El árbol de los sueños (Amber Farrell 6) Epílogo
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Epílogo

Había sido « un día magnifico y agradable » en palabras de la agencia de viaje; lo que significaba niebla y lluvia tan fina que se necesitaban branquias para respirar.

Y antes habíamos tenido una noche magnífica y agradable. Pero ahora la niebla se deshilachaba como serpentinas y la luna estaba alta, fría e implacable, lo que sólo hacía que las sombras de medianoche fueran más oscuras. La niebla me enfriaba la cara y la dejaba húmeda. Olía a Atlántico.

Cada lugar tiene su propio tipo de silencio, y en este aislado pueblo costero irlandés reinaba un silencio como una respiración contenida durante demasiado tiempo.

Había bajado por el sendero que recorría la cresta de la península, pasando por el inquietante círculo de la Edad de Piedra, atravesando un pequeño bosquecillo para salir en lo alto del pueblo que me esperaba.

No había luces. Ni una sola ventana, farola o luz de porche.

Seguí el sinuoso sendero que desembocaba en un camino de tierra. Pasé junto a casas largas y bajas, encogidas en la oscuridad a ambos lados, rodeadas de setos y muros de piedra gris, envueltas en jirones de niebla y en silencio.

Había observadores, por supuesto. Una docena de ojos o más seguían mi silencioso avance. Podía sentir su presencia, el peso de su mirada. Se me erizó la piel.

Ninguna voz me llamó. Ningún saludo. Ningún desafío.

Ninguna palabra de bienvenida para una hija que regresaba a casa.

En el centro en penumbra, donde convergían todos los caminos errantes del pueblo, la visión que había acechado mis sueños emergió de la niebla y se hizo realidad.

El pueblo había construido la pequeña iglesia, hacía muchos años, en el seno de su círculo sagrado.

No tenía aguja; en su lugar había una extraña torre circular con una parte superior cónica.

En la fachada de la iglesia había unas altas ventanas alargadas.

Eran demasiado estrechas y me recordaban a unas heridas.

La puerta principal estaba casi oculta entre anchos contrafuertes que se clavaban en la tierra húmeda.

Las paredes de la iglesia y el techo sobre la nave formaban un arco, como un barco volcado.

Todo estaba construido con piedra fina y gris, excepto las esquinas de las paredes, que eran de rocas grandes y más claras, de corte tosco.

Cada piedra estaba cubierta de musgo y líquenes.

Y el círculo sagrado: los árboles.

Serbal. «Amado de Brigid», susurró una voz en mi oído. «Ofrece protección contra la magia».

Aliso. «La fe por encima de todo. Convoca a los espíritus del aire.»

Avellano. «Curación y conocimiento.»

Roble, y en sus ramas, muérdago. «Nobleza y visión sagrada.»

Los árboles rodeaban el cementerio como centinelas.

Todos menos uno; el imponente fresno en el centro del cementerio.

—Hola, Ash —dije, de pie junto a la puerta del cementerio, con la mochila al hombro. «Árbol de los sueños, árbol de la vida, árbol de las almas del aquelarre de la Triple Espiral.»

«Hola, Amber.»

Sentí un escalofrío.

Atravesé la puerta y entré en el cementerio. Las tumbas más antiguas estaban a la derecha. Menos uniformes, hasta el punto de que había algo de desorden en ellas. Cruces celtas. Lápidas sencillas y pálidas. Mármol negro. Un querubín. Un ángel llorando. La crucifixión.

Me giré allí. Mis dedos recorrieron las imágenes y las letras de las lápidas, leyendo en la oscuridad como Tolly.

Leyendo las palabras y los nombres, y sintiendo lo que había debajo.

Las imágenes flotaban desde las profundidades.

Sonidos. Todo sin forma, difuminado por los años, como los grabados en los menhires del círculo en el cerro del pueblo.

Y entre las líneas enredadas y colgantes de mil historias no contadas...

