El Álbum de Lilly ¿Está Cerca el Fin?
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¿Está Cerca el Fin?

La falta de confianza entre la comunidad católica polaca y los judíos se profundizó.

Mientras pasaba el tiempo y los católicos eran testigos de los resultados de las deportaciones en masa de judíos, y obtenían enormes ganancias por las operaciones de contrabando y el saqueo de casas, bienes y comercios de los desplazados judíos, su apetito por aun más expolio se incrementó, junto con su bestial odio por los judíos.

«Pensar que nosotros los judíos estuvimos por centurias viviendo entre gente que eran literalmente lobos esperando para destrozarnos en pedazos», escribió Miceslaw Pokorny muchos años después de la guerra.

Moses había esperado que no todos los polacos fueran como esos que explotaban la miseria de los judíos; él creía que también había buenos polacos.

Sin Embargo, el temor de ser entregado a la Gestapo por un polaco era demasiado para que él lo soportara.

Se dio cuenta que no tenía opción; era hora de hacer una movida.

Él fue notificado de que sus documentos falsificados estaban listos y que el falsificador quería encontrarlo en el mismo pequeño restaurante donde se habían reunido previamente.

El falsificador trajo los documentos, tres tarjetas de identificación que portaban clásicos nombres polacos cristianos, y se los presentó a Moses.

Satisfecho con los documentos, Moses le dio una de las piezas de joyería que el conde Sosnowski le había dado como garantía.

Era un pesado collar de oro con un pendiente en forma de pera con una gema preciosa engarzada en el centro.

Era imposible evaluar su valor sentimental en términos de dinero, pero en el mercado abierto un tasador lo valuaría en no menos que veinte mil zlotys.

El polaco tomó la pieza en su mano y preguntó, «¿Cuánto es su verdadero valor?»

«Unos veinte mil zlotys, tal vez más», replicó Moses.

«Espero que no me esté diciendo una mentira. Sé dónde vive e iré por usted si averiguo que no vale lo que me dice», le dijo el falsificador.

«Estoy diciéndole la verdad. Incluso tengo un certificado escrito de un tasador en casa», dijo Moses.

Mientras estaban hablando, escucharon gente gritando y corriendo en todas direcciones y el sonido de disparos siendo detonados.

Una unidad comando de la SS había entrado al gueto con el fin de reunir hombres para trabajos forzados.

A quienquiera que no escuchaba las órdenes y trataba de escapar le disparaban en el acto.

Cuando llegaron a los alrededores del restaurante donde Moses y el polaco estaban sentados, dos soldados entraron, «Tú», le gritaron y señalaron a Moses, «Ven con nosotros.»

Moses salió con las manos levantadas sobre su cabeza, cuando uno de los soldados vino hacia él y preguntó, «¿Quién eres?»

Moses, quien no había tenido tiempo de familiarizarse a sí mismo con su nuevo nombre, fecha de nacimiento y otros miembros, soltó, "Moses Wolowelski. "

«Muéstrame tu tarjeta de identificación», le gritó.

Moses comenzó a vaciar sus bolsillos, cuando notó al falsificador polaco tratando de distanciarse a sí mismo y alejarse. Repentinamente el segundo soldado gritó, «Alto.» El polaco continuó corriendo dentro del gueto y el soldado apuntó su ametralladora y le disparó una ráfaga de balas.

Los dos soldados agarraron a Moses, lo pusieron en el auto de ellos y lo llevaron a los cuarteles generales de la Gestapo en la calle Szucha 25 para interrogatorio.

Cesia y Jerzy esperaron por su padre, pero él no regresó.

Cesia sabía que él había ido a encontrarse con el falsificador polaco en el pequeño restaurante cruzando la calle donde ellos vivían.

Ella fue para averiguar qué había sucedido.

Después que hubo hablado con el propietario y supo lo que había sucedido, fue a casa llorando y exhausta.

Ella sabía que no volvería a ver a su esposo jamás.

En octubre de 1941, se colgaron posters alrededor del gueto anunciando que todos los residentes del gueto viviendo en la calle Leszno y sur, tenían que mudarse al norte, porque el gueto estaba siendo reducido. La nueva área del gueto comenzaría en la calle Nowolipki.

Cesia tuvo que dejar su apartamento y mudarse a la parte terriblemente atestada del gueto.

Ella y Jerzy empacaron algunas ropas y otros artículos personales.

Ella ocultó en sus ropas tanta joyería y efectivo como pudo, mientras que el resto, lo que no se podía llevar, lo escondió dentro de las puertas.

Desmanteló y removió los cerrojos y en la parte hueca de la puerta metió las gemas, diamantes y otros varios artículos de joyería.

Cuando salieron de la casa, Cesia no se molestó en poner el cerrojo a la puerta.

