Navidad, Chanukah y un Cumpleaños
Cuando la temporada de Navidad llegó, los trabajadores municipales decorarían la plaza Rynek con árboles de Navidad, con lámparas multicolores colgando de las ramas que bailaban en el viento que soplaba. Los niños correrían entre los árboles y arrojaban bolas de nieve a los transeúntes.
Incluso entre los residentes judíos había una atmosfera festiva, porque la fecha Gregoriana del natalicio de Jesús coincidía con la fecha judía de Chanukah, la cual conmemora el milagro que se celebró en el Santo Templo cuando los Griegos lo destruyeron.
Después que los judíos habían derrotado al ejército griego, los sacerdotes querían iluminar el menorah de nuevo.
Sin embargo, ellos encontraron aceite suficiente para sólo un día.
Un milagro ocurrió y el aceite duró por ocho días, hasta que nuevo aceite pudo ser obtenido.
La fiesta de Chanukah conmemora ese milagro y en hogares judíos el menorah es encendido por ocho días.
En esa noche festiva, Wolf, quien no era para nada religioso, decidió ubicar un menorah en la ventana de su casa.
Esa tarde él fue al mercado para caminar por los negocios.
Visitó la tienda por departamentos, propiedad de los Zaidenbaums. Aunque ellos no comerciaban artículos religiosos, el abuelo, quien era religioso y portaba una larga barba blanca, estaba entusiasmado de ver a un hombre judío queriendo conseguir prestado un menorah.
Wolf recibió un menorah junto con ocho velas.
Él decidió encender todas las velas la primera noche y no de la tradicional manera de agregar una vela cada noche.
Mientras se estaba yendo, él escuchó fuertes risas viniendo de los hijos Zaidenbaum cuando les dijeron la naturaleza de la visita de Wolf y su interesante pedido.
Desde la tienda de departamentos Zaidenbaum, él giró en una de las estrechas calles que conectan Rynek por el lado sur con el pueblo de Maluszyn.
En la esquina de la calle había una preciosa casa de ladrillos en frente de la cual había una larga habitación con una gran vidriera al frente.
El edificio estaba ocupado por la familia Lewita, quienes por generaciones eran conocidos como maestros joyeros y relojeros.
Wolf tocó a la puerta del frente, la cual estaba siempre cerrada, y después de un minuto Leib Lewita abrió la puerta.
«Abogado Wolf, qué honor. ¿Qué lo trae por aquí?» preguntó él.
«Hoy es el décimo cuarto cumpleaños de mi hija Lilly y me gustaría muchísimo comprarle una pieza de joyería», respondió.
El joyero tomó una caja de madera y esparció sus contenidos en frente de Wolf. Había toda clase de aretes: aretes de perla, aretes de oro, de plata y con gemas engarzadas así como toda clase de collares.
Wolf miró maravillado la variedad y se quedó totalmente confundido.
«Quizás, Sr. Lewita, usted pueda ayudarme a elegir», comenzó Wolf. «No soy bueno eligiendo. Escoja un lindo collar con una piedra por mí; uno que haga juego con los aretes de mi hija.» Entonces él comenzó a describir los aretes que Lilly había recibido de obsequio de su tía.
El Sr. Lewita tomó un collar de oro con una brillante perla redonda pendiendo de él.
«Éste hará juego», dijo. Entonces él puso el collar en la pequeña caja, lo envolvió y le puso un listón alrededor.
«Lo siento, pero debo cerrar el almacén ahora ya que la fiesta se está aproximando y todavía no hemos hecho "latkes" (panqueques de patatas) y donas para los niños que están viniendo a visitarnos esta noche», explicó Lewita mientras escoltaba a Wolf a la puerta.
Wolf salió y se dirigió a casa. «Latkes, donas, ¿qué más necesito? ¿Hay algo que he olvidado?» pensaba para sí mismo.