Capítulo 23
Playa del Carmen, México
Días después
—Esto sí que es el paraíso —exclamó Emily, sentada en el quiosco de Juan con Olivia, Vic y Mia.
—No quiero volver a pasar tanto tiempo sin venir. Volveremos más a menudo —dijo Olivia.
—Yo podría vivir aquí, sin problema...
—Baja de las nubes, Mia. No sobrevivirías sin el bullicio —replicó Vic mientras Juan llegaba con las bebidas.
—¡Margaritas especiales! ¡Y un zumo! —El hombre dejó las bebidas sobre la mesa, lo que alegró aún más a las chicas.
—Juan, sin duda haces las mejores margaritas de todo México —elogió Liv tras probar su bebida.
—Gracias, Liv. Te echábamos de menos por aquí.
—Sobre todo a mí, lo sé, Juan —bromeó Victoria.
—¡Por supuesto! ¡Por supuesto! ¡Tienes que volver a vivir aquí!
—No le des ideas —le advirtió Mia.
—¿Venís esta noche? Habrá mucha música —las invitó, y luego se volvió hacia Emily—. Ven a bailar. Me acuerdo de cuando bailabas aquí.
—¿Te acuerdas? —preguntó ella, sorprendida.
—¡Sí!
—Esta vez prometo bailar sin que esa morena de ahí me arrastre —dijo divertida, señalando a su novia.
—¡Eso también lo recuerdo! —se rio Juan.
—Lo peor es que fue exactamente así —Liv se cubrió la cara con las manos, muerta de risa.
—¡Os esperamos esta noche! —dijo antes de dejarlas y volver al trabajo.
—Mia, ¿tenías que contarle ese detalle?
—Pues no creo que fuera yo.
—Entonces, ¿quién te lo contó, Emm? —le preguntó Wess.
—¿No fuiste tú?
—Sí, puede ser... —No se acordaba—. Todavía no puedes beber alcohol, ¿verdad?
—Creo que es mejor no hacerlo —probó su zumo de frutas.
—Mejor así —asintió—. Después podemos dar un paseo.
—¿Adónde vais, Liv?
—A los campos de rosas, Vic.
—Pues id vosotras dos. Mia y yo haremos la compra. No hay nada en casa.
—Victoria no funciona si los armarios no están llenos de golosinas. Es como una niña —bromeó Mia.
—No es que lo parezca. Es que lo soy.
—Eso lo sabemos de sobra, Vic —bromeó también Olivia—. Emm, ¿vamos ya? Parece que va a llover a última hora de la tarde.
—Me encantaría. Y vosotras dos, intentad no meteros en muchos líos.
—No muchos. Solo los justos —dijo Mia guiñando un ojo.
Olivia llevó a Emily de paseo por las carreteras de la zona. Condujo por las afueras del pueblo, atravesando paisajes surrealistas, de esos que una cree que solo existen en las películas. Igual que había hecho cinco años atrás.
La brisa del océano les refrescaba la piel a pesar del calor intenso y la humedad, que hacían subir aún más la temperatura.
Aparcó el Jeep en un alto cerca de un extenso campo de flores. Los aromas que llegaban de allí eran increíbles; el viento traía y llevaba distintas fragancias agradables.
—Hay un... —Emy buscaba una palabra que pudiera definir el lugar.
—Magnetismo.
—Sí. Eso es...
—Eso mismo decías antes.
Emy se acercó y le acarició la cara.
—¿Te acuerdas de todo lo nuestro?
—De todo...
La besó en los labios.
—¿Qué hice para merecerte así?
La morena la miró fijamente a los ojos azules.
—Me miraste. Me viste tal como soy, y aun así me quisiste.
—¿Cómo no iba a enamorarme de ti, Liv? —dijo sonriendo mientras la abrazaba.
Caminaron de la mano, sin prisa, contemplándolo todo a su alrededor, y se fueron acercando a los hermosos campos de rosas que rodeaban toda aquella extensión.
