El alma del emperador Día tres #2
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Día tres #2

Shai continuó tallando, incómoda. La forma en que el hombre decía aquello…

Sí, sabía que ella no podría haber hecho lo que estaba describiendo.

La mayoría de los grandes ignoraban el arte de la Falsificación, y ese hombre sin duda era uno de ellos, pero sabía lo suficiente para comprender que no podría haber escapado como decía.

Igual que la ropa de cama no podía convertirse en cristal.

Aparte de eso, transformar la pared entera en otro tipo de roca habría sido difícil.

Habría tenido que cambiar demasiadas cosas, reescribir la historia para que las canteras de cada variedad de piedra estuvieran cerca de depósitos de antracita, y que en cada caso un bloque de la roca inflamable se hubiera extraído por error.

Suponía un esfuerzo enorme, y casi imposible, sobre todo sin el conocimiento específico de las canteras en cuestión.

La plausibilidad era la clave de cualquier falsificación, mágica o no.

La gente comentaba entre susurros que los Falsificadores convertían el plomo en oro, sin darse cuenta jamás de que lo contrario era mucho, mucho más fácil.

Inventar una historia para un lingote de oro donde en algún momento del proceso alguien lo hubiera adulterado con plomo bueno era una mentira verosímil.

Lo contrario sería tan improbable que un sello que hiciera esa transformación no duraría mucho.

—Me impresionáis, excelencia —dijo finalmente Shai—. Pensáis como un Falsificador.

La expresión de Gaotona se agrió.

—Eso pretendía ser un cumplido —aclaró ella.

—Valoro la verdad, jovencita. No las Falsificaciones.

—La miró con la expresión propia de un abuelo decepcionado—.

He visto lo que tus manos son capaces de hacer.

Esa copia de la pintura que llevaste a cabo era notable.

Sin embargo, se realizó en nombre de la mentira.

¿Qué obras maestras podrías crear si te concentraras en la diligencia y la belleza en vez de en la riqueza y el engaño?

—Lo que yo hago son obras de arte de gran valor.

—No. Copias las obras de arte de gran valor de otros. Lo que haces es una maravilla técnica, pero carece por completo de espíritu.

A Shai casi le patinó el cincel por la creciente tensión en sus manos. ¿Cómo se atrevía? Amenazar con ejecutarla era una cosa, pero ¿insultar su arte? ¡Hacía que pareciera como uno de esos Falsificadores de cadena de montaje, produciendo jarrón tras jarrón!

A duras penas se calmó, y luego forzó una sonrisa. En una ocasión, su tía Sol le había dicho que sonriera ante los peores insultos y saltara ante los menores. De esa forma, ningún hombre conocería su corazón.

—Entonces, ¿cómo vais a controlarme? —preguntó—. Hemos establecido que me cuento entre las más viles mujerzuelas que reptan entre los muros de este palacio. No podéis atarme y no podéis confiar en que vuestros propios soldados me vigilen.

—Bueno —dijo Gaotona—, cuando sea posible, yo supervisaré personalmente tu trabajo.

Ella habría preferido a Frava, que parecía más fácil de manipular, pero tendría que apañárselas.

—Si así lo deseáis —repuso Shai—. Gran parte del proceso será aburrido para alguien que no entienda de Falsificación.

—No me interesa que me entretengan —dijo Gaotona, haciendo un gesto con la mano al capitán Zu—.

Siempre que esté aquí, el capitán Zu me protegerá.

Es el único de nuestros arietes que conoce la gravedad de las heridas del emperador, y solo él está al tanto de nuestro plan contigo.

Otros guardias te custodiarán durante el resto del día, y no hablarás con ninguno de ellos de tu tarea.

No habrá ningún rumor de lo que nos traemos entre manos.

—No tenéis que preocuparos de que hable —dijo Shai, sincera por una vez—. Cuanta más gente sepa de una Falsificación, más probable es que fracase.

«Además —pensó—, si se lo dijera a los guardias, sin duda los ejecutaríais para preservar vuestros secretos». No le gustaban los arietes, pero aún menos le gustaba el imperio, y los guardias en realidad eran otro tipo de esclavos. Shai no se dedicaba a hacer que mataran a la gente sin motivo.

