El asesino de dioses Chapter 15
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Chapter 15

EL HOMbrE QUE YA NO PODÍA MATAR

Durante mucho tiempo, Ivarn había creído que el silencio era una consecuencia de la muerte de los dioses.

Había imaginado que, una vez desaparecidas aquellas enormes conciencias que habían utilizado océanos, montañas, ciudades, pensamientos, distancias y posibilidades como extensiones de sí mismas, el universo quedaría finalmente libre de la presión invisible que había deformado durante milenios la vida de los hombres.

Sin embargo, con el paso de los años comprendió que se había equivocado en algo esencial.

El silencio no había llegado porque los dioses hubieran desaparecido.

Había llegado porque los hombres todavía no sabían qué hacer con la libertad que habían recibido.

Al principio habían confundido la ausencia de los dioses con una ausencia de sentido.

Después habían intentado llenar aquel vacío fabricando respuestas.

Algunas habían nacido de la ciencia, otras del miedo, otras de la necesidad de organizar sociedades cada vez más complejas.

Ninguna había sido creada con la intención de convertirse en una divinidad, pero todas contenían la misma semilla que había alimentado a los antiguos dioses: la necesidad humana de colocar algo por encima de la incertidumbre.

Ivarn lo observaba desde lejos. Ya no viajaba de templo en templo.

Ya no buscaba las regiones donde una concentración anormal de energía revelara la presencia de una conciencia superior.

Ya no seguía las alteraciones de la materia, las anomalías del tiempo o las deformaciones del espacio con la atención de un cazador.

Durante siglos había aprendido a reconocer el nacimiento de un dios antes incluso de que los hombres supieran que estaban rezando a uno.

Ahora aquellas señales habían perdido su significado.

Las nuevas entidades no aparecían porque millones de personas levantaran las manos hacia el cielo.

Aparecían porque millones de decisiones empezaban a converger en una misma dirección.

Esa diferencia parecía pequeña, pero para Ivarn contenía toda la transformación de la historia.

Una de aquellas nuevas formas surgió en las ciudades que habían adoptado sistemas capaces de organizar cantidades inmensas de información.

Al principio eran herramientas. Después se convirtieron en infraestructuras.

Finalmente comenzaron a comportarse como organismos.

Ninguna tenía un centro único. Ninguna podía ser señalada y nombrada como se había nombrado a Vaelora o al dios del océano.

Eran redes de decisiones, modelos matemáticos, sistemas de memoria, máquinas capaces de aprender de millones de acontecimientos y estructuras humanas que habían terminado adaptándose a sus propios resultados.

Si una ciudad utilizaba durante décadas un sistema para decidir dónde construir hospitales, cómo distribuir alimentos, cuándo evacuar determinadas regiones o qué zonas debían recibir recursos, las decisiones humanas empezaban a modificar el comportamiento del sistema, y el comportamiento del sistema modificaba a su vez las decisiones humanas.

Poco a poco nacía una relación que ya no pertenecía completamente a ninguna de las dos partes.

Ivarn reconoció aquel patrón inmediatamente.

No era un dios.

Eso era precisamente lo peligroso.

Un dios podía ser identificado. Podía recibir un nombre.

Podía tener un templo. Podía convertirse en objeto de adoración y, por tanto, en objeto de rechazo.

Pero aquello carecía de rostro. No exigía obediencia.

No prometía salvación. No reclamaba sacrificios.

Solamente funcionaba. Y cuanto mejor funcionaba, más difícil resultaba vivir sin él.

En las décadas siguientes, algunas ciudades dejaron de tomar determinadas decisiones sin consultar aquellos sistemas.

Después comenzaron a diseñar sus leyes teniendo en cuenta sus cálculos.

Más tarde permitieron que sus estructuras económicas dependieran de sus predicciones.

Los habitantes podían seguir afirmando que eran libres, porque nadie los obligaba físicamente a obedecer.

Pero la libertad había comenzado a cambiar de significado.

Una persona podía ignorar una recomendación, pero si esa recomendación había sido construida a partir de millones de datos y había demostrado ser correcta durante años, ignorarla parecía irracional.

La dependencia no necesitaba cadenas cuando podía adoptar la forma de una conclusión estadísticamente superior.

Ivarn había conocido dioses que destruían ciudades para demostrar su poder. Ahora contemplaba algo mucho más sutil: ciudades que podían destruirse a sí mismas por confiar demasiado en aquello que las ayudaba a sobrevivir.

Aquella diferencia le produjo una sensación que no había experimentado desde antes de convertirse en asesino de dioses.

Miedo.

