El Amante de mi Marido CAPÍTULO 18 #2
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CAPÍTULO 18 #2

El impacto fue devastador. La polla de Bruno se hundió en mi coño, estirando las paredes vaginales hasta el límite.

En la misma fracción de segundo, la verga de Diego me rompió el culo, abriéndolo con una brutalidad que me hizo ver las estrellas.

El grosor de su carne expandiendo mi musculatura anal fue una agonía insoportable que se fundió instantáneamente con el abrumador placer de la invasión.

La sensación interna era enloquecedora. No solo estaba llena; estaba rebosando.

La fina pared que separaba mi canal vaginal de mi canal anal estaba siendo aplastada entre dos vergas de acero candente.

Podía sentir, clara, visceral e imposiblemente, las pollas de Bruno y Diego tocándose, rozando la una con la otra a través de mi carne en mi interior.

Se quedaron paralizados.

Las pollas enterradas hasta la base. Sus vellos púbicos rozando mi culo. El peso de los dos torsos anchos y sudados aplastándome la espalda. El silencio que siguió a mi grito estuvo cargado por el sonido de las respiraciones agónicas y pesadas de mis dos machos.

—Puta... madre... —gruñó Diego, y la voz le falló mientras clavaba las uñas en mi cintura. Lo sentía. Sentía la presión de la polla de Bruno empujando la pared contra la suya.

—Está demasiado apretado —gruñó Bruno, con su cálida respiración golpeándome la nuca—. Te siento ahí dentro, Diego. Joder, qué locura.

Comprobar que se sentían, que sus cuerpos se conectaban a través de mi anatomía destrozada, fue la gota que colmó el vaso para que mi cerebro se derritiera.

El dolor desgarrador se evaporó, engullido por un tsunami de excitación tan monstruoso que todo mi cuerpo empezó a temblar incontrolablemente en el colchón.

—¡Fóllenme! —grité, gimoteando, con la voz ahogada, la cara aplastada contra la almohada—. ¡Por el amor de Dios, rómpanme!

Mi súplica rompió la estática. El motor de la doble penetración arrancó a toda potencia.

Empezaron a retirar sus caderas. Sentí el doloroso vacío de las dos pollas deslizándose casi hasta la salida, la carne latiendo, húmeda, estirada. Y entonces, el brutal impacto.

¡PLAF! Las dos caderas chocaron contra mis nalgas al mismo tiempo. La fuerza del golpe me lanzó centímetros hacia adelante, pero sus manos, agarradas a mi cintura, me arrastraron de nuevo al epicentro de la carnicería.

¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf! La cadencia era aterradora.

Bruno me follaba el coño con embestidas largas y furiosas, su polla aplastándome el punto G con cada empujón.

Diego no tenía un ritmo contenido; me golpeaba por detrás con la agresividad de un depredador castigando a su presa, su monumental polla masajeando mi pared anal, creando una fricción infernal y deliciosa contra la verga de mi marido.

La fricción interna generaba una temperatura volcánica.

Empezó a brotar sudor por cada poro de mi cuerpo.

Me ardía la piel. Toda la habitación resonaba con el húmedo y grotesco sonido de la carne golpeando contra la carne, del lubricante chasqueando obscenamente y de los rugidos primitivos que salían de las gargantas de aquellos dos hombres.

Su sincronización no estaba ensayada, era puramente instintiva.

Cuando uno retrocedía, el otro empujaba con más fuerza.

Ya no era un ser humano, ya no era Camila, la directora de la agencia.

Era un mero receptáculo de carne siendo aniquilado, estirado hasta desgarrarse, convertido en un conducto de placer para los dos alfas que dominaban mi vida.

—¡Qué coño tan delicioso, joder! —rugió Diego, aplastando su ancho pecho contra mi espalda. Su barba rozó mi hombro. Estiró la mano, me agarró del pelo y tiró de mi cara hacia un lado.

Bajó la boca y me clavó los dientes en el hombro, justo encima de la marca que me había dejado Bruno el día anterior. El dolor agudo, el mordisco sangriento mezclado con la profunda estocada en mi culo, me hizo aullar.

Bruno no se quedó atrás. Estallaron sus celos posesivos. Se inclinó sobre el otro lado, su pecho chocando con el de Diego en mi espalda. Bruno me agarró de la barbilla con fuerza brutal y me besó.

La boca de mi marido invadió la mía mientras nuestras lenguas se agitaban en una desesperación salvaje. Me aplastaban los torsos sudorosos de ambos, besada por uno, mordida por el otro y doblemente penetrada hasta la raíz.