—Excelente —dijo Gaotona—. El segundo método de asegurar tu atención a nuestro proyecto aguarda fuera. Cuando quieras, mi buen capitán.

Zu abrió la puerta. Una figura embozada esperaba con los guardias. La figura entró en la habitación. Caminaba con paso vivo, pero de algún modo antinatural. Después de que Zu cerrara la puerta, se quitó la capucha y reveló un rostro de lechosa piel blanca y ojos rojos.

Shai siseó suavemente entre dientes.

—¿Y llamáis a lo que yo hago abominación?

Gaotona la ignoró y se levantó de su silla para dirigirse al recién llegado.

—Díselo.

El recién llegado apoyó sus largos dedos blancos sobre la puerta, inspeccionándola.

—Colocaré aquí la runa —dijo con una voz cargada de acento—. Si ella sale de esta habitación por algún motivo, o si altera la runa de la puerta, lo sabré. Mis mascotas vendrán a por ella.

Shai se estremeció. Fulminó con la mirada a Gaotona.

—Un sellador de sangre. ¿Habéis invitado a un sellador de sangre a vuestro palacio?

—Este ha demostrado hace poco ser un activo importante —dijo Gaotona—. Es leal y discreto. También es muy efectivo. Hay ocasiones en que es preciso aceptar la ayuda de la oscuridad para contener una oscuridad aún mayor.

Shai siseó en voz baja cuando el sellador de sangre sacó algo de su túnica. Un burdo sello de alma creado a partir de hueso. Sus «mascotas» también serían de hueso, Falsificaciones de vida humana creadas a partir de los esqueletos de los muertos.

El sellador de sangre la miró.

Shai retrocedió.

—No esperaréis que…

Zu la sujetó por los brazos. Noches, sí que era fuerte. Sintió pánico. ¡Sus Marcas de Esencia! ¡Necesitaba sus Marcas de Esencia! Con ellas podía luchar, escapar, correr…

Zu le hizo un corte en la parte interior del brazo. Shai apenas sintió la herida poco profunda, pero se debatió de todas formas. El sellador de sangre avanzó un paso y empapó su horrible herramienta con la sangre de Shai. Entonces dio media vuelta y apretó el sello contra el centro de la puerta.

Cuando retiró la mano, dejó un brillante sello rojo en la madera. Tenía forma de ojo. En el momento en que marcó el sello, Shai sintió un agudo dolor en el brazo, donde había recibido el corte.

Shai dio un respingo, con los ojos muy abiertos. Nunca antes nadie se había atrevido a hacerle una cosa como aquella. ¡Casi era mejor que la hubieran ejecutado! Casi era mejor que…

«Contrólate —se dijo con tenacidad—. Conviértete en alguien que pueda enfrentarse a esto».

Respiró hondo y se dejó convertir en otra persona. Una imitación de sí misma que conservaba la calma, incluso en una situación como aquella. Era una burda falsificación, solo un truco mental, pero funcionó.

Se zafó de Zu y aceptó el pañuelo que Gaotona le ofrecía.

Miró con odio al sellador de sangre mientras el dolor de su brazo desaparecía.

Él le sonrió con unos labios que eran blancos y un poco traslúcidos, como la piel de un gusano.

Hizo un gesto con la cabeza a Gaotona antes de volver a colocarse la capucha y, acto seguido, salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí.

Shai se obligó a respirar con regularidad, calmándose.

No había ninguna sutileza en lo que hacía el sellador de sangre: ellos no se andaban con remilgos.

En vez de habilidad o capacidad artística, usaban trucos y sangre.

Sin embargo, su oficio era efectivo. El hombre sabría si Shai salía de la habitación, y tenía su sangre fresca en el sello, que estaba armonizado con ella.

Con eso, sus mascotas no-muertas podrían darle caza huyera adonde huyera.

Gaotona volvió a sentarse en su silla.

—¿Sabes qué sucederá si te das a la fuga?

Shai miró con furia al anciano.

—Ahora comprendes lo desesperados que estamos —dijo él con voz suave, entrelazando los dedos—.

Si huyes, te entregaremos al sellador de sangre.

Tus huesos se convertirán en su siguiente mascota.

Esa promesa fue todo lo que requirió como pago.

Puedes comenzar tu trabajo, Falsificadora. Hazlo bien y escaparás de este destino.