CAPÍTULO 9
Camila
El olor de nuestro salón nunca volvería a ser el mismo.
El aire acondicionado seguía soplando frío, pero el ambiente era espeso, pesado, saturado por el inconfundible aroma de la testosterona, el sudor crudo y el sexo sucio.
Yo estaba tirada boca abajo en la alfombra de hilos de seda, con la cara hundida en mis propios brazos cruzados, mi respiración saliendo en jadeos temblorosos y desacompasados.
Todo mi cuerpo era un nervio expuesto. Cada músculo de mis muslos, cada terminación nerviosa de mi coño palpitaba con el recuerdo fantasma de la gigantesca polla de Diego destrozándome sin piedad hacía escasos segundos.
Sentí que el peso de su cuerpo se apartaba de mí.
El sonido húmedo y obsceno de su gruesa verga deslizándose fuera de mi canal resonó en la penumbra.
Un violento escalofrío me recorrió la columna cuando el aire frío del apartamento golpeó mi intimidad abierta de par en par y empapada.
Su semen (caliente, espeso y abundante) empezó a escurrirse lentamente por el medio de mis piernas, dibujando un camino pegajoso y tibio hacia la costosa alfombra.
No me moví. Apenas podía parpadear. Lo único que pude hacer fue girar la cara hacia un lado, aplastando la mejilla contra la seda de la alfombra, para ver la escena que se desarrollaba a dos metros de mí.
La dinámica había cambiado. La química del aire se había alterado de forma irreversible y radiactiva.
Diego estaba de pie. No hizo el menor ademán de cubrir su desnudez.
Su ancho pecho subía y bajaba rápidamente, su piel morena y tatuada brillando con una gruesa capa de sudor que reflejaba la luz amarilla de la lámpara.
Su polla seguía semirrígida, balanceándose pesada entre sus musculosos muslos, la cabeza morada manchada con la mezcla de mi lubricación y su semen.
Era la viva imagen de la dominación absoluta.
Un animal que acababa de matar a su presa y saciar su hambre.
Pero los ojos depredadores de Diego no estaban puestos en mí. Ya no. Su trofeo, la verdadera presa de esa noche, estaba sentado en el puf de cuero oscuro.
Bruno.
Mi marido estaba destrozado. La imponente postura de ejecutivo, la arrogancia del macho territorial, las patéticas "reglas" que había intentado imponer minutos antes...
todo aquello había quedado reducido a cenizas.
Bruno estaba tirado en el asiento, con las piernas abiertas de par en par, la cabeza echada hacia atrás, apoyada en la pared.
Su pecho jadeaba de forma desesperada. El pantalón de chándal gris le caía por las rodillas, y su tenso abdomen estaba completamente pintado con su propia corrida.
El semen blanco y espeso manchaba su piel, goteaba de su ombligo, ensuciaba los dedos de su mano derecha que colgaba muerta a su lado.
La polla de Bruno, que momentos antes palpitaba con una furia asesina mientras veía cómo me follaban, ahora descansaba flácida, pero aún gruesa y enrojecida por la brutal fricción de su propia masturbación.
El silencio era ensordecedor, roto solo por la respiración agitada de nosotros tres. Era un silencio eléctrico. Podía sentir las chispas invisibles chocando en el espacio entre esos dos hombres.
Diego dio un paso lento hacia Bruno. El movimiento hizo que mi marido tragara saliva, su nuez de Adán subiendo y bajando con fuerza.
Bruno bajó la cabeza, sus ojos oscuros, vidriosos y febriles subiendo para encontrarse con la mirada de Diego.
¿Había humillación allí? Tal vez un rastro minúsculo.
Pero lo que aplastaba cualquier atisbo de vergüenza era la lujuria.
El hambre animal que brillaba en las pupilas dilatadas de Bruno era aterradora.
No estaba mirando al tipo que se había follado a su mujer con odio; lo miraba con una adoración sumisa y enfermiza.
—Estás sucio, hermano —Diego rompió el silencio. Su voz era un gruñido bajo, ronco y arrastrado. El tono no era de burla, conllevaba una promesa sombría.
Bruno abrió la boca, pero no salió ni una palabra.
Le tembló la mandíbula. Bajó los ojos a su propio estómago embadurnado de semen, y luego volvió a mirar al centro del cuerpo de Diego.
Los ojos de mi marido se clavaron en la polla de su amigo, que aún brillaba con mis fluidos.
El pecho de Bruno dio una sacudida, y vi, con una claridad que hizo que mi propio coño volviera a latir, que la verga de Bruno daba un ligero salto sobre sus testículos.
Se le estaba poniendo dura de nuevo. Solo con mirar la polla de Diego.
Una sonrisa minúscula, cruel y perfectamente satisfecha curvó los labios de Diego. Lo sabía. Había leído el cuerpo de mi marido como un libro abierto. La barrera heterosexual se había hecho añicos con la misma facilidad con la que había rasgado mis bragas de encaje.
Con una calma calculada, Diego se dio la vuelta.
El movimiento de los músculos de su espalda y de su culo era hipnótico.
Caminó hasta la esquina de la habitación donde había tirado su ropa.