Emy se detuvo, atenta a cada detalle. Por un momento, cerró los ojos para sentir mejor toda aquella mezcla de fragancias.
El aire del mar humedecía la atmósfera, igual que las diminutas gotas de lluvia que empezaban a caer. Las flores inundaban el ambiente con aromas únicos.
Todo se fundía con tanta intensidad que, para Emily, sus propias sensaciones parecían casi tangibles, como un verdadero despertar.
Despertar...
Al abrir los ojos, vio a Olivia distraída un poco más adelante. Una sonrisa asomó a sus labios y una lágrima le resbaló lentamente por la mejilla.
Liv se dio cuenta enseguida y se acercó a ella.
—¿Estás llorando? —preguntó mientras le tocaba la cara con extrema delicadeza y le secaba las lágrimas rebeldes—. ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? —añadió preocupada.
—Estoy... Solo estoy muy, muy feliz —explicó abrazándola, y Liv la abrazó con la misma intensidad.
Solo un pensamiento le cruzó la mente: sí, aquel abrazo seguía siendo el mejor lugar del mundo.
Allí perdieron la noción del tiempo. Ni siquiera les importó la lluvia pasajera. Aquella había sido, sin duda, una de las tardes más serenas que habían vivido en mucho tiempo.
Al caer la noche, las cuatro mujeres fueron al quiosco a escuchar buena música y tomar unos tragos. El dueño se acercó enseguida.
—Tequilas y zumo, por favor, Juan.
Vic hizo el pedido mientras las demás hablaban.
—Qué curioso. Vosotras dos os quedasteis para hacer la compra, y no pude encontrar ni agua en la casa —dijo Emily, con los brazos cruzados y mirada suspicaz.
—Salir con Victoria es así. Un caos total —dijo Mia, usándolo como excusa.
—¿Qué estáis diciendo de mí? —preguntó Vic.
—Dice que eres desorganizada —dijo Olivia—. Lo interesante es que la casa es un desastre, pero la cama del cuarto de Vic está perfectamente hecha.
—Cierto, Liv —coincidió Emily—. Como si alguien quisiera ocultar algo.
—¿Y por qué será? —Olivia y Emily se burlaron de sus amigas.
—¿Qué estáis intentando decir? —preguntó Mia.
Emily puso cara de póquer.
—Queremos saber hasta cuándo vais a seguir con esta mierda de ocultar lo que hay entre vosotras —intervino Liv.
—Ocultárnoslo a nosotras dos es casi ofensivo —se quejó Reed.
Mia y Vic se miraron.
—Vale. Estamos juntas —admitió Mia por fin.
—¿Lo estamos? —preguntó Victoria.
—¿No lo estamos? —preguntó indignada.
—Yo quería estarlo. Tú eras la que se hacía la difícil.
Empezaron a discutir.
—¿Ya están peleando? —susurró Wess.
—Creo que esto es lo normal en ellas —dijo Emy, divertida.
La rubia se levantó, cogió su bolsa de playa y le tendió la mano a Olivia.
—Vamos a dar un paseo...
Ella asintió.
—Eh... ¿adónde vais? —preguntó Victoria, interrumpiendo la discusión con Mia.
—No tardaremos —dijo Emy.
—De acuerdo... —respondió Mia, volviendo a la discusión mientras sus amigas se alejaban.
Se alejaron de la mano, caminando sobre aquella arena suave, disfrutando de la hermosa noche tras el chaparrón de la tarde.
—¿Adónde vamos? —preguntó Liv.
—Qué curiosa eres...
—Estás muy misteriosa.
—¿Es una queja?
—Nunca. Si no, en un minuto acabaremos como esas dos de la mesa —bromeó Olivia.
Emily abrió la marcha, yendo directa hacia unas rocas y cruzándolas.
—Ahh, ahora lo entiendo. Vic te enseñó cómo llegar aquí —dijo, reconociendo el camino.