Estaba demasiado consternada para mirar todas las costosas reliquias que estaba dejando atrás; las carísimas pinturas al óleo que valían una fortuna, las vasijas de porcelana importadas del Lejano Oriente, los suaves asientos de cuero hechos por los más finos tapiceros en Varsovia o los marcos de plata con fotografías familiares en ellos que reposaban sobre la chimenea en el centro del apartamento.

Cesia ahora estaba luchando por su vida y la vida de su hijo y estaba preparada para todas las eventualidades.

Mientras salían, un joven pasó por delante suyo. Ella le pidió que la ayudara a cargar sus dos pesadas maletas. Le pagó por adelantado por su servicio, pero el pobre niño apenas podía caminar. Afortunadamente un hombre montado en un carromato pasó y le ofreció llevarle el equipaje en el carro.

Cuando llegó a las oficinas del Judenrat, Cesia pidió hablar con la persona que podía ayudarla a encontrar un lugar donde vivir.

Tuvo que esperar cuatro horas en una fila, dentro de una sala de espera abarrotada y sofocante.

Cuando por fin llegó su turno, el hombre encargado de atenderla revisó sus documentos y le asignó una pequeña habitación.

Él la condujo a un gran edificio donde algunos apartamentos estaban reservados para personas consideradas privilegiadas. Cesia entró y miró a su alrededor. El lugar estaba limpio y ordenado, pero era muy pequeño: una sola habitación con un baño contiguo, una mesa pequeña y una cama.

Jerzy se sentó en la cama destinada a ambos. Cesia sacó de una de las maletas una sábana limpia y un edredón blanco. «Al menos ahora podremos sentirnos un poco como en casa», dijo. Al pronunciar la palabra «casa», rompió a llorar. Cuánto echaba de menos su verdadero hogar.

Comenzaron a llegar refugiados desde toda Alemania y de lugares tan lejanos como Checoslovaquia.

Ellos venían sin un centavo y todo lo que recibían era una ración de 180 gramos de pan por día.

Cuatrocientas personas vivían en un edificio sin agua corriente, no baños o calefacción.

Tenían que dormir sobre tablas que eran colocadas sobre el piso helado.

Estaban hinchados de hambre y disentería, y todos los días muchos de ellos morían, especialmente los mayores y los niños.

Cesia salió a conseguir algo de comida. Tuvo dificultades para abrirse camino entre multitudes de gente hambrienta que caminaba por las calles sin rumbo sólo para moverse y estar entre personas.

Repentinamente, ante sus ojos se estaba desarrollando una escena.

Allí estaba un jovencito enfrente de un cajón dado vuelta con manzanas podridas apiladas encima.

Un soldado de la SS vino hacia él, pateó el cajón y pisoteó las manzanas.

El muchacho rompió en lágrimas, mientras el soldado lo abofeteaba en el rostro.

Justo entonces un auto negro se acercó y un oficial de la SS salió y se acercó al soldado para averiguar qué había sucedido.

Después de escuchar el incidente, el oficial tomó un billete de diez zlotys de su bolsillo y se lo dio al chico.

Justo cuando el chico iba a tomarlo, el oficial soltó el billete al suelo.

Mientras el chico se agachaba para levantarlo, el oficial murmuró, «Disfruta, porque tus problemas muy pronto llegarán a su fin.

» El muchacho le sonrió al oficial, sin entender a qué se refería el oficial.

Cesia compró algo de comida. No quiso comprar demasiado, por temor a que alguien descubriera que tenía dinero y se convirtiera en blanco de ladrones. Sabía que, en el mundo en el que ahora vivía, ya no había reglas ni códigos de conducta; solo quedaba el instinto de supervivencia.

Todas las noches oía a la Gestapo realizar redadas en distintas casas y obligar a sus ocupantes a salir a la calle para llevarlos al Umschlagplatz. Desde allí eran hacinados en trenes de carga, en condiciones terribles, y enviados a uno de los campos de exterminio.

Cesia fue a las oficinas de la Cruz Roja, y dejó una carta dirigida a su hermana Ida y su esposo Wolf en Wloszczowa.

Mis queridos,

Una terrible desgracia ha caído sobre nosotros.

Moses fue llevado para interrogatorio y no regresó a casa.

Nosotros fuimos sacados de nuestro hogar, el que fue subsecuentemente saqueado.

Jerzy y yo estamos actualmente viviendo en el gueto sellado en cuartos muy hacinados.

En cualquier momento nos sacarán de aquí.

Por favor no nos olviden, mis queridos. Lo hemos pasado demasiado bien; tal vez demasiada extravagancia; ahora estamos siendo castigados.

Mi único consuelo es que al menos Adam está vivo.

Si algo nos sucediera, no busquen venganza.

Al parecer es nuestro destino; nacimos para ser odiados y como tales moriremos.

Nadie llorará en nuestras tumbas. En este momento debemos levantar nuestras cabezas al cielo y buscar a Dios, quien no existe y por lo tanto no ayudará.

Amor,

Cesia