos desmontaron el mecanismo y descubrieron que funcionaba perfectamente.
Cambiaron las piezas, sustituyeron los engranajes, instalaron otro sistema de medición y obtuvieron exactamente el mismo resultado.
El reloj adelantaba tres minutos y después recuperaba lentamente la hora correcta durante las siguientes seis horas.
Nadie encontró una causa física suficiente.
Lo extraño no era que el reloj se equivocara.
Lo extraño era que todos los demás instrumentos situados a menos de cincuenta metros comenzaban a mostrar una diferencia equivalente durante esos mismos intervalos, pero ninguna diferencia coincidía exactamente con las otras.
Los relojes no se desajustaban de la misma manera.
Cada uno elegía una desviación diferente.
Ivarn acudió allí sin saber por qué. No había recibido ninguna señal.
No había escuchado ningún pensamiento ajeno.
Nadie lo había convocado. Simplemente había sentido que debía ir, y aquella diferencia era suficientemente importante para él porque durante toda su existencia había aprendido a desconfiar de las cosas que parecían insignificantes.
Observó el mecanismo durante varias horas.
No encontró ninguna modificación material.
El metal seguía siendo metal. Los engranajes continuaban obedeciendo las mismas leyes.
El tiempo tampoco había sido alterado de manera perceptible.
Lo que había cambiado era la relación entre el tiempo y la medición del tiempo.
El universo no estaba haciendo que los relojes funcionaran mal.
Estaba permitiendo que cada reloj tuviera una relación ligeramente distinta con aquello que pretendía medir.
Aquello lo inquietó más que cualquier aparición divina.
Durante siglos había luchado contra entidades que pretendían poseer una parte de la realidad.
Había matado al dios de la vida porque había convertido el nacimiento y la muerte en instrumentos de obediencia.
Había destruido la conciencia del océano porque había transformado el movimiento en voluntad.
Había descendido bajo Damar para eliminar la inteligencia mineral que confundía estabilidad con permanencia.
Había atravesado el tiempo para destruir aquello que había convertido el transcurso en una prisión.
Había cortado la red de la conciencia y destruido la montaña que representaba la materia.
Había enfrentado al espacio, a la separación entre realidades y finalmente a aquello que permanecía cuando todas las cosas desaparecían.
Cada una de aquellas entidades había intentado convertir una relación fundamental en una propiedad exclusiva.
El tiempo había pertenecido a uno. El espacio a otro.
La materia a otro. La conciencia a otro.
Y el resultado había sido siempre el mismo: una parte de la realidad se había transformado en autoridad.
Ahora la realidad parecía estar haciendo exactamente lo contrario.
Estaba multiplicando las relaciones.
Ivarn comprendió entonces que el antiguo principio no había desaparecido con los dioses.
Ninguna relación podía pertenecer completamente a una sola cosa.
Pero durante miles de años la humanidad había intentado construir sistemas que pudieran conocer las relaciones suficientes como para anticipar sus resultados.
Habían conseguido avances extraordinarios.
Habían reducido enfermedades, anticipado tormentas, mejorado cosechas, diseñado ciudades más eficientes y comprendido estructuras del universo que los antiguos sacerdotes habrían considerado imposibles.
Sin embargo, en su deseo de comprender habían cometido el mismo error que los antiguos dioses.
Habían comenzado a creer que comprender una relación significaba poseerla.
La nueva anomalía parecía estar corrigiendo ese error.
No mediante destrucción.
Mediante diferencia.
Aquella noche Ivarn caminó hasta el borde de la ciudad.
El cielo estaba despejado y las estrellas parecían más numerosas que antes, aunque sabía que aquello era una ilusión provocada por la transparencia excepcional del aire.
Se sentó sobre una piedra y contempló las luces lejanas.
Durante un tiempo no pensó en los dioses.
Pensó en sí mismo. En el hombre que había sido creado para matar aquello que se convertía en absoluto.
En el arma que había aprendido a tener voluntad.
En la criatura que había sobrevivido a la muerte de sus creadores.
Durante mucho tiempo había creído que su existencia era una anomalía dentro de una arquitectura perfecta.
Después había comprendido que la arquitectura nunca había sido perfecta.
Había sido solamente una tentativa. Los dioses habían sido una tentativa.
Él había sido otra. La humanidad estaba construyendo ahora sus propias tentativas.
Y quizá la realidad también.
Entonces ocurrió algo que Ivarn no había experimentado nunca.
Una piedra situada junto a su pie se desplazó.
No cayó.
No fue empujada.
No rodó por una pendiente.
Simplemente cambió de posición.
Ivarn permaneció inmóvil.
La piedra estaba ahora aproximadamente medio metro más lejos. No había huellas alrededor. No había vibración del terreno. No había viento suficiente para moverla. Su masa seguía siendo exactamente la misma. Su estructura molecular no había cambiado.
Pero su relación con el espacio había cambiado.
Ivarn extendió la mano y la tocó.
Por primera vez desde la desaparición del último dios sintió algo parecido a una presencia.
No era una conciencia.
No era una mente.
No era una voluntad.
Era una selección.
Durante una fracción de segundo percibió millones de posibilidades superpuestas.
La piedra podía haber permanecido donde estaba.
Podía haber caído. Podía haber sido destruida por la erosión.
Podía haber sido recogida por una persona.
Podía haber permanecido enterrada durante miles de años.
Podía haber sido utilizada para construir una pared.
Podía haber sido convertida en polvo. Ninguna de esas posibilidades era imposible.
Una había ocurrido.
Y entonces Ivarn comprendió algo que le produjo un miedo que ningún dios había conseguido provocarle.
La realidad no estaba aprendiendo a predecir.
Estaba aprendiendo a seleccionar.