CAPÍTULO 5 Otro responsable en los protocolos
BLOQUE 1
Octavio Larraz aceptó recibir a Mauro al día siguiente.
Eso, por sí solo, era una buena señal.
No pidió conocer todos los detalles de la investigación.
Tampoco intentó evitar el contacto.
Respondió simplemente que la pieza seguía en su poder y que, si existía una razón seria para examinarla, estaba dispuesto a colaborar.
Mauro informó a Sebastián e Irene antes de salir.
—No voy a llevármela.
Irene lo miró.
—Nadie te pidió eso.
—Lo aclaro porque con ustedes dos cualquier papel termina tratado como si sostuviera la historia de España.
Sebastián levantó la vista.
—Éste puede sostener una procedencia.
—Peor todavía.
Mauro guardó el teléfono.
—Les aviso cuando la vea.
Irene empezó a enumerar lo necesario.
—Fotografías de ambas caras, detalle de las perforaciones y luz lateral si se puede.
Mauro asintió.
—Sí.
—Y alguna referencia de tamaño.
—Eso puedo hacerlo.
Sebastián intervino.
—Sin manipular más de lo necesario.
—Gracias por devolverle humanidad a la visita.
Mauro se fue.
Sebastián e Irene permanecieron con Inés Montalbán.
La investigación histórica no podía detenerse por la pieza comercial.
Tenían una línea suficientemente sólida hasta Bernardo de Villamediana.
Ahora necesitaban saber quién había asumido después.
El inventario de la Casa de Valdeterra demostraba que Bernardo había recibido bienes ajenos vinculados con escrituras de Alonso de Heredia.
Pero la entrega posterior estaba incompleta.
El documento principal no había permanecido en el fondo notarial.
Parte de la documentación había terminado dentro del archivo doméstico de la casa.
Sebastián miró la reproducción.
—Tenemos a Bernardo.
Inés asintió.
—Sí.
—Tenemos la obligación.
—Sí.
—Y sabemos que hubo un relevo.
—También.
—Pero no tenemos el nombre completo del receptor.
—No todavía.
Irene desplegó las fotografías.
El borde roto de una hoja conservaba únicamente el final del nombre:
...ez de Haro
Sebastián observó.
—Por lo menos tenemos algo.
Inés negó.
—Tenemos algo peligroso.
—¿Por qué?
—Porque “de Haro” puede ser apellido, referencia geográfica o parte de una identificación más larga. Si lo completamos por intuición, podemos equivocarnos muy rápido.
Sebastián asintió.
Eso le gustaba de Inés.
Destruía atajos.
—¿Fecha?
—Aproximada.
—¿Testigos?
—Dos.
—¿Alguno conocido?
—Uno.
Alonso de Heredia.
Irene levantó la vista.
—Otra vez.
Sebastián sonrió apenas.
No porque Alonso perteneciera a algo especial.
Precisamente porque su presencia permitía seguir una continuidad documental.
El escribano volvía a aparecer en una entrega relacionada con el volumen.
Eso indicaba que el relevo de Bernardo había sido formalizado mediante el mismo tipo de herramientas notariales que los anteriores.
Inés abrió otro registro.
—Hay una remisión posterior.
No pertenecía al mismo día.
Se había realizado meses después.
Sebastián leyó:
Ratificación de guarda por ausencia del receptor primero.
Irene se acercó.
—¿Receptor primero?
—Eso parece.
Sebastián volvió a la línea.
—Entonces pudo existir un reemplazo temprano.
La secuencia se complicaba.
Hasta ese momento, cada relevo había podido reconstruirse de manera relativamente limpia.
Una persona dejaba de responder.
Otra asumía.
Ahora aparecía alguien que había recibido el volumen, pero quizá no había mantenido la responsabilidad durante mucho tiempo.
Sebastián preguntó:
—¿Tenemos nombre?
Inés siguió el índice.
