CAPÍTULO 37 ELECTRICIDAD EN EL TALLER ESTANCADO
Días después de que las murallas del huracán se batieran en retirada, el Caribe nos condenó a una tregua de sol implacable y quietud absoluta.
El Crisol flotaba a la deriva en mitad de una mar muerta, calurosa y aceitosa que se negaba a rizarse, un espejo plomizo que reflejaba un cielo blanco que parecía aplastar la arboladura provisional del buque.
En el vientre de la corbeta, el aire se había espesado como el sebo, transformando el taller de la sentina en una caldera que exhalaba un vaho caliente, húmedo y confinado.
El espacio apestaba a fósforo, a azufre mineral y al olor rancio del cáñamo podrido de los cabos inundados.
El vaivén de la marea era lánguido, perezoso, provocando un crujido monótono, sordo y espaciado de las cuadernas de roble que ponía los nervios en tensión.
Trabajaba cojeando junto a la mesa de pino muescada, forzando mi antebrazo izquierdo, cuyo lienzo limpio contenía los puntos de seda de la sutura, para limpiar los restos de hollín de los matraces que habían sobrevivido al cataclismo.
El bochorno tropical me pegaba la camisa basta a la piel de la espalda, y cada inspiración era un aire denso que me quemaba la laringe.
Escuché el crujido seco de los peldaños de la escala de madera. No necesité desviar mis ojos grises de la balanza de precisión para saber quién descendía; mi cuerpo parecía haber desarrollado una alarma biológica forzada dedicada exclusivamente a registrar su volumen físico en la penumbra.
Robert Stone entró en el cubil, obligándose a bajar la cabeza para no golpear los baos del techo.
Vestía una camisa de lino abierta por completo, revelando la firmeza de su torso curtido, la blancura del vendaje de sus costillas derechas y esa infame letra «T» que mis propios dedos habían delineado en el manglar.
La luz escasa del candil de sebo oscilaba de forma pausada, haciendo brillar las gotas de sudor que le perlaban el cuello ancho y los hombros potentes.
—El contramaestre Velasco dice que las bombas de mano han terminado de achicar el agua salobre de la bodega de proa, Lord Vance —la voz de Robert llegó en una gravedad desprovista de teatro, un siseo ronco que espesó el bochorno del taller—.
Ha venido a comprobar si los barriles de reactivos para la brea incombustible siguen intactos o si la tormenta nos ha dejado sin munición química.
Mantuve la vista fija en el cuello de un matraz, forzando un pulso de cirujano que desafiaba el latido frenético de mis sienes.
—El sulfato de ceniza vegetal se ha mantenido seco en las vasijas estancas de caoba, capitán —respondí—.
Sin embargo, la densidad del compuesto del fósforo ha variado por la opresión barométrica.
Necesito trazar una nueva escala de saturación si queréis que el próximo lote militar estabilice el hierro del casco.
Robert dio un paso al frente, acortando la última braza de distancia.
El espacio cerrado bajo la línea de flotación se volvió de inmediato estrecho, opresivo, asfixiante.
Pude oler el aroma animal de su cuerpo unido al salitre puro, el tabaco de Virginia caro que emanaba de sus ropas y ese sutil rastro de sándalo rústico de su camarote.
Se situó al otro lado de la mesa de pino, inclinando su figura masiva hacia adelante, obligándome a quedar cercado entre el trancanil y la firmeza de su pecho entreabierto.
Ninguno de los dos verbalizó la descarga de electricidad estática que flotaba en el aire estancado, pero la proximidad involuntaria extrema volvió el oxígeno un lujo imposible de tragar.
En mi diálogo técnico sobre la solubilidad de las sales fosfatadas, ocultaba un hambre física, una devoción dolorosa que mi herencia académica clasificaba como un pecado contra la lógica de la Corte, pero mi cuerpo empapado en sudor se negaba en redondo a dar el paso de retirada.
—La marinería no entenderá de saturaciones si los barcos del Rey asoman por Barlovento antes de que la madera esté blindada, Julian —susurró Robert, y el uso sutil de mi nombre de pila en mitad de la sentina profunda fue un latigazo térmico que me detuvo la respiración.
Sus ojos claros se clavaron en los míos con una fijeza desalmada, desprovista de la máscara de granito de la cubierta.
—La física no responde a las urgencias de vuestros lobos de mar, Robert —repliqué, sosteniendo el envite con una terquedad inquebrantable que encendió el aire confinado del cubil.
Extendí mi mano sana hacia el extremo de la mesa para tomar un trozo de tiza vegetal con el que anotar las brazas de calado en la pizarra rústica. Robert realizó el mismo movimiento exacto para asegurar un frasco de reactivo que peligraba por el balanceo lánguido del buque.
En mitad de la caoba, nuestros dedos descalzos se rozaron. El contacto fortuito entre mi piel pálida y sus callosidades ásperas, marcadas por el cáñamo del timón, mandó una corriente eléctrica que nos congeló los pulmones de golpe.
La memoria viva de nuestro abrazo en las sábanas de seda negra del camarote, el calor animal de su pecho chocando contra mi lino mojado durante el diluvio, electrizó el aire de la sentina de forma instantánea.
Nos quedamos completamente inmovilizados a escasos centímetros de distancia, con las camisas húmedas por el bochorno tropical pegadas a la carne como una segunda piel traicionera.
Mis dedos permanecieron atrapados bajo los suyos grandes y curtidos, sintiendo el latido desbocado de su pulso arterial vibrar contra mis falanges.
El silencio posterior en los diálogos se transformó en una masa densa, viscosa, un subtexto cargado de un deseo acumulado que se había vuelto combustible puro, una santabárbara mental lista para estallar ante el menor chispazo del pedernal.
Robert no retiró la mano.
Su respiración, alterada por una agitación interna que su máscara militar ya no lograba camuflar, me rozó los labios con el aroma dulce del jerez y la fiebre inminente.
Mantuvo sus ojos claros clavados en mi boca manchada de hollín, dictando una última sentencia silenciosa en la penumbra dorada del taller, mientras el crujido monótono del casco nos recordaba que estábamos solos, a la deriva del océano, y que ya no quedaban amarras en el mundo capaces de frenar el impacto de lo que callábamos.