El árbol de los sueños (Amber Farrell 6) Capítulo 18
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Capítulo 18

Después de la extraña biblioteca de Skylur, el ascensor me llevó hasta la peculiar sala de audiencias de Skylur.

Al menos había luces normales, en vez del tenue neón azul que había visto antes. Y Diana estaba esperándome al lado del ascensor para abrazarme.

Me sentía torpe con los libros y ligeramente mareada con esa sensación que siempre tenía al estar con Diana: como si la gravedad me atrajera hacia ella. Me aseguró en sus brazos e inhalé su aroma profundamente; era como volver a casa.

—Amada —susurró y me besó en el cuello. La memoria del placer de sus colmillos en mi cuello me reconfortó.

Y el recuerdo de sus palabras en Los Angeles ( « Eres la flor en mi desierto y la promesa de la lluvia.

» ) me hizo querer dejar todos mis problemas a sus pies y que ella me dijera qué hacer. Sería tan fácil.

Suspiró, como si lo intuyera.

—Lo siento por el prometido descanso con tu Casa en Navidad, lo siento.

—Me alegro que estés aquí —dije, pero la evidente tensión en su cuerpo no ayudó a disipar mi creciente inquietud.

Había estado preocupada por su seguridad mientras estaba sola, en la carretera.

Un miedo estúpido, la verdad; si ella no podía cuidar de sí misma, estaba el pequeño problema de llevar a Kaothos con ella.

Pero aquí estaba ahora, tan segura como podíamos hacerla sentir… y era evidente que no estaba relajada.

El lagarto gigante en cuestión estaba enroscado a lo largo de la sala, mirándome con sus ojos de linterna y emitiendo ligeros chisporroteos de bienvenida. No sabía cuál era el tamaño completo de un espíritu guía dragón, pero parecía que cada vez era más grande.

En el espacio que quedaba, habían colocado muebles que hacían que la sala fuera un cómodo apartamento, si nos olvidábamos de las estatuas de los Lyssae, el trono de pavo real de Skylur y los muros con lluvia.

Entendía que la lluvia servía para reforzar un hechizo que escondía los Lyssae, y ahora también a Kaothos, pero me seguía pareciendo espeluznante.

Bian y Alice estaban de pie en el centro, esperándome. Alice no estaba encadenada, lo que me parecía una buena noticia para ella. Les di un abrazo a las dos y, de nuevo, estuve a punto de dejar caer los libros.

Si Bian hubiera sido un gato, estaría moviendo su cola con impaciencia, a pesar de la sonrisa que me dedicó.

A un lado, había una mesa con una colección de libros antiguos y pergaminos, muchos de ellos abiertos. Había alfabetos que no había visto antes, y no podía leer ninguno de ellos. Dejé los libros que me había dado Tolly con el resto.

Empecé.

—El último mensaje de Matt era que Tullah estaba de camino, pero el Imperio estaba intensificando su búsqueda.

No podemos contactar con ella directamente y Matt no contesta ahora.

Recibí otro mensaje urgente de la Hécate, justo antes de salir para venir aquí.

Y, además, la comunidad de Adeptos de Denver está vigilando Manassah.

Bian entrecerró los ojos.

—¿Otro mensaje? ¿La Hécate te ha secuestrado otra vez?

—No, me da la sensación de que ahora que ya ha demostrado que puede hacerlo, ha tenido suficiente. Esta vez, me ha llamado al móvil. Volvió a decirme que quiere reunirse con el lagarto.

—¿Por qué querría yo hablar con ella, Amber Farrell? —dijo Kaothos. Para variar de su costumbre de hablarme directamente en mi cabeza, esta vez estaba haciendo ruido de verdad, aunque no podría decir cómo lo hacía. Su boca no se movía.

—Dice que estamos dando palos de ciego sin ella.

En concreto, que no podemos utilizar hechizos chamánicos inestables e impredecibles porque no tenemos ningún tipo de seguridad.

Dice que no tenemos ni idea del poder que estamos intentando controlar.

Imagino que nos está ofreciendo su aquelarre como protección.

Dice que esto es más importante que cualquier otra cosa, y que, si no la escuchamos, todo el mundo tendrá problemas.

—Tiene algo de razón en la primera de su afirmación —dijo Alice—. Estamos a oscuras. Menos razón en la segunda parte: su ayuda puede ser de todo menos útil.

—¿Y cómo sabe tanto sobre Diana y Kaothos? —Solté la pregunta más obvia.

Me había vuelto más sensible respecto a los Adeptos desde la última vez que había visto a Alice; podía decir fácilmente que su espíritu guía era un zorro. Casi podía ver al zorro flotando alrededor de su cabeza y sus hombros, mientras ella miraba sus manos con vergüenza.

—Es culpa mía —admitió—. Durante mucho tiempo, fui parte de la Liga de los Adeptos del Norte. De hecho, era parte de lo que se convirtió en el aquelarre de Faith Hinton de la Hécate, en Long Island, Nueva York. Esa es la Hécate que Skylur acaba de conocer.

Parecía que también había cosas interesantes en Nueva York, pero necesitaba estar centrada en el aquí y el ahora.

—Cuando trabajaba para los Guardianes, pasaba información a la Liga —continuó Alice—. Era básicamente una espía. Dejé de hacerlo cuando me uní a Altau, y podría decir que el proceso se invirtió cuando viajé con Altau y Diana. Les conté todo lo que sabía sobre la Liga.

