CAPÍTULO 30 #2
Agarré las gruesas caderas del abogado. Mis dedos se hundieron en la carne y los músculos de sus costados. Situé la cabeza gruesa y palpitante de mi polla en su hendidura y, con la misma fuerza bruta que él estaba empleando con Camila, empujé mis caderas hacia adelante.
—¡HNNNNNG! ¡JODER! —El rugido de Diego fue ensordecedor. El grito del macho alfa al que le destrozan el culo mientras él destroza a la mujer que tiene delante.
Mi verga se hundió por completo en su culo.
La presión aplastante, el calor hirviente de sus entrañas succionando mi carne, la resistencia de su musculatura...
fue un choque térmico que casi hizo que me corriera en el primer segundo.
Enterré mi polla hasta la raíz, pegando mi pelvis a sus nalgas, mi ancho pecho chocando contra su espalda sudorosa.
Estaba clavado en él. Él estaba clavado en ella. La trinidad absoluta estaba conectada. Una cadena de posesión y depravación.
Nos quedamos bloqueados durante tres segundos; el tiempo se congeló, y la agónica respiración de los tres sonaba como un coro infernal. Sentía, físicamente, su corazón latiendo contra la presión de mi polla.
—Fóllame... ¡fóllame, Bruno! —suplicó Diego, con la voz desgarrada, y la vergüenza completamente aniquilada por la visceral excitación de ser poseído por mí.
Comencé la masacre.
Tiré de mi cadera hacia atrás y embestí hacia delante con furia ciega. ¡PLAF! La fuerza de mi embestida lanzó el pesado cuerpo de Diego hacia delante. La inercia de mi golpe impulsó su polla, empujando su verga aún más adentro del útero de Camila.
—¡AAAAAH! ¡DIOS MÍO! —Gritó Camila sobre la mesa de roble. El doble impacto destruyó su sistema nervioso.
El engranaje perfecto de nuestra máquina entró en un ritmo histérico.
Yo era el motor. Mi cuerpo marcaba la cadencia.
Con cada mazazo que le daba a mi mejor amigo en el culo, le aplastaba la próstata, y la fuerza de mi movimiento hacía que él destrozara a mi mujer de una forma que nunca habría podido hacer él solo.
¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf! La mesa de roble crujía bajo el peso de nuestros pecados.
El sudor caía de mi pelo y goteaba sobre su cuello.
El fuerte olor a semen y sangre hervía en la habitación.
Agarraba su cintura con fuerza bruta; mis uñas dejaban marcas en su piel morena.
Veía cómo se tensaban los músculos de su espalda, oía los aullidos de placer que salían de su garganta, y mis celos y mi posesividad se convertían en gasolina.
—¡Eres mío, hijo de puta! —rugí; mi profunda voz estalló en el silencio del apartamento—. ¡Tu culo es mío! ¡Su coño es mío! ¡Los voy a secar a los dos en esta mesa!
—¡ES TUYO! ¡TODO ES TUYO! —le devolvió el grito Diego, perdiendo cualquier rastro del hombre encorbatado del juzgado, reducido a una perra hambrienta que suplicaba por mi polla. Sujetaba la cintura de Camila, empujando su polla dentro de ella al mismo ritmo que yo lo destrozaba por detrás.
Camila estaba llorando. Las lágrimas de puro éxtasis corrían por su rostro. Sus uñas se clavaron en los hombros de Diego. Miró por encima de su hombro y sus oscuros ojos desenfocados se encontraron con los míos.
La conexión visual entre nosotros tres, en aquel instante de puro desgarro en cadena, borró mi cerebro.
Ya no era solo el marido. Ya no era solo el macho dominante. Era un dios que gobernaba su propio paraíso, construido con carne tensa, sudor y sumisión.
—¡Me voy a correr! —gritó Camila, con voz estridente. Su coño empezó a tener espasmos violentos y las contracciones desgarraron la polla de Diego—. ¡Me voy a correr en su polla, Bruno!