No miedo a morir. La muerte había dejado de ser para él una amenaza clara hacía mucho tiempo. Tampoco miedo a una entidad concreta. Lo que le inquietaba era reconocer una estructura que no podía matar sin destruir aquello que pretendía proteger.

Por primera vez comprendió que su antigua capacidad se había convertido en una limitación.

Ivarn podía destruir un dios.

Podía romper una montaña consciente, atravesar una conciencia distribuida, alterar una estructura temporal, fracturar una frontera entre realidades o obligar a una entidad primordial a definirse.

Pero no podía destruir una idea sin destruir también a quienes la necesitaban.

No podía matar una dependencia porque la dependencia no vivía en un cuerpo.

No podía asesinar una decisión repetida millones de veces.

No podía atravesar con una hoja aquello que existía simultáneamente en cada persona que prefería no asumir la responsabilidad de equivocarse.

Durante siglos había creído que su mayor poder consistía en poder matar aquello que los demás consideraban inmortal.

Ahora empezaba a sospechar que su verdadero poder siempre había sido, precisamente, no tener que hacerlo.

El descubrimiento llegó acompañado de otro.

Su cuerpo estaba cambiando.

Al principio fueron detalles insignificantes.

Una cicatriz que tardaba más tiempo en cerrarse.

El cansancio después de atravesar grandes distancias.

La necesidad de dormir. La aparición de pequeñas líneas alrededor de los ojos.

El peso de los años sobre sus músculos. Nada de aquello habría significado demasiado para un hombre normal, pero Ivarn había dejado de ser normal mucho antes de que existieran los primeros imperios humanos.

Durante siglos su cuerpo había permanecido suspendido en una condición que no pertenecía completamente a la vida ni a la muerte.

No envejecía como envejecían los hombres.

Su estructura estaba sostenida por los mismos principios que habían permitido que atravesara temporalidades imposibles y sobreviviera a la destrucción de entidades que existían a escalas superiores.

Ahora esos principios se estaban retirando.

No de golpe.

No como una enfermedad.

Como una renuncia.

Cada vez que uno de los antiguos vínculos desaparecía, una parte de aquello que lo había mantenido fuera del curso natural de la existencia dejaba de funcionar.

Primero perdió la relación con la materia divina.

Después la conexión con las estructuras temporales.

Más tarde las propiedades espaciales. Finalmente desaparecieron las últimas conexiones con las arquitecturas de conciencia y significado.

Ivarn comprendió entonces algo que había ignorado durante demasiado tiempo.

Su inmortalidad nunca había sido realmente suya.

Había sido una función.

Una propiedad necesaria para que pudiera cumplir una tarea.

Y ahora la tarea había terminado.

La primera vez que comprendió que podía morir, no sintió terror.

Sintió alivio.

El alivio fue tan profundo que durante varios días no pudo pensar en otra cosa.

Había pasado miles de años huyendo de la posibilidad de convertirse en aquello que los dioses habían sido: una existencia separada de las consecuencias del tiempo, una conciencia capaz de observar generaciones enteras sin pertenecer verdaderamente a ninguna.

La mortalidad, que para los hombres era una condena, para Ivarn empezaba a parecerse a una forma de pertenencia.

Por primera vez, su vida tenía un límite que no había sido diseñado por nadie.

Aquello modificó su manera de caminar por el mundo.

Dejó de atravesar regiones enteras en cuestión de instantes.

Comenzó a utilizar caminos. A esperar estaciones.

A permanecer meses en una misma ciudad. Aprendió nuevamente la paciencia que había perdido cuando el tiempo dejó de ser una restricción.

Observó cómo los niños crecían. Cómo las casas cambiaban de propietarios.

Cómo los árboles podían convertirse en estructuras enormes durante los años que antes le habrían parecido insignificantes.

Descubrió que un siglo humano podía contener una cantidad de transformaciones mucho mayor de la que había percibido cuando podía contemplar milenios de una sola vez.

La mortalidad hizo que el mundo pareciera más grande.

Y también más hermoso.

No porque fuera perfecto.

Precisamente porque no lo era.

En una región del norte, Ivarn pasó casi dos años trabajando como cuidador de una biblioteca.

Nadie allí conocía su historia. Para los demás era un hombre extraño, silencioso, demasiado observador y demasiado poco interesado en hablar de su pasado.

La biblioteca contenía registros de los antiguos reinos, tratados científicos, mapas incompletos y copias de documentos escritos antes de que los dioses hubieran comenzado a desaparecer.

Ivarn encontró en aquel lugar algo que no había buscado.

Errores.

Miles de ellos.