El Archivo de Nájera (El Secreto de San Millán: Tomo II) BLOQUE 3
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Alonso de Heredia aparecía veintisiete veces dentro del período que revisaron.

La mayoría de las referencias no tenía relación alguna con libros.

Compraventas.

Arrendamientos.

Reconocimientos de deuda.

Testamentos.

Particiones.

Exactamente lo esperable de un escribano.

Sebastián revisó las fechas.

No buscaba una palabra.

Buscaba repeticiones suficientemente concretas como para justificar una línea de investigación.

Irene trabajaba con reproducciones.

Mauro abandonó la sala durante un rato para atender una llamada.

Cuando regresó llevaba una carpeta.

—Tenemos un problema contemporáneo.

Sebastián no levantó la cabeza.

—¿Cuál?

—Después.

Sebastián lo miró.

—Entonces no me interrumpa.

Mauro dejó la carpeta sobre la mesa.

—A veces me pregunto por qué vuelvo.

Irene respondió:

—Porque te divierte.

Sebastián regresó a Heredia.

En otro protocolo encontró:

bienes librarios en guarda

No procedían de San Millán.

Pertenecían a otra operación.

Más adelante apareció:

dos libros recibidos por mandato de tercero, sin transmisión de dominio

Sebastián se detuvo.

Irene se acercó.

—¿Otra vez?

—Sí.

La fecha era posterior.

El receptor, diferente.

Pero la estructura jurídica resultaba semejante.

Bienes que no pertenecían a quien los recibía.

Responsabilidad de conservación.

Posterior transferencia documentada.

Inés observó el conjunto.

—Alonso intervenía varias veces en este tipo de actos.

—Sí.

—No exclusivamente.

—No.

—Pero lo suficiente para que no sea casual.

Sebastián asintió.

La importancia del escribano empezaba a quedar clara.

No era miembro de ninguna estructura secreta.

Era un profesional al que recurrían para formalizar obligaciones.

Y justamente por eso podía aparecer asociado a distintos libros desplazados de sus lugares de origen.

Irene dijo:

—Entonces no necesariamente conservaba los libros.

—Podía recibirlos de manera transitoria.

—Pero lo importante es que documentaba lo que ocurría con ellos.

—Sí.

Los responsables permitían seguir el objeto.

Los escribanos podían permitirles seguir la prueba.

Mauro abrió finalmente su carpeta.

—Ahora sí.

Sebastián levantó la vista.

Mauro colocó varias fotografías sobre la mesa.

No eran grandes manuscritos.

Eran documentos.

Hojas notariales.

Inventarios familiares.

Una carta.

Relaciones de bienes.

—¿De dónde salen?

—De un comerciante de documentación histórica.

—Nombre.

—Ramiro Echevarne.

Sebastián miró las fichas.

—¿Qué está vendiendo?

—Entre otras cosas, papeles procedentes de antiguos fondos privados riojanos.

—¿Todo legal?

Mauro tardó.

—Parte tiene una procedencia perfectamente documentada. En otras piezas, la información es mucho más pobre.

Señaló una ficha:

Documento notarial riojano, siglo XVII. Colección privada.

Otra decía:

Inventario manuscrito de bienes. Procedencia particular española.

Mauro había conseguido además fotografías antiguas de un lote familiar donde ambas piezas aparecían junto a otros documentos.

Sebastián comprendió.

—Antes estaban juntas.

—Sí.

—Ahora se venden por separado.

—Sí.

No constituía necesariamente un delito.

Los fondos privados se dispersaban.

Los herederos vendían documentación.

Los comerciantes dividían lotes.

Pero el efecto histórico era evidente.

La procedencia se debilitaba.

Exactamente aquello que habían pasado semanas reconstruyendo en documentos antiguos estaba ocurriendo nuevamente ante ellos.

Irene preguntó:

—¿Qué tiene esto que ver con Heredia?

Mauro mostró otra fotografía.

En una de las hojas aparecía:

Alonso de Heredia.

La sala quedó en silencio.

Sebastián se acercó.

No era ninguna de las escrituras que habían revisado.

Era otro protocolo.

Una entrega de papeles.

—¿Echevarne sabe lo que tiene?