Su advertencia fue el detonante de la bomba atómica.
El apretón de su coño provocó una convulsión instantánea en el cuerpo de Diego.
El abogado se quedó rígido, con los brazos extendidos sobre el pecho de Camila.
Soltó un rugido atronador. Su culo se contrajo alrededor de mi verga como una trampa de acero.
Se corrió. Los espesos y ardientes chorros de su semen salieron disparados al fondo del útero de Camila.
Pude sentir sus espasmos. La fuerza de su orgasmo ordeñándome por dentro.
Su compresión anal fue fatal.
Mis testículos se encogieron contra mi cuerpo. La presión que ardía en mis ingles estalló como una presa que se rompe.
—¡JODER! —Mi grito fue un rugido animal que sacudió las paredes del comedor.
Bloqueé mis caderas, enterrando la polla hasta el límite absoluto en su interior.
Mi orgasmo fue una descarga eléctrica. Me corrí.
Mi semen, espeso, abundante e hirviente, salió disparado contra las paredes intestinales de Diego.
El calor de mi semen inundó sus entrañas; uno, dos, cinco potentes chorros, llenando el vacío, marcándole con mi fluido al mismo tiempo que él marcaba a mi mujer.
La reacción en cadena fue devastadora. La contracción simultánea de nuestros dos cuerpos inyectando semen fue el clímax de Camila. Su cuerpo entero se estremeció sobre la mesa de madera y su orgasmo absorbió los últimos vestigios de nuestras almas.
El silencio absoluto descendió sobre el comedor, reemplazando a los gritos.
Los brazos de Diego cedieron y se desplomó sobre el cuerpo de Camila. Mi pecho cayó sobre la espalda de Diego y mis jadeos sonaban como los pulmones de un fumador en su lecho de muerte. Solo el sonido de nuestro oxígeno robado llenaba la habitación.
Mi polla se resbaló del interior de Diego con un sonido hueco y escurridizo, y el semen mezclado con el lubricante goteó sobre el suelo pulido.
Diego se desenganchó de Camila, rodando hacia un lado, con las piernas temblorosas amenazando con no sostenerle, hasta que apoyó la espalda en la pata de la mesa y se deslizó hasta el suelo, jadeando.
Me quedé de pie, con el sudor pegándome el pelo a la frente y mi sucia verga balanceándose pesadamente.
Miré la mesa. Camila estaba tirada, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados y la mezcla de semen escurriéndole por la parte interior de los muslos.
Miré al suelo. Diego sonreía, una sonrisa aletargada, exhausta y gloriosamente sumisa, con la cabeza apoyada contra la madera.
Caminé hacia Diego y le tendí la mano. Me agarró del brazo; nuestros músculos se tensaron mientras tiraba de él para levantarlo del suelo. Se puso de pie, tambaleándose un poco, y apoyó su frente contra la mía. El beso, rápido y húmedo, que compartimos sabía a nuestra propia aniquilación.
Me volví hacia Camila, deslicé mis brazos bajo su cuerpo y la levanté de la mesa. Me rodeó el cuello con los brazos y apoyó la cabeza en mi hombro.
Diego me cogió del brazo izquierdo y caminó pegado a mi lado mientras avanzábamos por el pasillo, en dirección a nuestra habitación, a nuestra cama y a nuestro mundo bajo llave.
La vida ahí fuera podía seguir su curso normal. La gente seguiría atrapada en sus cajas morales, fingiendo que los oscuros instintos no existen. Pero en nuestro piso treinta, en el santuario donde no entraban ni la corbata ni la decencia, habíamos encontrado el paraíso perfecto.
Un paraíso de suciedad, de posesividad crónica y de una excitación que nunca conocería la palabra fin. Y mientras sentía la mano de mi amante en mi espalda y el calor de mi esposa en mi pecho, supe que gobernaría ese infierno privado hasta mi último aliento.
FIN