El Archivo de Nájera (El Secreto de San Millán: Tomo II) CAPÍTULO 1 El nombre escrito junto al margen
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El Archivo de Nájera (El Secreto de San Millán: Tomo II)

El Archivo de Nájera (El Secreto de San Millán: Tomo II)

Por Daniel Enrique Chicote

© inepub.com

CAPÍTULO 1 El nombre escrito junto al margen

BLOQUE 1

La reproducción cabía entera en la pantalla del teléfono.

Eso era lo que más molestaba a Sebastián.

Después de semanas persiguiendo fragmentos, protocolos incompletos, inventarios desmembrados y copias que parecían haber sobrevivido únicamente para dejar una frase a medias, resultaba casi ofensivo que el siguiente nombre pudiera reducirse a una fotografía tomada con prisa.

Alonso de Heredia.

Estaba escrito junto al margen derecho de una escritura de Nájera.

No dentro del cuerpo principal.

No formando parte de la fórmula notarial.

Al margen.

Álvaro Riaño había conservado aquella imagen entre sus papeles y había escrito debajo:

El nombre está junto al margen.

Sebastián volvió a leerla mientras Irene conducía.

Habían salido temprano.

Fray Julián se había quedado en San Millán revisando las referencias del inventario recuperado y Mauro viajaba detrás, en otro vehículo, porque insistía en llevar consigo parte de la documentación que ya formaba parte de sus actuaciones patrimoniales.

—Vas a agujerear la pantalla —dijo Irene.

Sebastián levantó la vista.

—No.

—La miraste unas cuarenta veces.

—No tantas.

—Treinta y ocho, entonces.

Sebastián apagó el teléfono.

—No sabemos qué significa el nombre.

—Sabemos que a Riaño le importó.

—No es lo mismo.

—No dije que lo fuera.

Irene no apartó la mirada de la carretera.

El paisaje riojano se extendía delante de ellos con una claridad casi incómoda frente a la clase de historia que estaban siguiendo.

Viñedos, laderas y pueblos unidos por caminos que durante siglos habían comunicado monasterios, escribanías, casas privadas y pequeños núcleos donde un libro podía pasar de una persona a otra sin dejar más huella que una escritura.

Sebastián recordó la frase que habían conseguido leer en San Millán.

Entregado al custodio de Nájera.

Habían necesitado reconstruir una larga secuencia documental para llegar hasta esas palabras.

Ahora la nueva pista parecía demasiado simple.

Un nombre.

Alonso de Heredia.

Irene volvió a hablar.

—¿Qué sabemos de él?

—Nada seguro.

—Eso ya me lo dijiste.

—Tenemos una fecha aproximada para la escritura.

—Posterior a Sancho Martínez.

—Sí.

—Y dentro del período en que perdemos al siguiente responsable.

—Sí.

—Entonces podría ser él.

Sebastián miró por la ventanilla.

—Podría ser un testigo, un escribano, un representante o alguien vinculado con otra operación.

Irene esperó.

—También podría ser quien recibió el volumen.

—También.

—Eso suena casi optimista.

—No lo es.

La posición marginal del nombre era precisamente lo que impedía concluir.

Riaño lo había considerado importante.

Eso no demostraba por qué.

—No lo tachó —dijo Irene.

Sebastián la miró.

—¿Qué?

—En su cuaderno descartó otras posibilidades. Bernardo Riaño quedó con un interrogante. Alonso de Heredia, no.

—Puede significar que no llegó a estudiarlo.

—También.

Irene redujo la velocidad al entrar en Nájera.

La ciudad ya no les parecía simplemente un punto dentro de una ruta.

Había adquirido densidad.

Calles.

Casas.

Fondos notariales.

Familias que durante generaciones podían haber conservado documentos cuyo sentido original acabó debilitándose.

Y detrás de todo seguía la pregunta que habían traído desde San Millán.

¿Quién había recibido el volumen después de los primeros relevos demostrados?

Mauro los esperaba en la entrada.

—Llegaron.

—Eso parece —respondió Sebastián.

Mauro lo miró.

—A veces me pregunto si usted habla así cuando está contento.

—No suelo estarlo.

Irene pasó entre ambos.

—No lo provoques. Lleva una hora mirando el mismo apellido.

Mauro levantó una carpeta.

—Yo llevo una hora mirando varios.