—No lo sé.

—¿De qué archivo salió?

—No figura.

—¿Quién se lo vendió?

—Estoy averiguándolo.

Inés observó la imagen.

—Tiene una referencia marginal.

Sebastián amplió la fotografía.

Una numeración antigua.

No correspondía a una hoja independiente.

La pieza había pertenecido a un conjunto mayor.

—Entonces el expediente fue separado.

Mauro corrigió:

—O Echevarne ya lo recibió separado.

Sebastián asintió.

—Correcto.

No iban a atribuir intenciones sin conocer la procedencia.

Mauro mostró otras piezas.

Tres documentos ofrecidos en momentos distintos compartían marcas de numeración compatibles.

Una había sido vendida en Madrid.

Otra estaba en manos de un coleccionista.

La tercera seguía con Echevarne.

Sebastián preguntó:

—¿De qué tratan?

—Entregas de libros y papeles.

Aquello sí importaba.

No porque demostrara un tráfico ilícito.

Sino porque alguien estaba dispersando en el presente precisamente la clase de documentación necesaria para reconstruir una historia de procedencia.

Irene miró las fotografías.

—Si cada hoja termina en un lugar diferente, el contexto desaparece.

—Exactamente —dijo Sebastián.

No hacía falta que alguien quisiera borrar nada.

Bastaba con valorar cada pieza por separado.

El resultado podía ser el mismo que habían observado en los siglos anteriores.

Documentos que sobrevivían.

Relaciones que se perdían.

Mauro señaló la hoja que todavía seguía en manos de Echevarne.

—Quiero evitar que ésta se disperse antes de saber de dónde salió.

Sebastián preguntó:

—¿Puede intervenir?

—Depende de lo que encontremos sobre la procedencia y de si existe alguna irregularidad patrimonial.

—Entonces necesitamos saberlo.

Mauro lo miró.

—Era exactamente lo que estaba haciendo.

Irene contuvo una sonrisa.

Sebastián regresó al protocolo de Sancho.

Alonso de Heredia ya no parecía el siguiente responsable estable.

Y eso mejoraba la investigación.

Un responsable podía proporcionarles un único nombre.

Un escribano podía conducirlos hacia muchas entregas.

Inés colocó sobre la mesa el protocolo de Diego de Arce.

—Esto continúa la línea del volumen.

Sebastián se acercó.

La escritura estaba completa.

Diego aceptaba la responsabilidad.

No compraba.

No heredaba.

No recibía la propiedad.

El manuscrito continuaba sometido a una obligación vinculada con su procedencia.

Sebastián llegó a la descripción:

el libro de San Millán que recibió Alonso de Heredia de Sancho Martínez para su entrega

Ahí estaba.

Alonso había sido un intermediario.

No un propietario.

Tampoco el responsable definitivo de aquella etapa.

Había recibido el volumen de Sancho para formalizar su entrega a Diego de Arce.

Irene miró a Sebastián.

—Entonces Riaño no encontró al siguiente.

—No.

—Encontró al que sabía quién era.

Sebastián asintió.

—Exactamente.

Volvió a la lista de protocolos.

Veintisiete apariciones de Alonso.

Varias vinculadas con bienes ajenos.

Más de una relacionada con libros.

Quizá otras todavía sin identificar.

El nombre escrito junto al margen no cerraba una pregunta.

Abría un archivo.

Y Sebastián comprendió entonces que Nájera no iba a ser un único depósito ni una sola colección esperando a que alguien encontrara la caja correcta.

Era una red de escrituras.

Documentos capaces de mostrar cómo una responsabilidad pasaba de una persona a otra.

El volumen de San Millán era una de esas historias.

Quizá la que más les importaba.

Pero probablemente no la única.

Mauro volvió a las fotografías de las piezas ofrecidas por Echevarne.

Sebastián las observó junto a los protocolos antiguos.

En un lado intentaban reconstruir una procedencia rota siglos atrás.

En el otro, veían cómo una nueva procedencia podía empezar a romperse en el presente.

Era el mismo problema en dos tiempos diferentes.

La diferencia era que esta vez todavía estaban a tiempo de ver cómo ocurría.