El asesinato del profesor de matemáticas (El asesinato del profesor 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

S alieron fuera aturdidos, conmocionados. Habían pasado más de tres horas locas, alucinantes, desde la aparición del supuesto cadáver. Carreras, nervios, miedo, de todo.

Y ahora...

El profesor de matemáticas vivo, ellos aprobados...

—Esto ha sido una pasada —suspiró Nico.

—Total —movió la cabeza de arriba abajo Luc.

—Y lo hemos conseguido —reconoció Adela, como dándose cuenta por primera vez de que así era—. Hemos resuelto quince... lo que sea de mates y razonamiento y lógica y...

—Es verdad, nosotros solos —se hinchó Nico.

—En el fondo no era tan complicado —plegó los labios Luc—. Lo peor ha sido tener que resolverlo todo bajo presión.

—Había alguno que estaba muy bien.

—Sí.

—El de los espías era estupendo.

—Sí, ese era muy chulo.

—Algunos con solo pensar un poco...

—Sí, es verdad. El enunciado ya lo dice casi todo. Mirad el de la mosca, el que han fallado grandes matemáticos.

—Y si no, con emplear debidamente alguna formulita...

—Eso.

Caminaban sin rumbo fijo, aunque ya se estaba haciendo tarde.

No querían separarse todavía.

Había sido una tarde genial.

Cuanto más lo recordaban y lo pensaban, más cuenta se daban de ello.

Genial a tope.

—Estamos aprobados —dijo en voz alta Adela.

—La tonta de mi prima no me dará clases —se mordió el labio inferior Nico.

—Ni a mí me pondrán de profe de verano al pedante que babea por mi hermana —dilató sus ojos Luc.

—Mis padres no tendrán que gastarse dinero ni me repetirán la eterna cantinela de que parezco lista pero no ejerzo —se extasió Adela.

Aprobados, aprobados, aprobados.

Un verano excelso, maravilloso, único se abría ante ellos como un paraíso sin fin, colmado de días para leer, bañarse, jugar, bailar, pasarlo bien...

Y ahora, al llegar a casa, el anuncio triunfal de que en matemáticas...

El mundo era perfecto.

Nada podía enturbiar aquel momento, estaban seguros.

—¡Eh, vosotros!

Volvieron la cabeza.

Y se quedaron petrificados.

Eran los dos agentes de la guardia urbana.

—¡Ay, ay, ay! —se estremeció Adela.

—¡No, esos no! —gimió Nico.

—¡Pringada! —exclamó Luc.

Estaban fuera del coche. Y uno cojeaba. De las dos piernas.

—Venid aquí, diablos —rezongó el primero.

—Jugando a muertos, ¿eh? —rechinó sus dientes el segundo, el de la cojera.

La reacción fue unánime.

Por parte de los tres.

—¡Corred!

Y volvieron a volar sobre las calles, cada uno en una dirección, sabiendo que era inútil explicarles nada a los agentes de la ley.

Desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos.