Capítulo 34
Arvid Meinhardt recorría nervioso el salón de su novia; cerraba los puños una y otra vez para relajarlos al instante siguiente.
Unas huellas húmedas en el suelo marcaban el trayecto que había seguido durante los últimos minutos.
Emma y Alex, de pie junto a la entrada del cuarto, apenas se atrevían a interrogarlo.
—Soy un idiota —repitió por tercera vez—. Debería haber seguido el rastro.
—Ha hecho todo lo que ha podido —dijo Emma, y lo decía en serio—. Ahora, por favor, tiene que calmarse y responder a nuestras preguntas.
—¿Calmarme? —Se detuvo y la fulminó con una mirada de ira—. ¡Alguien ha secuestrado a mi novia y va a matarla!
—Y por eso mismo es tan importante que se controle y responda a nuestras preguntas —dijo Alex.
—Maldita sea —dijo él, sin dejar de caminar con la vista clavada en el suelo—. Debería haber ido a buscarla yo mismo de inmediato. Si encuentro a ese cabrón, lo mato. ¡Ustedes no son capaces de hacer su trabajo! ¡Y esa supuesta patrulla que se pasea por aquí cada pocas horas no sirve de nada!
—¿No prefiere sentarse? —preguntó Alex.
—¡No! —le espetó—. Quiero salir de aquí.
—Se dirigió hacia Alex y Emma, pero ellos le cerraron el paso.
Entonces su ira se transformó abruptamente en pura desesperación.
Le temblaron los labios y no pudo sostener la mirada compasiva de Emma por mucho tiempo.
Se dio la vuelta y se desplomó en el sofá, ocultando el rostro entre las palmas de las manos.
Emma se sentó frente a él en el viejo sillón; Alex se quedó de pie junto a la puerta.
—¿Qué voy a hacer sin ella? —preguntó desesperado.
Emma casi podía sentir aquel dolor de forma física. —Ha dicho que habló con ella por teléfono poco antes de que desapareciera. ¿Mencionó algo sobre si alguien la seguía?
—No. No, me dijo que no pasaba nada. —Levantó la cara de las manos y miró más allá de Emma con tristeza—. En cuanto colgó, me fui directo a Maison's. No tardo ni diez minutos andando.
—¿Tiene llave?
—Sí, formo parte del elenco estable y bailo en varias funciones porque no hay muchos hombres. Hombres buenos. Cuando llegué, no había nadie. Luego vine aquí y, al no encontrarla tampoco, recorrí la ruta que ella hace siempre. Fue entonces cuando encontré su bolsa.
Emma señaló la bolsa de deporte, húmeda y sucia, que estaba en el suelo ante el sofá. —¿Esa de ahí?
—Sí... Sé que no debería haberla cogido. No tengo ni idea de por qué lo hice. Debió de ser un acto reflejo. Luego vine aquí.
Para Emma resultaba totalmente comprensible.
En situaciones así, la gente solía buscar lugares conocidos sin pensar.
Lo hacían por puro instinto, y sin duda era lo que le había pasado a Arvid Meinhardt—.
Por favor, piense detenidamente si hay alguien que pudiera haber querido hacer daño a su novia.
Aunque fuera un asunto insignificante, intente recordarlo.
—No había nada. ¿No ha sido ese hermano extraño de Elsa?
—Sigue bajo nuestra custodia.
—¡Lo sabía! —Saltó del sofá, lo que sobresaltó a Emma e hizo que se echara hacia atrás—. Ese cerdo los mató a todos.
—¿De quién está hablando? —preguntó Emma.
—Ese director engreído que se cree el centro del mundo. Carlos... Lo mataré.
Emma se puso en pie y oyó que Alex se acercaba. Arvid Meinhardt estaba más furioso que antes. Apretó los puños y los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Qué le hace sospechar de él en concreto? —intervino Alex.
—Si el hermano de Elsa sigue detenido, ¿quién más podría ser? —replicó él, como si Alex hubiera hecho una pregunta estúpida—. Ella no participaba en sus fiestas y, desde entonces, le costaba conseguir buenos papeles, si es que llegaban a darle alguno.