Sebastián se detuvo.

—¿Encontró algo?

—Nada concluyente. Heredia aparece más de una vez en documentación de la zona.

—Eso es esperable.

—Sí.

—¿Misma familia?

—Todavía no lo sé.

Sebastián asintió.

—Entonces no sabemos nada.

Mauro sonrió.

—Lo extrañaba.

Entraron.

La sala de consulta tenía un silencio distinto del monasterio.

No era un silencio de piedra.

Era el silencio de un lugar donde las personas habían aprendido a trabajar alrededor de documentos frágiles.

Los recibió Inés Montalbán, responsable de parte de los protocolos que querían consultar.

Rondaba los cuarenta y tantos años, llevaba el cabello oscuro recogido y hablaba con una precisión que Sebastián agradeció desde el primer minuto.

No parecía impresionada por lo que ellos creían haber descubierto.

Eso le gustó.

—Me dijeron que buscan una escritura relacionada con Sancho Martínez.

Sebastián sacó la reproducción.

—Y con este nombre.

Inés miró la fotografía.

No reaccionó.

—¿Quién tomó la imagen?

—Álvaro Riaño.

—¿Cuándo?

—No lo sabemos con exactitud.

—¿Original o copia?

—Tampoco.

Inés levantó la vista.

—Entonces tenemos una fotografía de procedencia todavía no establecida, de una escritura sin identificar y con un nombre marginal.

Mauro sonrió.

—Por eso vinimos.

Inés le devolvió el teléfono a Sebastián.

—Bien.

Sebastián la observó.

—¿Bien?

—Sí. Al menos no vienen convencidos de que ya saben qué significa.

Irene tomó asiento.

Sebastián hizo lo mismo.

Inés abrió varios índices.

—Alonso de Heredia aparece más de una vez y no todas las referencias tienen por qué corresponder al mismo hombre. Antes de relacionarlo con el volumen tenemos que identificar la escritura.

Sebastián asintió.

—Entonces no empezamos por Heredia.

Inés lo miró.

—Empezamos por Sancho Martínez.

Exactamente.

Sancho era el último responsable cuya posición podían demostrar sin reservas.

Si la escritura fotografiada por Riaño pertenecía realmente al relevo del volumen, tenía que existir una conexión interna con él.

No bastaba el apellido escrito junto al margen.

Necesitaban fechas, referencias y cláusulas que unieran los documentos.

Inés colocó un índice delante de ellos.

—Hay tres protocolos con Sancho Martínez dentro del intervalo que me dieron.

Sebastián se inclinó.

El primero era una compraventa de tierras.

El segundo, un reconocimiento de deuda.

El tercero decía:

Entrega y reconocimiento de bienes recibidos en guarda.

La mesa quedó en silencio.

Inés levantó una ceja.

—Supongo que éste les interesa.

Mauro se acercó.

—Bastante.

La signatura existía.

También el original.

Pero faltaba un folio.

Irene dejó escapar el aire.

—¿Uno?

—Uno —confirmó Inés.

Mauro murmuró:

—Claro.

La pieza llegó a la sala.

Sebastián la examinó sin tocarla.

Sancho Martínez aparecía en el cuerpo principal.

La fecha correspondía.

La escritura había sido otorgada en Nájera.

Trataba de bienes recibidos bajo guarda.

Pero el volumen de pergamino no figuraba en la parte conservada.

El protocolo remitía a una relación adjunta.

La relación no estaba.

Irene recorrió el margen.

—¿Alonso?

Sebastián siguió las anotaciones.

Nada.

Inés indicó el reverso.

Había una nota posterior:

Heredia — ver copia.

Sebastián se quedó inmóvil.

No decía Alonso.

Pero el apellido estaba allí.

Irene se inclinó.

—Entonces la fotografía de Riaño puede provenir de una copia de este mismo documento.

—Sí.

Inés asintió.

—Y esa copia podría conservar lo que falta en el original.

Mauro preguntó:

—¿Dónde está?

Inés pasó a otro índice.

—Eso es lo que tenemos que averiguar.

Sebastián volvió al protocolo.

Por primera vez desde que habían entrado en Nájera, el apellido Heredia dejaba de ser una anomalía aislada.

Estaba vinculado al mismo expediente.

Todavía no sabían cómo.

Pero ya no podían tratarlo como una coincidencia.