—No parece explicarlo todo. ¿Qué me estoy perdiendo?

Alice parecía más avergonzada.

—Como Adepto experimentado que soy, debería hacer pensado más en mis sueños —dijo—. Sueño y vigilia.

—¿Quieres decir que pueden escucharlos? —Me estremecí sólo de pensarlo.

—No cualquiera —me tranquilizó Alice—, pero pueden oír mis pensamientos por todos los años que han trabajado conmigo.

Estamos sintonizados, por así decirlo. Cuando estaba fuera de la protección del escudo en la furgoneta, había un grupo del aquelarre de Long Island lo suficientemente cerca como para « sintonizarme » .

Levantó sus manos.

—Tuvimos que parar a poner gasolina, comida, ir al baño…

Mantenernos seguros de los Adeptos era mi responsabilidad y pensaba que yo sería la última persona que proporcionaría un punto débil.

Teniendo en cuenta las proyecciones de Skylur, Diana y Kaothos en el reino de la energía, pensé que ellos eran los que necesitaban más protección.

Incluso sin ese beneplácito, debería haber sospechado de los pequeños momentos de confusión y vacío.

Pensé que simplemente estaba cansada o distraída.

Soy una Adepta muy vieja, cortesía de mi relación con el Athanate.

Diana sonrió ligeramente, pero se mantuvo en silencio.

Alice era inusual para ser una Adepta. La mayor parte de los Adeptos no se relacionaban con el Athanate.

Incluso los Adeptos que eran amables, como los padres de Tullah, Mary y Liu, pensaban en el Athanate como algo que les chupaba el alma a sus parientes.

Así que, como yo lo entendía, la falta de acceso a los bioagentes Athanate que los mantenían jóvenes, los Adeptos solían morir según los estándares de edades humanas.

Alice tenía más de cuatrocientos años, si el comentario sarcástico de Bian de expulsarla de Mayflowers era verdad.

« ¿No pueden reproducir la acción de los bioagentes Athanate con un hechizo de energía? »

Debería preguntar en otro momento más indicado. Pensaba que sería otra superstición de Adepto, como los chupadores de almas. Puede que una vida más larga significase más oportunidades para corromperse por el poder de la magia.

—¿Cómo de seguros estamos aquí? —Hice gestos hacia el salón.

—Seguros. Es inexpugnable a los hechizos —contestó.

Cínica como era, lo dudé, pero no tenía conocimiento real de la magia, así que sólo pregunté:

—¿Cómo es la seguridad de Haven en caso de un asalto directo por parte de los Adeptos? Tengo pesadillas sobre Adeptos que son capaces que lanzar hechizos como granadas. Ya sabes, boom, y gente que sale disparada al mundo espiritual o a cualquier sitio bajo el mar.

Alice frunció los labios.

—En general, no funciona así —dijo, y suspiró—. Los Adeptos evitan la violencia física cuando utilizan la energía. No es una postura moral, es sencillamente porque es casi imposible luchar y mantener la concentración necesaria para lanzar el hechizo.

Excepto por el « casi » , sonaba bien, pero no había terminado.

—Es más fácil hacer hechizos defensivos, como el que el aquelarre preparó para enviarte al mundo espiritual en RiNo.

« Habría sido útil saberlo antes de ir. »

Alice extendió las manos.

—Debo decir que atacar es teóricamente posible. Pero depende de la fuerza de su espíritu guía, la distancia, la convicción de cada miembro del aquelarre de que lo que están haciendo se tiene que hacer, y su disciplina.

—¿Y cuál es su espíritu guía? —preguntó Diana.

Negué con la cabeza.

—No he podido verlo. Los nuevos Adeptos de mi casa tampoco han sido capaces de ver nada.

Kaothos resopló. No le gustaba que no supiéramos a qué nos estábamos enfrentando.

—Así que podría haber una potencial amenaza por la parte de una nueva estructura mágica. ¿Qué piensas del equivalente chamánico? —pregunté.

Alice hizo una mueca.

—Esa es la gran pregunta. La magia chamánica es tan fuerte como el chamán o su guía espiritual en el momento en el que se intenta el hechizo.

Es impredecible y errático. Pero, hay que verlo de esta forma: los Athanate lo registran todo.

—Señaló a los libros en la mesa—. Si ha habido ejemplos de Adeptos lo suficientemente fuertes para atacar una Casa Athanate entera, seguramente habría ocurrido en el pasado.

Bian y yo nos miramos. Sabía que estaba pensando como yo. Los registros dependerían de los supervivientes y los testigos.

—Bueno, ha ocurrido, por supuesto, en un caso muy mal documentado —dijo Diana.

Alice inclinó la cabeza.

—Bizancio. Un dragón lo cambia todo —asintió.

—Así que Kaothos podría ofrecer lo mejor de ambos mundos a la Liga de Adeptos del Norte —dije—. ¿La posibilidad de controlar la estructura mágica, combinada con el poder del dragón?

Alice asintió.

—Parece que creen eso —gruñó Kaothos—. Pero según la evidencia que podemos ver en la Biblioteca Oscura, en Bizancio, no ocurrió como estaba previsto.

Era el turno de Bian.