CAPÍTULO 10 LA PENUMBRA QUE ACECHA EL QUINQUÉ
El vientre de la corbeta exhalaba un vaho caliente y húmedo, una masa de aire estancado que pesaba sobre mis hombros desnudos como una lona empapada.
Descendí los peldaños de la escala hacia el taller improvisado de la sentina con cautela felina, cuidando de que el tacón de mis botas de cuero no provocara el más mínimo crujido sobre el roble.
Era la guardia de medianoche. Afuera, el barco se mecía con una pesadez lánguida y aceitosa, un vaivén lento que mis entrañas de marino reconocían de inmediato: la presión barométrica se estaba desplomando, anunciando un cambio radical en los caprichos del mar.
Al traspasar el marco del mamparo, el olor acre del azufre, el fósforo y el aceite de ballena quemado me golpeó las fosas nasales, obligándome a entornar los ojos.
El quinqué colgado de un bao oscilaba perezosamente, proyectando sombras alargadas y vacilantes que se estiraban como formas monstruosas sobre las cuadernas de roble cubiertas de tiza.
Me detuve en seco.
Julian no me había oído entrar.
El erudito aristocrático se había quedado profundamente dormido sobre la mesa de pino.
Tenía la cabeza apoyada directamente sobre su antebrazo izquierdo, y su mano derecha, pálida y alargada, aún sostenía la plumilla de tiza con una rigidez roma.
El yeso blanco había dejado un borrón espeso, una mancha que emborronaba las complejas fórmulas de la brea incombustible que tanto se afanaba por estabilizar.
Su respiración era el único compás rítmico en la quietud de la bodega, un suspiro pausado que contrastaba con el lamento sordo del maderamen del casco al recibir el impacto de la marea muerta.
Di un paso más, mis plantas hundiéndose apenas un milímetro en la fina capa de agua salobre que anegaba el trancanil.
Lo observé desde la penumbra, sintiendo cómo el nudo de mi mandíbula se tensaba.
En su inconsciencia, Julian proyectaba una indefensión y una confianza que me resultaban una trampa mortal para mi propia supervivencia y la de mi tripulación.
Un prisionero noble no debía dormir así en el cubil de un proscrito; debía temblar, debía vigilar el acero.
Al mostrar esa entrega indefensa, el erudito estaba agrietando los muros defensivos que yo había tardado diez años en levantar contra el mundo de la seda.
Me acerqué a la mesa, lo suficientemente próximo para notar la palidez extrema de su cuello, que quedaba al descubierto bajo los jirones de su casaca rota, y la alarmante fragilidad de sus dedos largos.
Mi POV profundo se inundó de una contradicción punzante.
Arriba, los artilleros y Crow murmuraban bajo las escotillas; sabían que un capitán distraído por un cautivo era un capitán que amanece flotando boca abajo.
El instinto depredador de reclamar lo que deseaba, de quebrar su hielo y arrastrarlo hacia mí chocaba frontalmente con el pavor a debilitar mi soberanía ante una tripulación que ya olía el cambio de rumbo.
—Sois un necio, Lord Vance —susurré para mí mismo, mi voz apenas un siseo que el vaivén del barco amortiguó—. Buscáis el orden en el yeso mientras vuestro carcelero pierde el norte.
Me incliné sobre la madera rústica para retirar el cuaderno antes de que la tinta del borrón arruinara el lote de la destilación. Al mover el brazo, un impulso absurdo, una debilidad que me recorrió los dedos callosos, me paralizó la mano en el aire.
Un mechón de cabello castaño y húmedo le cubría la frente, tapándole parcialmente las pestañas. Quise apartárselo.
Quise comprobar si la textura de esa piel pálida era tan suave como el papel de hilo que sus manos de pianista tanto amaban, o si guardaba el mismo calor que me había desafiado en el alcázar.
Estiré los dedos, centímetro a centímetro, desafiando las leyes de mi propio mando en la quietud asfixiante de la sentina. Mi palma, muescada por el acero y la brea, quedó a milímetros de rozar su frente. Podía sentir el calor mínimo que brotaba de sus sienes.
En ese instante, Julian soltó un suspiro hondo en sueños, un movimiento leve de sus labios que hizo que la luz amarillenta del quinqué parpadeara sobre sus pómulos.
Me congelé. La realización del peligro me sacudió las entrañas más que un cañonazo de la Armada.
Si abría los ojos en este instante y me descubría así, inclinado sobre su cuerpo como un amante furtivo, la máscara de hierro del Caimán se haría pedazos y no habría alfanje capaz de restaurar la disciplina del barco.
Retiré la mano bruscamente, cerrando el puño con una rigidez violenta que me hizo clavar las uñas en el cuero de mi palma. Me incorporé de golpe, recuperando la distancia deliberada, y con un soplido seco y cargado de rabia contenida, apagué la mecha del quinqué.
El taller provisional quedó sumido en una negrura absoluta, compacta y fría. Me di la vuelta hacia la escala en la oscuridad, guiándome solo por el tacto del roble mojado, necesitando que la penumbra borrara la mancha de humanidad que ese prisionero acababa de clavar en mi pecho.