BÉSAME COMO SI ODIARAS
La habitación era un santuario clausurado, una celda de lujo donde las leyes del tiempo y la decencia habían sido suspendidas.
No había luz natural, solo el resplandor amarillento y filtrado de las lámparas, que convertía sus pieles en un paisaje de sombras largas y contrastes profundos.
El aire, denso y cargado, vibraba con la estática de dos cuerpos que se habían estado buscando durante años, acumulando una energía que ahora, en la seguridad del encierro, se desbordaba en una erupción incontenible.
Ella estaba contra la pared, atrapada entre el frío del papel pintado y el calor abrasador de su amante, que la inmovilizaba con el peso de su cuerpo.
La respiración de ambas era un silbido irregular, el sonido de alguien que se está quedando sin oxígeno pero que, bajo ninguna circunstancia, desea ser rescatado.
—Bésame mucho —el ruego salió de sus labios como un mandato, una súplica cargada de una desesperación que rozaba la violencia. Sus manos buscaban desesperadamente el cuerpo de la otra, recorriendo su espalda con una firmeza que dejaba marcas, un mapa de posesión que ninguna ropa podría ocultar.
La otra le respondió con una voracidad que no entendía de límites.
Sus labios no solo buscaban los suyos; buscaban reclamar cada centímetro de su piel, mordiendo, succionando, dejando una huella indeleble que confirmaba la propiedad total de aquel instante.
No había espacio entre ellas. Sus corazones golpeaban contra sus costados como animales enjaulados, un martilleo frenético que dictaba el ritmo de una danza que empezaba a desmoronarse.
—Quiero que me sientas —gruñó la segunda, su voz un susurro ronco, casi un rugido, contra su cuello. Sus dedos se hundieron en la piel de sus caderas, levantándola con una facilidad nacida de la pura adrenalina, obligándola a enredar las piernas en su cintura.
Fue un movimiento instintivo, una sincronía que solo poseen aquellos que han explorado cada pliegue de la otra bajo la piel.
El choque fue total. La fricción de sus cuerpos, la humedad del sudor mezclándose, la intensidad del roce...
todo se convirtió en un lenguaje nuevo, un dialecto hecho de jadeos, gemidos y la entrega incondicional de dos almas que habían decidido arder juntas.
—No te detengas —la orden fue interrumpida por un jadeo cuando la otra comenzó a recorrer el puente de su garganta con besos que quemaban como hierro candente—.
Si esto es un pecado, si esto va a costarnos el mañana, que sea hoy.
Que sea aquí. Que nos consuma hasta que no quede nada más que las cenizas de lo que fuimos antes de encontrarnos.
La intensidad escaló, rompiendo cualquier barrera de cortesía.
Sus manos no exploraban, buscaban destruir cualquier distancia restante.
El sonido de la ropa al rasgarse, el roce de la piel contra la tela de las sábanas, el eco de sus voces que se confundían en la oscuridad de la estancia...
todo se unió en una espiral de placer que ignoraba la lógica.
Era un festín de los sentidos, una orgía de una sola pareja donde cada beso era un incendio, cada caricia una sentencia de muerte para la moderación.
—Bésame como si me odiaras —susurró, mientras su cabeza se echaba hacia atrás, los ojos cerrados, buscando el clímax de una entrega que amenazaba con romper sus cimientos—.
Bésame hasta que no pueda recordar otra cara, otro nombre, otro tacto que no sea el tuyo.
Bésame hasta que este fuego nos borre del mapa.
Y así lo hizo. En aquel rincón del mundo, ajenas al reloj, a la moral y al resto de la humanidad, se fundieron.
Se devoraron con la urgencia de quienes saben que la eternidad es un concepto pequeño comparado con el espacio que ocupan sus labios unidos.
El incendio no era un evento; era su estado natural.
Un pacto de carne y deseo sellado con la promesa de no dejar de arder mientras quedara una sola chispa de vida en sus venas.
La anatomía del fuego
Bésame mucho, que la noche es un abismo,
que este fuego nos queme hasta los huesos,
tú eres mi caos, mi luz y mi cinismo,
tú eres la dueña de todos mis excesos.