Agarró la camisa oscura del suelo y la usó para limpiarse el sudor de la cara y del pecho, arruinando la tela sin importarle.
Luego, se puso los calzoncillos y los vaqueros.
No me moví del suelo. Bruno no se movió del puf. Los dos éramos tan solo espectadores de un depredador volviéndose a poner su armadura.
Cuando Diego se cerró la cremallera del pantalón y se puso las pesadas botas, por fin me miró. Sus ojos oscuros bajaron por mi espalda desnuda, por mi culo en pompa, hasta el charco brillante que se formaba entre mis piernas en la alfombra.
—Ha sido un placer, Camila —murmuró, la ironía goteando de cada sílaba.
No se disculpó por el desastre. No preguntó si estaba bien. Simplemente caminó hacia la puerta principal; sus pesados pasos sonaban como disparos en el suelo de madera. Antes de girar el pomo, se detuvo y miró por encima del hombro, directo a Bruno.
—Nos vemos, Bruno. —Y con una última sonrisa cínica, abrió la puerta y salió. El golpe de la madera al cerrarse resonó por el apartamento como un trueno.
El vacío que Diego dejó atrás era denso. La ausencia de su energía parecía haber succionado el oxígeno de la habitación.
Apoyé las palmas de las manos en la alfombra y me empujé hacia arriba despacio.
Los brazos me temblaron de debilidad. Me senté sobre los talones, con la espalda encorvada, el pelo revuelto cayéndome sobre la cara.
El rico ardor en mi coño latía con cada latido de mi corazón.
Miré hacia abajo. Mis muslos estaban sucios, una mezcla brillante y húmeda dibujaba mapas en mi piel clara.
Levanté los ojos hacia Bruno.
Seguía allí. Pero la parálisis había pasado.
Me estaba mirando fijamente. Los ojos negros de mi marido parecían dos agujeros negros que engullían toda la luz a su alrededor.
Se subió la tela del pantalón de chándal y se puso de pie.
Su caminar hacia mí no fue el de un marido preocupado.
Fue el de un lobo hambriento investigando los restos de una cacería.
Bruno se detuvo frente a mí. El olor a su semen en su propio cuerpo era fuertísimo. Se arrodilló en la alfombra, justo delante de mí. Sus manos grandes y temblorosas fueron directas a mi cara, apartándome el pelo sudado de la frente. Su respiración chocó contra mis labios.
—Te ha follado —susurró Bruno. Su voz era una cuchilla rota—. Ha entrado bien profundo, joder. Te ha destrozado delante de mí.
—Sí —respondí, en un hilo de voz húmedo—. Lo hizo. Y a ti te encantó mirar.
Bruno cerró los ojos con fuerza, como si mi confirmación fuera un golpe físico.
Cuando volvió a abrirlos, la cordura se había evaporado por completo.
Bajó la mano derecha por mi cuello, por entre mis pechos, hasta mi vientre.
Sus dedos gruesos se deslizaron hacia abajo, alcanzando la entrada de mi coño palpitante.
Sintió el líquido viscoso goteando. El semen de Diego.
Bruno jadeó. Retiró la mano, se llevó los dedos manchados a la altura de los ojos y se quedó mirando la mezcla de nuestros fluidos brillando en su piel.
El pecho de mi marido subía y bajaba con violencia.
Se llevó los dedos a la cara y se los pasó cerca de la nariz, inhalando el olor agudo, salado y sucio del sexo y del semen de otro macho.
Un gruñido primitivo se escapó de su garganta. No sintió asco. Sintió envidia. Sintió posesión. Sintió una excitación que sobrepasaba cualquier límite moral que la sociedad le hubiera enseñado durante treinta años.
Bruno avanzó, me agarró la cintura con brutalidad y tiró de mí hacia su regazo.
Su boca aplastó la mía en un beso desesperado, hambriento, con sabor a su propio sudor y a locura.
Su lengua invadió mi boca, áspera y posesiva, mientras su mano volvía a bajar a mi coño, frotando la corrida de Diego contra mi clítoris con una fuerza despiadada, haciéndome gemir de dolor y placer al mismo tiempo.
No fuimos a la habitación. No nos duchamos.
Bruno se bajó el pantalón de chándal, sacó su polla dura y sucia, y me destrozó allí mismo, en medio del salón, sobre la alfombra manchada.
Me la metió con una agresividad ciega, como si quisiera borrar la marca de Diego de mi interior, pero, al mismo tiempo, como si quisiera mezclarse con ella.
Se corrió rápido, rugiendo mi nombre, cayendo sobre mi pecho, completamente exhausto y corrompido.
La mañana del domingo amaneció gris, filtrada por las pesadas cortinas que seguían cerradas.
Cuando abrí los ojos, el reloj marcaba casi el mediodía.
Me dolía todo el cuerpo. Un dolor muscular delicioso, profundo, que irradiaba desde mis muslos hasta la base de la columna.
El recuerdo de la noche anterior se me vino encima como una avalancha, pero en lugar de culpa, una sonrisa perversa y victoriosa se extendió por mis labios.
La cama a mi lado estaba vacía. Las sábanas estaban arrugadas y olían a sexo sudado.