Esta vez la anotación conservaba suficiente:
Gonzalo López de Haro.
Irene sonrió.
—Por fin uno completo.
Sebastián siguió leyendo.
Gonzalo López de Haro había recibido el libro después de Bernardo de Villamediana.
Pero una cláusula establecía que debía permanecer disponible en Nájera para cumplir con la obligación.
Meses después una nueva escritura decía:
por haber mudado su residencia, se dispone nuevo responsable
Sebastián levantó la vista.
—Duró poco.
—Sí —respondió Inés.
Irene observó la secuencia.
—Otra vez queda claro que no estamos viendo una herencia.
—No.
—Ni una transmisión automática dentro de una familia.
—Tampoco.
Era una obligación condicionada a la capacidad real de cumplir.
Si la persona dejaba de estar disponible, debía producirse otro relevo.
Cada cambio generaba documentación.
Y cada documento multiplicaba las posibilidades de supervivencia, pero también las posibilidades de dispersión.
Inés encontró la ratificación.
Estaba incompleta.
Pero esta vez el nombre del siguiente receptor se conservaba:
Martín de Soria.
Sebastián lo anotó.
—¿Quién era?
—Todavía no lo sé.
Había varios hombres con ese nombre.
Uno mercader.
Otro procurador.
Otro vinculado con una casa de la zona.
Irene examinó la cláusula.
—¿Dice por qué lo eligen?
Sebastián leyó:
por ser persona conocida y tener casa segura dentro de la villa
Se detuvo.
Aquello explicaba más de lo que parecía.
No mencionaba parentesco.
Tampoco linaje.
Ni una función religiosa.
La condición era concreta.
Una persona conocida.
Una casa considerada segura.
Irene lo miró.
—Entonces empieza a importar el lugar físico.
—Sí.
Hasta entonces habían seguido sobre todo personas.
Ahora aparecía también una condición material.
No necesariamente riqueza.
No nobleza.
Capacidad para conservar.
Sebastián apoyó el dedo sobre la frase.
—Esto es importante.
Inés asintió.
—Mucho.
El teléfono de Sebastián sonó.
Mauro.
—¿Lo viste?
—Sí.
—¿La pieza?
—Sí.
Irene se acercó.
—¿Cómo está?
—Bien conservada. Doblada dos veces. Dos perforaciones laterales y una pequeña mancha circular cerca del borde inferior.
Irene se quedó quieta.
—¿Coincide con las fotografías?
—Sí.
—¿El reverso?
—Las iniciales B.R. y el número.
Sebastián miró a Inés.
La pieza de Larraz era la misma que aparecía en el catálogo.
Mauro siguió.
—Además tiene factura.
—¿De Echevarne?
—Sí.
—¿Procedencia?
—La misma descripción general que ya vimos.
—¿Larraz sabía algo más?
—Dice que no.
Irene preguntó:
—¿Te permite documentarla?
—Sí. Fotografías y examen visual. Nada invasivo.
—Perfecto.
Sebastián preguntó:
—¿Investigó las iniciales?
—Nunca.
Aquello era importante.
Larraz no parecía haber comprado la pieza por comprender su relevancia histórica dentro del recorrido del códice.
Había adquirido un documento antiguo que le interesaba.
Nada más.
—¿Y qué dice de Echevarne?
—Que fue claro. Le explicó que procedía de una colección privada y que no conocía una historia anterior documentada.
Sebastián asintió.
No tenían ningún indicio de mala fe.
Y no iban a fabricar uno.
Mauro añadió:
—Pero hay otra cosa.
—¿Cuál?
—Larraz compró una segunda pieza unos meses después.
Sebastián miró a Irene.
—¿Relacionada?
—Él no lo sabía.
—¿Vos?
—La numeración es consecutiva.
La sala quedó en silencio.
Los documentos que el mercado había tratado como piezas independientes empezaban a volver a encontrarse.