Que tus labios sean mi única frontera,
la marca de un destino que no espera,
búscame en la piel, como quien busca una guerra,
hasta que el cielo se caiga sobre la tierra.
No me pidas clemencia, no me des calma,
incéndiame las venas, rómpeme el alma,
que este beso sea un rayo, una tormenta,
una herida de amor que en mí se presenta.
Que el mundo se olvide de nuestra existencia,
mientras nos fundimos en esta urgencia,
bésame mucho, que el aire no alcance,
y que nuestro amor sea este eterno balance.
Bésame ahora, bésame fuerte,
que en cada beso me encuentre la suerte,
ser un incendio, ser una llama,
ser el secreto que la noche reclama
LAS HOJAS CAIDAS DE NUESTRA RENDICIÓN
El parque estaba sumido en la palidez de una tarde de otoño.
El viento arrastraba las hojas secas, que crujían con un sonido seco, casi metálico, bajo sus pies.
Se sentaron en el banco de siempre, ese que estaba oculto tras un sauce llorón cuyas ramas, desnudas de vida, se mecían como los dedos de un espectro.
No hubo un saludo, ni un roce. La distancia entre ellas en el banco era un abismo imposible de cruzar.
Ella miraba sus propias manos, entrelazadas con fuerza, con los nudillos blancos por la tensión.
—Una busca lleno de esperanzas el camino... —dijo, y su voz fue devorada al instante por el silbido del viento—. Y todo, absolutamente todo, termina en este banco, en este silencio que pesa más que cualquier palabra que hayamos gritado.
La otra observaba a un niño corriendo a lo lejos, ajeno a la descomposición de su historia. Su rostro era una máscara de apatía, de quien ha visto morir sus ilusiones y ya no tiene fuerzas ni para el luto.
—La lucha es cruel —respondió, interrumpiéndola, sin mirarla—.
Lo dijiste hace tiempo y no quise creerte.
La lucha es cruel porque nos obliga a vernos desnudas de todas esas fantasías que nos inventamos para justificar que nos hacíamos daño.
Nos engañamos, nos convencimos de que nuestra tragedia era una epopeya, pero mira a tu alrededor: esto no es más que un banco viejo en un parque que se está muriendo.
—Me entregué —dijo la primera, con una voz que empezaba a quebrarse, aunque no por el llanto, sino por la rabia—.
Fui tuya en cada pensamiento, en cada acto, en cada renuncia.
Y la lucha es cruel porque ahora entiendo que no perdí por falta de ganas, sino porque estaba luchando sola contra un enemigo que eras tú misma.
La otra suspiró, un sonido largo, cargado de una fatiga que parecía venir de otra vida. Se puso en pie, ajustándose el abrigo. No hubo un intento de despedida, ni una mano que buscara otra.
—La esperanza es el veneno más dulce que existe —sentenció—.
Uno se embriaga con ella, se convence de que el próximo día será distinto, de que si damos un poco más de nosotras, el muro se derrumbará.
Pero el muro no se cae, simplemente nos deja atrapadas en este banco, viendo cómo el otoño lo consume todo.
Se marchó sin mirar atrás, dejando a la primera allí, sola, con la conciencia de que el "uno" que intentaron ser se había desintegrado como las hojas que ahora el viento barría sin piedad.
La lucha, en efecto, había sido cruel; no porque las hubiera vencido, sino porque les había permitido verse tal cual eran: dos extrañas que, por un tiempo, confundieron la soledad con el amor.
La desolación del banco
Uno busca lleno de esperanzas el camino,
y se entrega, ciego, al rastro de un querer,
poniendo en manos ajenas todo su destino,
sin ver que el abismo empieza a florecer.
La lucha es cruel, de acero y de olvido,
nos arranca el velo y nos quita la fe,
el amor es un juego, un nudo prohibido,
donde el alma pierde lo que alguna vez fue.
Fui tuya, completa, sin reserva ni escudo,
y el tiempo, ese juez de amarga lección,
me dejó en el pecho un silencio desnudo,
la ruina perfecta de esta rendición.
Ya no busco nada, ni señales, ni gloria,
solo el frío oscuro de este atardecer,
porque el "uno" es el peso de una falsa historia,
donde el que más ama, es el primero en caer.