«Ó Fearghail. »

Hijos del valor. Farrell, en la grafía moderna.

Dos, uno al lado del otro. Solos. Acaricié las fechas.

Había encontrado a los padres del bisabuelo Padraig. Los últimos de su linaje en el pueblo. Los únicos enterrados con lápidas en este cementerio.

Todos mis otros antepasados irlandeses en esta tierra fértil habrían sido enterrados envueltos en lino, con la tumba sin marcar, su ubicación conocida sólo por aquellos que los guardaban en sus corazones; sus recuerdos se desvanecerían suave y silenciosamente, sus cuerpos nutrirían el círculo sagrado.

Pero no eran las tumbas de mi familia las que había venido a buscar.

Al otro lado del camino había tumbas nuevas. Tres de ellas, frente a las filas de la muerte.

Las lápidas eran de granito liso. Las palabras, pocas, elocuentes en su dolor. Sin imágenes.

Mis dedos recorrieron rápidamente las letras. Las tres tenían el apellido en su forma antigua: «Ó Súileabháin. » Hijos del de ojos oscuros. Sullivan. Mis dedos siguieron corriendo.

«Mac » : Hijo.

«Iníon » : Hija. Dos de las lápidas.

Cerré los ojos y apoyé la cabeza contra la piedra inflexible. Dos hijas y un hijo habían muerto.

«No murieron sin más » , susurraron las sombras. «Tú los mataste. »

—Sí, lo hice —dije, y las sombras se movieron, dividiéndose en siete formas diferentes que se colocaron de pie en un semicírculo, a unos veinte metros de mí. Los ancianos Adeptos del aquelarre de la Triple Espiral.

Me levanté lentamente.

—Yo los maté, y aunque lo siento, los volvería a matar en las mismas circunstancias. El viento frío del Atlántico susurraba entre los árboles y se llevaba los últimos hilos de niebla.

Abrí la mochila y saqué con cuidado una corona que había hecho para estas tumbas. Era redonda, como una corona normal, pero había tejido la base con tiras verdes, entrelazándolas unas con otras para formar un nudo celta retorcido sin principio ni fin.

—Está hecha con sauce, avellano y álamo temblón —murmuré, mientras me arrodillaba de nuevo delante de la sepultura del medio.

«Para la tristeza » , susurró una sombra, y flotó un par de pasos hacia delante.

Dejé la corona con delicadeza.

—Azucena —dije, y acaricié las tres flores en el centro.

«Para olvidar » , susurró otra sombra.

«No » , susurraron las otras. «Lo recordaremos. »

—Y una corona de juncos atada con ramitas de olivo.

«Paz » . La primera sombra se acercó, todavía flotando, pero balanceándose como una mujer anciana al caminar.

—Para la paz —dije.

«Padraig Ó Fearghail, él… »

—No me importa lo que hiciera —dije, y me levanté de nuevo.

«Se hizo un juramento... Se selló el compromiso... Se rompió una promesa... Es nuestro vínculo, o no somos nada. Es lo que nos define. »

—No es lo que os define —dije—. Es lo que habéis creado vosotros mismos.

Una mujer en medio del círculo se quitó la capucha.

—Eres arrogante, al venir aquí a nuestro espacio de poder y desafiarnos —dijo—. Los Farrell siempre fueron arrogantes.

—Niña tonta —añadió una segunda.

—Ya os he desafiado, y he ganado —dije, e hice un gesto hacia las tumbas mientras el viento agitaba las ramas del alto fresno—.

Les dejasteis para proteger a vuestro árbol de las almas, pero yo tenía una necesidad y cuando llamé, el árbol de las almas vino.

No deseé sus muertes, pero, ahora que lo sé, lo haría igual. Vuestra maldición vuelve con vosotros.

Sentí cómo intentaban arrancarme los hilos de su árbol de las almas, pero no lo hacían de corazón. Sabían la verdad. Podía llamar a su propio poder para vencerles.