La rubia no dijo nada. Solo sonrió y siguió adelante. Por fin llegaron.
Se detuvieron ante aquel mar inmenso, donde podían ver el reflejo de la luna.
—Me encanta este lugar, pero nunca volví después de... —Emy la interrumpió.
—¿La noche en que hicimos el amor aquí? —Emy terminó la frase.
Wess la miró intrigada.
—¿Cómo lo sabes? Mejor dicho, ¿cómo supiste llegar aquí, Emm?
—¿Cómo crees que podría saberlo?
Intentó descifrar lo que aquellos ojos azules decían en silencio.
—Emily... —De pronto el corazón se le aceleró. Empezó a entender lo que Emily decía y, sobre todo, lo que callaba.
—Aquí fue donde nos dimos nuestro primer beso —dijo Emy, y su voz transmitía tranquilidad y paz—. El reflejo de la luna era tan hermoso como ahora...
Ella miraba el mar.
Olivia la miraba a ella.
Por fin sus ojos se encontraron.
—Eché tanto de menos todo, Liv...
Olivia dejó escapar un sonido que iba más allá de las palabras y abrazó a Emily, levantándola y estrechándola con fuerza contra su cuerpo.
Momentos después, cada una sostenía el rostro de la otra, con las respiraciones entremezcladas.
—¿Cuándo lo recordaste?
—Empezó con destellos sutiles... el primero fue aquella noche en la piscina... cuando te abracé y cerré los ojos, me llegaron algunas imágenes. Dios mío... cuántas sensaciones trajeron consigo...
—¿Por qué no me dijiste nada, mi amor?
—Todo era tan frágil. No quería darte falsas esperanzas. Pero hoy, en los campos de rosas... ah, ya no me quedaron dudas.
Innumerables lágrimas bañaron el rostro de Liv.
—No te pongas así... —Emy se las limpió con delicadeza.
—Dios... fue tan, tan difícil... —Olivia se permitió exponer todo el dolor que había guardado dentro, sobre todo durante los primeros días tras el accidente.
—Mi amor... debió de ser tan duro para ti... —Acarició el rostro de la mujer que tanto amaba, buscándole los ojos—. Necesito que sepas algo. Aunque mi memoria no hubiera vuelto, mi corazón ya había encontrado el camino de vuelta a ti.
Wess sonrió.
—Ni siquiera te recordaba, y me enamoré de ti otra vez. —La miró con ternura pícara—. Eres jodidamente increíble, Olivia Wess.
La morena soltó una carcajada y atrajo a Emy hacia sí en el abrazo más estrecho. Luego se miraron en silencio.
—Te amo, Liv...
—Qué bien se siente oír eso otra vez...
—Gracias por no haberte rendido conmigo... con nosotras.
—Jamás lo habría hecho.
Sus labios se rozaron, con suavidad al principio, hasta que el deseo se apoderó de ellas. No había tiempo que perder.
—Hazme el amor... —pidió Emm con la voz convertida en un susurro apenas audible.
Se apartó y empezó a desnudarse allí mismo, igual que cinco años atrás. Sobre la arena, junto a la bolsa de playa donde había traído las toallas, dejó caer cada prenda, con los ojos clavados en Olivia, que observaba cada pequeño movimiento, hipnotizada, mordiéndose el labio sin darse cuenta.
Desnuda... completamente desnuda, Emy se acercó y le acarició el rostro con delicadeza, tratando de aliviar una añoranza inexplicable.
—¿Cómo pude olvidar esta piel, estos rasgos...? —La miró con el deseo de grabar ese momento en su memoria y luego rozó suavemente su mejilla contra la de Liv—. Este aroma... Dios, te amo, Liv...
En silencio, Wess la estrechó en un abrazo indescriptible. El corazón se le aceleró, no con la inquietud de los días anteriores, sino con la paz que trae el amor.
Al instante siguiente, estaban tumbadas sobre su ropa, en aquella arena bañada por la luz de la luna.