El Amante de mi Marido CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Bruno

El clic metálico de la puerta de madera maciza al cerrarse tras Diego sonó como el pestillo de una jaula de acero.

El ruido sordo resonó por el salón sumido en la penumbra de las luces amarillentas.

Estaba dentro. El aire acondicionado seguía soplando a dieciséis grados, pero en el instante en que ese hombre cruzó el umbral de mi apartamento, la temperatura del ambiente pareció subir hasta el punto de ebullición.

Ya no había vías de escape. Ya no estaba la aséptica barrera del voyeurismo ni la patética seguridad de un puf de cuero al otro lado de la habitación.

Diego se detuvo en el pequeño recibidor. Sus hombros anchos bloqueaban cualquier salida. Sus ojos oscuros, líquidos y despiadadamente depredadores hicieron un lento y letal escaneo del escenario profano que Camila y yo habíamos montado.

Primero, su mirada se clavó en mí.

Analizó mi pecho desnudo, la respiración entrecortada que hacía subir y bajar mis costillas a un ritmo de pura ansiedad, el sudor frío que ya me humedecía la clavícula.

Su iris negro descendió con una lentitud sádica hasta la línea de mis vaqueros negros.

La gruesa tela del pantalón estaba estirada al límite, tensada por el obsceno y palpitante volumen de mi erección.

Mi biología ya no intentaba esconderse; gritaba su propia rendición.

Una sonrisa de medio lado, cargada de arrogancia y burla, curvó los labios de Diego.

Sabía que me tenía en la palma de la mano.

Luego, giró la cara hacia la cocina americana.

Camila estaba apoyada en la isla de mármol.

Completamente desnuda. Los tacones de aguja negros alargaban sus pantorrillas y muslos esculpidos, arqueando su trasero en pompa de una forma que desafiaba la gravedad y la cordura de cualquier hombre.

Sus pechos llenos subían y bajaban, con los pezones rígidos apuntando como ojivas.

Sostenía la copa de vino tinto, pero le temblaba ligeramente la mano.

Estaba tan empapada de deseo que el brillo de su lubricación natural ya bajaba por la parte interna de sus muslos claros, reflejando la luz indirecta de la lámpara.

Diego no dijo "buenas noches". No ofreció cortesías. Tiró las llaves del coche de cualquier manera sobre el aparador de espejos. El sonido metálico fue el gong inicial.

Caminó hacia mí con la cadencia pesada, territorial e implacable de un macho alfa que sabe exactamente lo que ha venido a tomar.

El sonido de sus botas golpeando contra el suelo de madera hacía que el corazón me golpeara el esternón.

Estaba paralizado. Mi cerebro procesaba la amenaza, pero mi cuerpo deseaba la aniquilación.

Se detuvo a menos de un palmo de mí. La proximidad fue un choque térmico.

El calor absurdo que irradiaba su ancho cuerpo chocó contra mi piel desnuda.

Su olor me invadió violentamente: esta vez no era el sudor barato del fútbol, sino un perfume amaderado, denso, mezclado con el olor rústico y natural de testosterona pura.

Era el olor de un depredador. El olor del hombre que había estado deseando en secreto durante toda una semana.

—Aprendes rápido, marido —susurró Diego. Su voz era un gruñido grave, desgarrado, que vibraba en el fondo de su garganta y chocaba directo contra mi cara.

No fui capaz de responder. Tenía la mandíbula encajada.

Levantó la mano derecha. Sus dedos grandes, callosos y ásperos no fueron a mi hombro en un saludo amistoso.

Su mano se posó exactamente en el centro de mi pecho desnudo.

Su piel contra la mía fue como tocar un cable de alta tensión pelado.

Mis músculos pectorales se contrajeron instintivamente bajo su toque.

Mi polla dio una violenta sacudida dentro de los vaqueros, latiendo con tanta fuerza que un dolor agudo se irradió hasta la base de mi pelvis.

Diego arrastró los dedos lentamente hacia abajo, sintiendo los cuadros de mi abdomen tenso, hasta detener su pesada mano justo sobre la hebilla de mi cinturón, rozando con los nudillos el duro volumen de mi verga.

Contuve la respiración. Un gruñido estrangulado murió en el fondo de mi garganta. El shock de aquella intimidad masculina cruda, violenta y sin ataduras me dejó completamente mareado.

Mantuvo sus ojos clavados en los míos, sonriendo ante mi pánico excitado, antes de girar por fin la cara y caminar hacia Camila.

Todo mi cuerpo tembló cuando se alejó. La abstinencia de su toque fue instantánea. Giré sobre mis talones, con los pies descalzos pegados al suelo, para ver la destrucción que iba a comenzar.

Diego se detuvo frente a mi mujer. No tenía ninguna prisa.

Con movimientos bruscos y eficientes, agarró el dobladillo de su propia camiseta blanca y se la quitó por la cabeza, tirándola al suelo.

El pecho ancho, la capa de vello oscuro, los brazos gruesos y marcados por tatuajes agresivos quedaron al descubierto.