Sus brazos se cruzaron sobre mi espalda.

La mano de Diego agarró el tenso bíceps de Bruno.

La mano de Bruno apretó el tatuado antebrazo de Diego.

Se tocaban de nuevo, el sudor de uno mezclándose con el cuerpo del otro mientras compartían el mismo abismo que era mi cuerpo.

La tensión entre ellos era eléctrica, letal, y alimentaba el ritmo enloquecido de las embestidas.

La colosal fricción me destrozó el sistema nervioso. Parecía que me iba a estallar el clítoris. Bruno golpeaba mi útero sin piedad, y mi ano ardía por la gloria de la invasión de Diego.

Ya no podía respirar. Empecé a ver puntos negros y dorados. El colchón bajo mi cuerpo estaba empapado con nuestros fluidos y sudor.

—Bruno... Diego... —jadeé contra la boca de mi marido, con los ojos en blanco, las piernas temblorosas y las rodillas casi resbalando del edredón—. ¡Me voy a correr! ¡Voy a explotar!

La confesión de que había llegado a mi límite fue el catalizador.

Ambos gruñeron al unísono. La velocidad de la doble penetración se duplicó, perdiendo cualquier rastro de cadencia para convertirse en una masacre absoluta. Querían que me quebrara. Querían drenarme el alma.

¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf! La presión interna alcanzó un nivel crítico.

Mis músculos no aguantaron más. Mi coño sufrió un espasmo con furia sísmica, contrayéndose violentamente alrededor de la verga de Bruno.

En la misma fracción de segundo, mi culo se apretó como un tornillo de banco alrededor de la colosal polla de Diego.

Mi orgasmo desgarró la habitación como una detonación.

Solté un grito ensordecedor, con la espalda arqueada en un ángulo imposible, los dedos clavados y retorcidos en las sábanas de algodón.

La onda expansiva me cegó. Una descarga de placer tan profunda, agonizante y densa que sentí que el cerebro se me apagaba por un segundo.

Toda mi musculatura tembló en convulsiones, ordeñando las dos vergas metidas dentro de mí con una incontrolable posesividad biológica.

Mi convulsión acabó con ellos.

—¡JODER! ¡CAMILA! —bramó Bruno. Su voz se quebró en un rústico falsete de agonía.

Bloqueó las caderas, enterrando la verga hasta el hueso en mi coño, y la fuerza de su orgasmo se disparó.

Sentí los hirvientes, espesos y abundantes chorros del semen de mi marido inundar el fondo de mi canal, llenándome el útero, mientras las paredes de mi sexo succionaban su vida.

Al segundo siguiente, el colosal rugido de Diego hizo temblar la cama.

Su inmenso cuerpo se puso rígido. Enterró su polla en mi culo con una última y brutal embestida, la base de su verga aplastando sus propios testículos contra mi nalga, y explotó.

El pesado y abrasador chorro del semen de Diego me invadió.

El calor de su corrida expandió mis entrañas, inundando mi culo con la misma intensidad con la que Bruno inundaba mi coño.

Se corrieron juntos, en mi interior. Sus dos fluidos llenando mis dos cavidades. El calor abrasador me devoraba de dentro hacia afuera.

Los espasmos de los tres cuerpos se fundieron en un sucio terremoto.

Bruno jadeaba con fuerza, con la cara escondida en la curva de mi cuello, y su pecho me aplastaba los omóplatos.

Diego se desplomó sobre el otro lado de mi espalda, con la respiración pesada, jadeante, y su brazo tatuado cruzó mi cuerpo para descansar inerte sobre la cintura de Bruno.

Nadie se movió. Las dos vergas, palpitando con las últimas gotas de semen y alivio, permanecieron enterradas en lo más profundo de mi ser, taponando mis entradas, sellando nuestro profano pacto con carne, sudor y semen.

Ya no tenía fuerzas para abrir los ojos.

Mi cara seguía aplastada contra la almohada empapada, mi respiración salía en temblorosos jadeos, y me dolía el pecho.

La sensación de plenitud, de estar absoluta e irrevocablemente llena por esos dos monstruos al mismo tiempo, me hizo llorar.

Lágrimas silenciosas de victoria, de agotamiento y del más absoluto y obsceno placer que el cuerpo de una mujer puede soportar.

Estaba loca. Estaba rota. Y yo era la dueña del mundo.