—Por algo que mi bisabuelo hizo o no hizo, este aquelarre lanzó una maldición. Un hechizo que mataba al primogénito de la familia Farrell. Lloráis sobre esas tumbas, pero no derramáis ni una lágrima por todos esos bebés que nunca vieron la luz del día.

—Tú sobreviviste. —Era la Adepto más anciana, la que se había acercado más, la que habló—. La maldición se agotó a sí misma.

—No.

Tara se manifestó como un lobo, envuelta en llamas, y ya no hubo ninguna sombra en la que esconderse.

Se encogieron.

—Sobreviví porque mi hermana gemela murió por mí. Y ahora su espíritu se ha fusionado con mi lobo guía, y vuestra maldición ha vuelto a sus orígenes para reclamar su triple premio.

La anciana cayó de rodillas.

—Soy la más mayor —dijo—. Que recaiga sobre mí.

—¿Una anciana a cambio de esos tres niños?

Uno por uno, los demás ancianos fueron dando pasos hacia adelante y se arrodillaron.

Y sabía que era porque hubo otros niños, todos sangre Sullivan, todos niños del de los ojos oscuros, escondidos en el pueblo, con el corazón latiendo de miedo, agudizando el oído para escuchar su destino.

Inocentes, todos atrapados en este oscuro hechizo.

Todos objetivos para que la maldición que regresaba se consumiera.

Y al igual que una Señora Athanate podía ofrecer su muerte como korheny , un sacrificio para salvar al resto de su Casa, los ancianos se arrodillaban delante de mí para suplicar por sus niños.

Pero si no había aquelarre, no quedaba ninguna maldición; no era culpa mía que hubieran vinculado a toda la familia en su hechizo.

Terminar con el aquelarre significaba terminar con cada una de las personas en el pueblo con una gota de sangre Sullivan.

Que no hubiera maldición significaba la vida para el hijo de Kath, todavía por nacer.

Tomé una dolorosa bocanada de aire del Atlántico y mi aliento se perdió en la noche.

Era la llamada de Tara. La habían matado.

—Era la tradición —dijo la Adepta que había mostrado su cara—. Nos criamos en el aquelarre. Prestamos dos juramentos al entrar: lealtad al aquelarre y la maldición.

A mi alrededor, un torbellino de recuerdos se alzó del suelo como la niebla. Año tras año. La medianoche antes del antiguo día festivo. Hombres y mujeres jóvenes, temblando en la oscuridad. Con las manos extendidas. Un rápido corte de cuchillo. Sangre sobre el fresno. Votos solemnes…

… y la muerte del primogénito de Ó Fearghail.

—¡Lo podríais haber anulado en cualquier momento! —grité—. Sólo hacía falta que alguien se levantara y lo pidiera.

Pero sabía que no habría sido tan fácil.

—Nos define —dijo la más anciana.

Tenía razón. Algo dicho o hecho por costumbre se convierte en parte de lo que eres. Un hábito se convierte en una tradición. Una tradición se convierte en norma. Y la norma te define.

Hasta el más grande de ellos vio el rayo de esperanza y dio un paso adelante.

Su propio árbol de las almas quería ser libre, incluso a costa del aquelarre que le había dado vida.

Me coloqué frente a su líder y la sujeté por el pelo, obligándola a echar la cabeza hacia atrás.

—Yo te definiré —dije, y mis colmillos se manifestaron en la luz centelleante que proyectaban las llamas de Tara—. Acepta mi decisión o muere.

Se oyó un sollozó a un extremo del círculo.

Lo ignoré.

La mujer cerró sus ojos.

—Lo acepto —dijo, y sus labios se movieron lentamente pronunciando palabras de su antigua lengua, que le daban la bienvenida a la muerte.

Enterré mis colmillos en su garganta y dejé que mi eukori saltara de Adepto en Adepto, fuera del cementerio, por las calles silenciosas, a través de las casas a oscuras como un relámpago de verano, reuniéndolos a todos, viejos y jóvenes, en una comunión cárpata sobrecogida.

