LA ORILLA DEL ABISMO
El viento aullaba sobre el acantilado, azotando la hierba alta y golpeando el mar contra las rocas con una violencia constante. Era una noche sin luna, donde solo la luz tenue de un faro lejano recorría el horizonte, iluminando por fracciones de segundo sus figuras inmóviles.
Ellas estaban de pie en el borde, donde la tierra terminaba y empezaba la caída libre hacia el océano oscuro. El frío era intenso, calaba los huesos, pero entre ellas, el calor era casi insoportable.
La que estaba más cerca del precipicio se giró, su rostro iluminado por el haz del faro. Sus manos, entrelazadas con las de la otra, no temblaban.
—Aquí, donde el mundo parece querer acabarse —dijo, con la voz apenas un susurro contra el estruendo del mar—, es donde más viva me siento. El peligro de este lugar es una caricia comparado con la intensidad de lo que estamos haciendo.
La otra la atrajo hacia sí, sacándola de la zona de peligro, pero solo para acorralarla contra el tronco de un viejo árbol retorcido por el salitre.
Sus cuerpos se presionaron con una urgencia brutal.
No había suavidad en ese contacto; era la desesperación de dos seres que necesitaban recordarse a sí mismos que eran reales.
—No me importa el abismo —respondió, y sus dedos se hundieron en el cabello de su pareja, obligándola a inclinar la cabeza—. Lo único que me aterra es el vacío que sentiría si este instante se rompiera. Aquí, en medio de este caos natural, me doy cuenta de que mi única ley eres tú.
Sus bocas se encontraron con una ferocidad que ignoraba el azote del viento.
Cada beso era un reclamo, cada caricia una huella que querían dejar grabada antes de que el amanecer las obligara a volver a la civilización.
La sal del mar se mezclaba con el calor de sus pieles, y la oscuridad se volvía el único manto que necesitaban para proteger su secreto.
—Dímelo ahora —exigió la que estaba contra el árbol, mientras sus manos bajaban por sus caderas, trazando líneas de fuego sobre la ropa—.
Dímelo mientras el viento intenta separarnos.
Dime que, aunque el suelo se abra bajo nuestros pies, nunca vas a soltarme.
Que esto que estamos creando es más fuerte que cualquier gravedad.
La otra la besó una vez más, con una profundidad que cortaba la respiración, un pacto sellado en el filo del mundo.
—Nunca —prometió—. Ni aquí, ni en ninguna parte. Tú eres mi tierra, mi norte y mi único destino. Si el abismo nos llama, saltaremos juntas, pero jamás, por nada del mundo, te dejaré ir.
En el acantilado, bajo el azote de la tormenta, el tiempo se detuvo. No había rocas, ni mar, ni faro. Solo dos cuerpos fundidos en una sola voluntad, desafiando la inmensidad del océano con el poder de lo que se juraban a través del deseo.
La ley del acantilado
Donde el mundo termina, donde el mar se desboca,
donde el viento nos muerde y la noche es un muro,
yo te busco en el filo, te reclamo en tu boca,
en este amor que es un riesgo, que es un fuego puro.
No importa el abismo que ruge bajo el pie,
ni la sal que nos quema, ni la sed del invierno,
tú eres el puerto donde al fin me encontré,
mi único instante, mi instante más eterno.
Dilo contra el aire, contra el ruido del mar,
que no hay más gravedad que este abrazo atroz,
que nada en la tierra nos puede separar,
que mi vida es el eco de tu voz.
Si el mundo se cae, que nos pille enlazadas,
que el acantilado sea el lecho final,
dos almas salvajes, por fin liberadas,
en este deseo, nuestro abrazo de sal.