La teoría de que los vídeos y los mensajes estaban conectados y de que todas las personas de la lista tenían algo que ver con ello cobraba cada vez más fuerza. —¿De qué trata eso de las fiestas?
—¿Acaso importa? ¿Por qué siguen ahí parados sin hacer nada? ¡Arréstenlo!
—Tiene razón —dijo Alex, y por la breve mirada que le lanzó a Emma, ella supo de inmediato que solo le estaba siguiendo la corriente para que Arvid Meinhardt se tranquilizara y respondiera a las preguntas de su compañera.
—¿Te encargas tú? —preguntó Emma.
—Desde luego. —Alex salió del piso. Solo entonces Arvid Meinhardt bajó un poco el tono.
—Mientras mi colega se ocupa de Carlos Romero, por favor, cuénteme todo lo que sepa sobre él. Su declaración podría marcar la diferencia entre que encontremos a su novia pronto o no. ¿Lo entiende?
—Sí —dijo él, y se dejó caer de nuevo en el sofá—. Sí —susurró una vez más.
—En su opinión, ¿qué tiene que ver exactamente Carlos Romero con la desaparición de su novia y los asesinatos de Elsa Vogel y Emilia Austermann?
—Siempre ha organizado esas fiestas a las que solo se permite asistir a gente selecta.
—¿Estuvo usted en alguna de ellas?
—No. Solo invitan a mujeres. Mujeres jóvenes.
Debe de hacer dos años que Sophia fue a una.
Por aquel entonces estaba empezando. Bueno, no exactamente empezando; ya era buena.
Pero nunca había estado en producciones grandes, aunque acababan de darle un papel secundario.
Pero después de volver de una de esas fiestas, ese papel fue para otra.
Alguien que ni siquiera era tan buena como Sophia.
Desde entonces, le ha costado mucho que la seleccionen en cualquier sitio.
Y no solo por aquí. Los contactos de Carlos llegan a todo el país.
—¿Por qué cree que le ocurrió eso a Sophia si asistió a una de esas fiestas?
—Me contó esa misma noche, cuando llegó a casa, lo que pasaba allí y que ella no quería saber nada del asunto. —Vaciló un poco.
—¿Qué ocurre exactamente en esas fiestas? —preguntó Emma, aunque ya había revisado suficiente material de vídeo para tener una idea clara, pero quería oírlo de su boca con la esperanza de conocer detalles que no se apreciaran en las grabaciones.
—Sophia dijo que drogan a las chicas y luego las obligan a tener sexo. Después las graban y usan los vídeos para chantajearlas.
—¿Sophia se enteró de todo eso en una sola noche?
—No, claro que no. Ella misma fue drogada y se marchó en cuanto se dio cuenta de que su estado no podía deberse únicamente a una copa de champán. Me llamó y fui a recogerla.
—¿Había alguien con ella cuando fue a buscarla?
—Julia estaba con ella y la cuidaba.
—¿Julia volvió a la fiesta?
—Debió de hacerlo. Era una habitual. Si todavía sigue yendo, no lo sé.
—¿Cómo lo sabe?
—Sophia investigó un poco y se enteró de lo de los vídeos y de Julia. Hay muchísimas chicas afectadas. La mayoría ya no están con nosotros o han dejado el ballet. Julia es de las pocas que parece estar llevándolo razonablemente bien.
—¿Y qué hay de Elsa Vogel? ¿Se vio involucrada alguna vez?
—Seguro que no. Ella nunca tuvo que pasar por eso. Sus padres tienen dinero de sobra; ni siquiera necesitaba aceptar trabajos temporales para salir adelante.
—¿Y no existen grabaciones así de Sophia?
—No, ya se lo he dicho, escapó en cuanto se dio cuenta de lo que pasaba.
—Además de Carlos Romero, ¿había alguien más implicado?
—No lo creo. Al menos no sé nada más al respecto. Pero esas fiestas todavía se celebran con regularidad. Por lo general, cuando empieza el casting para una nueva producción.