Y cuando los tuve a todos, dejé entrar a Ash y permití que el árbol de las almas recogiera lo que yo quería del aquelarre: el combustible para la maldición.

Tenía un lugar donde guardar toda esa ira y ese odio. Tenía un uso para ello, mejor que el de ellos. Alimentada por Ash, tomé y tomé.

Cuando ya no quedó nada más que tomar, dejé que mis colmillos se deslizaran de su garganta. Pero no había terminado.

—Te vinculo. —Pronuncié las palabras que Alice me había dado—. Te vinculo a ti, a todos los que estáis aquí y a los que quedan por llegar, con un nuevo propósito, con un juramento sobre la cabeza de todos vuestros hijos, todos ellos: los muertos, los vivos y los que todavía no han nacido.

El frío aire del Atlántico se agitó. La niebla comenzó a colarse por el pueblo otra vez.

« Te escuchamos » , susurraron las sombras.

—Hay una Casa Athanate llamada Ó Ruairc.

—Los conocemos —susurró la anciana—. La Casa Sanadora.

—Tienen niños allí, criados como esclavos de sangre por Basilikos, con sus mentes retorcidas y torturadas para que Ó Ruairc no pueda hacer nada con ellos. A partir de este momento, esto es lo que os definirá: nunca habrá ninguna alma que no podáis sanar, aunque muráis intentándolo. Juraréis esto.

—Lo juramos —dijeron los ancianos arrodillados, y las sombras se hicieron eco.

—Nunca hablareis a los forasteros sobre esto.

—Lo juramos.

Y entonces disolví la comunión cárpata, empujando a Ash hacia atrás.

Cogí las últimas ofrendas de la mochila y las dejé delante de las nuevas tumbas.

—Aquí hay plantones de abedul —dije.

Alice me había dicho que era el mes del abedul en el antiguo calendario celta.

—Para los nuevos comienzos —murmuró la anciana.

—Y tejos —dije, recordando las palabras de Martha, la hermana de Félix, en el silencioso cementerio que había detrás del rancho de Coykuti—.

Una amiga me dijo una vez que el árbol del tejo vive de sí mismo, se renueva a partir de todo lo que ha sido.

Del mismo modo que siempre serás todas las cosas que has hecho, pero eso también significa que serás todo lo que harás.

Entonces me di la vuelta y caminé hacia la salida.

Tara había desaparecido y la sentía instalada en mi mente, ni feliz ni triste, pero satisfecha por cómo habían salido las cosas.

Había susurros detrás de mí, que se extendieron rápidamente desde el cementerio, saltando de casa en casa. Las luces comenzaron a encenderse.

« Has encendido una llama » , dijo Tara. « Me pregunto cómo arderá. »

« Arderá, o sus hijos morirán » , dijo Ash.

—Debes volver, Ash —dije a la noche—. Te he desvinculado. Vuelves a ser el árbol de las almas del aquelarre de la Triple Espiral.

« Lo soy, pero también podría quedarme contigo. »

—No puedo pagar ese precio. A pesar de mis palabras, Ash, no estoy segura de poder volver a hacerlo. Tres jóvenes vidas inocentes a cambio de utilizar tu poder.

« Piensa en estas tres cosas, Amber Ó Fearghail: piensa en su clamor de inocencia. Ninguno de los hijos de Ó Súileabháin que puso sus manos sangrientas sobre mí y dijo las palabras era inocente. »

La niebla volvía a arreciar ahora, arrastrada desde el Atlántico en grandes bancos, como olas que rompían contra los acantilados.

« Piensa en lo que podría haber pasado si no hubieras utilizado mi poder. »

Lo pensé.

Sólo se escuchaban mis pasos en medio del silencio.

—Dijiste tres cosas.

« Piensa que yo creo que fue mi sacrificio para poder usar tu poder, y no tu sacrificio para usar el mío. »

—¿Cómo? Pero Ash se había ido.