El Archivo de Nájera (El Secreto de San Millán: Tomo II) CAPÍTULO 18 Entre notarios y monasterios
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CAPÍTULO 18 Entre notarios y monasterios

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Pedro Salvatierra no recibió el códice.

Lo certificó.

Sebastián tuvo la confirmación apenas abrió el protocolo completo. El documento estaba incompleto en una esquina, pero el cuerpo principal se conservaba lo bastante bien como para resolver la duda que Adrián Cifuentes y Álvaro Riaño habían dejado pendiente.

Tomás de Arceo comparecía ante el escribano.

Martín de Nalda aceptaba la obligación.

Pedro Salvatierra daba fe del acto.

Nada en la escritura lo convertía en receptor.

Mauro leyó por encima del hombro de Sebastián.

—Otra vez un escribano que puede parecer responsable si uno se queda solo con las iniciales.

—Sí.

—Y estuvimos cerca de interpretarlo así.

Sebastián negó.

—Lo importante es que no lo hicimos.

Irene sonrió.

Habían aprendido a separar a quien documentaba de quien realmente recibía el bien.

La escritura, además, contenía una referencia inesperada:

Se hará traslado para constancia en casa religiosa.

Sebastián levantó la vista.

—¿Sabemos cuál?

Inés Montalbán buscó el número de asiento correspondiente. La indicación marginal no desarrollaba el nombre, pero remitía a otro repertorio.

Santa María.

La copia seguía allí.

No dentro de las relaciones que ya habían consultado, sino en un fondo distinto que reunía documentación recibida para dejar constancia de bienes ajenos.

El catálogo moderno la describía como:

Traslados notariales y avisos de responsabilidad.

Inés pidió la caja.

Dentro había instrumentos procedentes de varias escribanías y Pedro Salvatierra aparecía con frecuencia. Nunca como responsable de los bienes, sino como una de las personas que hacían llegar constancias notariales a Santa María.

Irene comprendió la función.

—Entonces el monasterio recibía copias de actos realizados fuera.

—En algunos casos, sí —respondió Inés.

Las razones variaban.

Había familias que querían dejar una constancia fuera de su propio archivo.

También aparecían bienes depositados temporalmente en casas particulares y situaciones en las que una copia institucional ofrecía una continuidad que los papeles familiares podían perder después de una herencia o una división.

Sebastián miró la caja.

Eso encajaba con lo que llevaban semanas viendo.

Santa María no necesitaba controlar ninguna cadena.

Le bastaba con conservar memoria documental.

Una copia custodiada por una institución estable podía sobrevivir cuando la versión familiar desaparecía.

Mauro señaló uno de los expedientes.

—Entonces una familia puede perder su escritura y el monasterio conservar otra.

—Exactamente.

La redundancia reaparecía, pero no como resultado de una autoridad central ni como práctica obligatoria en todos los casos. Era una solución utilizada cuando alguien consideraba útil dejar una constancia duradera fuera del ámbito doméstico.

Sebastián empezó a comparar los traslados autorizados por Salvatierra.

En uno, un libro perteneciente a una iglesia había sido puesto bajo responsabilidad particular mientras se reparaba el lugar donde solía guardarse.

Otro expediente trataba papeles familiares que quedaron en manos de un administrador durante un litigio.

También aparecía un volumen de pergamino trasladado porque la habitación donde se conservaba tenía problemas de humedad.

Irene reconoció la causa.

—Otra vez.

—Sí.

La repetición no convertía la humedad en algo extraordinario.

Al contrario.

Confirmaba que muchas salidas podían deberse a problemas completamente materiales.

Los bienes no se movían necesariamente por guerras, persecuciones o amenazas excepcionales. A veces bastaba con que una casa dejara de ser adecuada o que la persona que respondía tuviera que ausentarse.

Cuando eso ocurría, alguien debía asumir la responsabilidad o dejar el objeto en un lugar seguro sin modificarla.

Sebastián encontró finalmente la copia correspondiente al códice.

El protocolo de Salvatierra decía:

Martín de Nalda recibe el volumen antiguo de pergamino que Tomás de Arceo tenía bajo obligación anterior, con testimonio bastante de su procedencia.

La versión conservada en Santa María añadía:

procedente de San Millán según las relaciones que se conservan.

Irene levantó la vista.

—La segunda copia conserva algo que el protocolo resume.

Sebastián asintió.

La entrega era la misma.

Las funciones documentales eran distintas.

El protocolo registraba el acto jurídico.

La copia monástica retenía de forma más explícita el origen.

No había contradicción.

Había complementariedad.

Mauro preguntó por las iniciales que tanto los habían hecho dudar.

Sebastián señaló la firma.

—P. S. es Pedro Salvatierra.

—Definitivamente.

—Sí.

La hipótesis de Cifuentes quedaba corregida.

Riaño había tenido razón al sospechar que P. S. intervenía en el cotejo y no recibía el volumen.

Eso reforzaba algo más importante que un nombre.

Álvaro no había intentado forzar la cadena.

Había sabido detenerse cuando la documentación no permitía avanzar.

Sebastián continuó con la copia de Santa María.

Había una nota posterior:

Martín continúa con el libro. Revisar cuando cambie residencia.

Irene preguntó si ese cambio había ocurrido.

Sí, pero años después.

Martín no abandonó inmediatamente Nájera. Con el tiempo empezó a pasar temporadas fuera y en una referencia posterior aparecía la expresión:

hacia villas del camino

Mauro levantó la vista.

—Otra vez aparece el camino.

Sebastián fue prudente.

—Aparece movimiento. Todavía no sabemos qué camino ni con qué frecuencia.

Aquella fórmula no bastaba para construir una ruta.

Sí empezaba a revelar el entorno dentro del cual podían producirse los relevos.

Comerciantes que viajaban.

Escribanos que formalizaban actos.

Instituciones capaces de conservar copias o recibir temporalmente un bien.

Casas donde podía quedar mientras el responsable resolvía una ausencia.

No era una infraestructura creada para manuscritos.

Era la infraestructura ordinaria de la sociedad.

Y los libros se apoyaban en ella cuando necesitaban salir de su lugar.