CAPÍTULO 31 El borrador del pasado
El juez privado estaba a punto de cerrar el acta de matrimonio cuando Camila, con paso decidido y la barbilla en alto, se adelantó hacia la mesa principal del salón de Le Bernardin. Sus ojos brillaban con una determinación que dejó a todos los presentes mudos.
—Disculpe —dijo la menor de trece años, mirando fijamente al magistrado—. Nosotras queremos cambiar nuestro apellido. ¿Se puede hacer ahora mismo?
El juez, sorprendido por la madurez de la petición en una ceremonia civil, miró los documentos de identidad de las menores y luego se giró hacia los novios.
—Sí, señorita. Al ser un tribunal privado con plenos poderes notariales para esta unión, yo puedo realizar el trámite de filiación y cambio de nombre de forma inmediata. Pero para eso, necesito el consentimiento expreso de su madre.
Elena sintió que el corazón le daba un vuelco violento. Se llevó una mano al pecho, mirando a sus hijas con una mezcla de asombro y profunda emoción.
—Niñas... ¿de verdad quieren hacer esto? —balbuceó Elena, con la voz quebrada.
—Sí, mamá —respondió Romina, dando un paso al frente y tomando la mano de su hermana Camila—.
En solo dos días, Alessandro nos ha dado más amor, protección y seguridad que nuestro padre biológico en toda nuestra vida.
Este es nuestro regalo de bodas para ustedes.
No queremos llevar el apellido de un hombre que nos dio la espalda. Queremos ser Valverde, no Coloma.
Al escuchar aquellas palabras, la coraza ruda del hombre más implacable de los negocios se agrietó por completo.
A Alessandro se le soltaron las lágrimas.
Sin importarle el protocolo ni los invitados, dio un paso al frente, se arrodilló sobre la fina alfombra del restaurante y abrió los brazos para estrechar a las tres hermanas en un abrazo arrollador y ciego de puro afecto.
—Las quiero con toda mi alma, mis amores —les susurró el magnate, hundiendo el rostro en los cabellos de las niñas—. Gracias por este honor.
—Y nosotras a ti, papá —responieron las mayores, aferrándose a su torso con una devoción inquebrantable, mientras la pequeña Isidora palmeaba la espalda de su "Tapi" emitiendo risitas de felicidad.
El juez, conmovido por la escena y amparado en el acta de divorcio anterior que certificaba el abandono de deberes del progenitor y la tuición completa en manos de Elena, extendió los nuevos formularios.
Con la firma digitalizada y los sellos de la corte, el trámite no se demoró absolutamente nada.
En menos de diez minutos, el pasado quedó borrado de las pizarras del Estado.
Legalmente, a partir de ese segundo, pasaban a llamarse Romina Valverde Orell, Camila Valverde Orell e Isidora Valverde Orell. El blindaje era total.
Mientras tanto, en una modesta oficina al otro lado de la ciudad, la realidad de Miguel Coloma se estaba desmoronando a una velocidad catastrófica.
Sentado frente a la pantalla de su computadora, miraba con los ojos desorbitados los titulares de la prensa rosa y financiera que inundaban las redes sociales.
Las fotografías en alta definición mostraban a Elena radiante, enfundada en su vestido de alta costura color perla, entrando al restaurante más costoso de los Estados Unidos de la mano de Alessandro Valverde.
—No puede ser... —mutó Miguel, sintiendo un sudor frío recorrerle la nuca.
Se acababa de enterar de todo en una sola mañana: el matrimonio de su exesposa con el multimillonario, el traslado de sus hijas a un establecimiento de excelencia de los más prestigiosos del país y el cambio radical en el estilo de vida de la mujer a la que él había dejado en el suelo buscando
"paz".
Para empeorar su desesperación, Ximena Osandón entró a la oficina con el rostro desencajado y los papeles de contabilidad temblando en sus manos.
—Miguel, estamos terminados —soltó la mujer, rompiendo en llanto—.
Todas las empresas asociadas con las que teníamos contratos vigentes acaban de cancelar cualquier lazo comercial con nosotros a las siete de la mañana.
No nos dan explicaciones, simplemente revocaron los créditos bancarios y nos cerraron las cuentas de la compañía.
No sabemos el motivo... Justo ahora que todo marchaba bien, estamos en la quiebra absoluta.
Miguel se tomó la cabeza con las manos, sintiendo el peso de una mano invisible que lo estaba aplastando [INDEX].
Todos sus planes de evadir la pensión alimenticia y exigirle dinero a Elena utilizando su supuesto desempleo se habían esfumado en el aire.
Miró nuevamente la fotografía de Elena en la pantalla.
Se veía hermosa, imponente, inalcanzable.
Sus hijas también habían cambiado; ya no lucían la ropa gastada que él tanto criticaba.
Un pensamiento oscuro y mezquino cruzó la mente de Coloma en medio de su ruina financiera.
"Por ahí podré acercarme", pensó con astucia, intentando diseñar una nueva estrategia de manipulación.
"Me acercaré a través de las niñas. Ellas me quieren, son mi sangre. Utilizaré a Romina y a Camila para ablandar el corazón de Elena y conseguir que el magnate nos inyecte capital o nos levante el bloqueo de la empresa. Así podré comenzar a tejer nuevamente mi red".
Miguel Coloma sonrió con amargura, creyendo que todavía tenía una carta bajo la manga para parasitar la nueva riqueza de su antigua familia.
Lo que el cobarde ignoraba por completo, en su infinita arrogancia, era la devastadora decisión que sus hijas habían tomado en el altar: para el mundo, para la ley y para sus propios corazones, él ya no existía.
Sus hijas ya no llevaban su sangre en el papel; ahora eran las herederas legítimas del imperio Valverde.