CAPÍTULO 27 Copias arrancadas de archivos privados
BLOQUE 1
La primera copia arrancada no parecía haber sido arrancada.
Parecía simplemente una hoja suelta.
Eso fue lo que irritó a Irene.
Estaba guardada dentro de una funda individual, sin la carpeta original ni ningún otro documento capaz de explicar a qué conjunto había pertenecido. A primera vista podía confundirse con cualquiera de las piezas que durante décadas habían circulado entre familias, comerciantes y coleccionistas.
El borde izquierdo decía otra cosa.
No por lo que conservaba.
Por las pequeñas ausencias alineadas a lo largo del papel.
Irene colocó la hoja bajo luz lateral.
—Esto estuvo cosido.
Sebastián se inclinó.
—¿A un expediente?
—A un expediente o a un conjunto de hojas. Mirá la distribución.
Las perforaciones eran sencillas y no correspondían a una encuadernación formal. En algunos puntos todavía se advertían restos mínimos de fibra comprimida.
Mauro preguntó si podían afirmar que había sido arrancada.
Irene negó.
—Puedo afirmar que fue separada. No cuándo ni por qué.
La hoja era una de las piezas retenidas por la librería madrileña mientras se aclaraba su procedencia. Rafael Roldán la había recibido en consignación de un heredero perteneciente a una rama familiar diferente de la implicada en la operación Valdeterra.
Eso obligaba a mantener la prudencia.
Una apariencia semejante no convertía dos documentos en parte del mismo archivo.
Tampoco una perforación bastaba para demostrar que habían pertenecido al mismo expediente.
Y, sobre todo, la separación podía ser anterior a cualquier comerciante moderno.
Irene comparó el papel y la tinta con la serie numerada.
No coincidían.
Mauro preguntó:
—Entonces no viene de Valdeterra.
—No parece pertenecer a ese conjunto.
Sebastián empezó a leer.
Era una copia relacionada con un libro de una pequeña comunidad religiosa.
No mencionaba el Códice de San Millán.
Sí contenía una fórmula conocida:
se deja razón bastante de la procedencia y de la persona que responde, por si el libro continuare fuera
Sebastián permaneció unos segundos en silencio.
Era el mismo lenguaje funcional que habían encontrado en otros fondos.
Eso era precisamente lo que necesitaban.
La pieza podía no tener ninguna relación moderna con Valdeterra y, aun así, confirmar que distintas instituciones utilizaban soluciones semejantes para documentar bienes que permanecían fuera.
Mauro volvió a la cuestión material.
—¿Sabemos por qué quedó suelta?
La respuesta apareció en una tasación antigua.
Años antes, la hoja había sido fotografiada dentro de un expediente familiar.
No estaba aislada.
La imagen mostraba una carpeta abierta y varias hojas unidas.
Una de ellas servía como cubierta y llevaba el título:
Copias de avisos de libros fuera de casa.
Sebastián señaló la fotografía.
—Ahí tenemos el contexto que desapareció.
La tasación describía el conjunto como:
Cuatro documentos relativos a depósitos y entregas. Valor escaso como conjunto.
Años más tarde, solo una de esas piezas aparecía individualmente en el mercado.
Mauro buscó la primera operación conocida.
El intermediario que la había comercializado ya la había recibido separada.
Por tanto, la fragmentación era anterior.
La fotografía procedía de un inventario familiar realizado antes de una partición.
Eso delimitaba un período, aunque no permitía identificar a la persona que había separado las hojas.
La conclusión era más importante que la autoría concreta.
Algunos archivos privados habían empezado a desmembrarse antes de llegar a los comerciantes.
El mercado moderno recibía muchas veces una dispersión ya iniciada.
Sebastián observó la fotografía antigua.
En ella todavía se veía un pequeño conjunto capaz de explicar mucho más de lo que ofrecía la hoja aislada.
Separada, la pieza demostraba una entrega.
Dentro de su carpeta original, podía relacionarse con otras constancias que explicaban el origen del libro y qué ocurrió después con su responsabilidad.
Mauro preguntó:
—¿Esto es lo que Cifuentes intentaba reconstruir?
—Sí.
Sebastián recordó también una idea de Riaño.
Cuando las hojas permanecían juntas, unas limitaban las interpretaciones posibles de las otras.
No era una frase retórica.
Era una cuestión de evidencia.
Una pieza aislada podía permitir una lectura incompleta.
Las restantes podían corregirla o demostrar que aquella interpretación era imposible.
Por eso la unidad documental importaba.
No por una defensa romántica de los archivos.
Porque el contexto modificaba lo que podía probarse.
Mauro pidió las demás fotografías del inventario familiar.
En varias aparecían carpetas todavía completas que, años después, surgían en catálogos como piezas individuales.
Algunas conservaban una procedencia genérica.
Otras habían adoptado como supuesto origen el apellido de una persona mencionada dentro del texto.
Sebastián encontró un ejemplo.
La descripción moderna decía:
Archivo Medrano.
La fotografía anterior demostraba que la hoja había estado dentro de una carpeta de otro fondo.
—Están confundiendo a una persona mencionada con la procedencia del documento.
Mauro respondió:
—O alguien eligió ese nombre porque era más fácil de vender.
Ambas posibilidades podían producir exactamente el mismo resultado.
Un responsable histórico podía terminar presentado como propietario.
Un apellido citado en el documento podía convertirse, con el tiempo, en el supuesto archivo de origen.
La hoja seguía siendo auténtica.
Lo que se deformaba era la relación entre la pieza y el conjunto del que había salido.