Desabrochó el pantalón de sarga, bajó la cremallera y se bajó la tela junto con los calzoncillos oscuros.

Su arma saltó hacia afuera, libre de su prisión.

La polla de Diego era una monstruosidad anatómica.

Un tronco grueso, rojizo, con venas que sobresalían bajo la piel palpitante como cuerdas retorcidas.

La inmensa cabeza morada brillaba, goteando ya el espeso líquido preseminal.

La visión de aquella verga balanceándose pesada entre sus musculosos muslos me secó la boca al instante.

Mi propia polla latía en sincronía, una envidia sucia mezclada con un deseo inconfesable de sentir la textura de aquella carne.

Agarró a Camila por las caderas con ambas manos.

Ella soltó la copa de vino en la encimera de mármol y gimió cuando sus dedos se hundieron en la suave carne de su culo.

Diego la levantó del suelo como si no pesara absolutamente nada y la sentó con violencia sobre la fría superficie de la isla de la cocina.

Sus piernas, calzadas con los tacones de aguja, se abrieron instintivamente, dejando su coño húmedo e hinchado bien abierto justo a la altura de su cintura.

—Ven aquí, Bruno —ordenó Diego. No fue una invitación. Fue una orden dictatorial. No apartó los ojos de los pechos de Camila mientras hablaba.

Mi cuerpo obedeció. Caminé los tres metros que nos separaban con las piernas temblorosas, la adrenalina friendo mi sistema nervioso.

Me detuve exactamente a su lado. Nuestra proximidad era asfixiante.

Su brazo desnudo rozaba el mío. Sentía el calor irradiando de su piel contra mis costillas.

Formábamos una barrera de músculos y testosterona alrededor de mi mujer.

Me desabroché los vaqueros con manos temblorosas, bajé la cremallera y me saqué mi propia polla.

Mi verga estaba dura como una piedra, latiendo furiosa, con la cabeza morada y húmeda buscando el alivio inmediato del aire frío del salón.

Envolví la base con la mano y empecé a masturbarme, la fricción resonando en el silencio de la habitación.

Slap, slap. Diego sujetó la base de su propia y monumental verga.

No usó los dedos para preparar a Camila.

Su coño ya manaba como una cascada, el líquido brillando bajo la luz de la lámpara.

Alineó la gigantesca cabeza morada de su polla en su entrada húmeda y, sin previo aviso, empujó las caderas hacia adelante, hundiendo toda la puta polla en un solo golpe brutal.

—¡AAAAAH! —Camila echó la cabeza hacia atrás, gritando fuerte, el sonido resonando por la cocina y rebotando en los azulejos. Clavó las uñas en los anchos hombros de Diego.

El golpe de su cuerpo chocando contra las caderas de ella sonó como un latigazo.

¡PLAF! Empezó a follar. El ritmo no era de calentamiento; era una carnicería.

Sacaba la polla casi hasta afuera, el sonido de su carne chasqueando por la humedad, y la hundía a fondo, hasta la base, aplastando sus propios y pesados testículos contra el coño de ella.

La isla de mármol empezó a temblar bajo el impacto de las embestidas.

Plaf. Plaf. Plaf. El sonido húmedo, sucio y constante del sexo bruto llenaba cada milímetro del apartamento.

Yo estaba a centímetros de distancia. Mi muslo derecho estaba pegado a su muslo izquierdo.

La fricción de nuestras pieles, el calor de nuestros músculos en tensión, el olor de su sudor que empezaba a brotar y a gotear sobre el mármol...

todo me volvía loco. Levanté la mano izquierda y le agarré a Camila uno de sus pechos llenos, apretando la carne suave, frotando el pulgar en su pezón duro, mientras mi mano derecha bombeaba mi propia polla.

Camila abrió los ojos vidriosos. Su rostro estaba contorsionado por el placer, con la boca abierta, jadeando. Veía a los dos hombres allí. Al marido y al amante, uno al lado del otro, compartiendo su cuerpo, compartiendo la respiración, compartiendo el salvajismo.

El brazo de Diego chocaba contra mi pecho con cada embestida profunda que daba.

El contacto físico fortuito me enviaba corrientes eléctricas directo a la columna vertebral.

Su sudor empezó a traspasarse a mi piel.

Veía trabajar los músculos de su espalda y de sus hombros, dibujando una geografía de fuerza bruta que quería explorar con mis propias manos.

—Bruno... ah... ¡Bruno! —gimió Camila, con la voz rasgada. Soltó uno de los hombros de Diego, estiró el brazo y su pequeña mano envolvió mi polla.

Su suave toque frotando mi verga mientras la gruesa polla de Diego la destrozaba sin piedad me hizo soltar un gruñido animal.

Eché la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos y apretando los dientes hasta que me dolieron.

La fricción de sus manos en mi verga, la cadencia de las caderas de Diego golpeando su culo, el sonido áspero de su respiración justo en mi oído. La locura llegó al límite.