Capítulo 19 Promesas De Papel
20 de abril de 2026
22:30 horas
Piso de Lucía
El flexo de luz blanca iluminaba la mesa del salón del piso situado en el barrio logroñés de Valdegastea, proyectando sombras alargadas sobre montones de carpetas y mapas catastrales desplegados.
Llevaban ya unos meses juntos en Logroño, un tiempo en el que Julián se había encargado de tejer una red perfecta de dependencia emocional.
Le había hecho creer que gracias al refugio y al amor que ella le daba su vida se había ordenado, pero la realidad era bien distinta: la necesitaba exactamente donde estaba.
Lucía tecleaba con furia en el ordenador portátil mientras consultaba unos legajos amarillentos, con las ojeras marcadas por el agotamiento.
La actualización de los archivos de Urbanismo le estaba costando el puesto de trabajo y la salud; iba con retraso cronológico, la presión de sus jefes era insoportable y el miedo a represalias laborales la tenía al borde del colapso.
Por eso, desesperada por ganar tiempo, se llevaba los expedientes a casa cada fin de semana.
La puerta se abrió con suavidad y Julián entró en el piso. Al ver el panorama sobre la mesa, sus ojos brillaron con un destello de pura estrategia, aunque su rostro adoptó al instante una expresión de fingida lástima.
—¿Otra vez con los papeles del Ayuntamiento, mi vida? Te estás jugando el tipo —dijo con voz cálida, acercándose por la espalda para rodearle los hombros en un abrazo que a Lucía, por primera vez, le pareció más un cepo que un alivio—. No descansas ni un domingo. Me duele verte tan machacada.
—No me queda otra, Julián —respondió ella sin levantar la vista de la pantalla, frotándose las sienes con frustración—. Si no termino de digitalizar este bloque y poner al día los registros del sector oeste, me van a abrir un expediente. Estoy desbordada.
Julián se apartó con parsimonia, arrastró una silla y se sentó a su lado.
Sus dedos largos, con una falsa indolencia, comenzaron a juguetear distraídos sobre los bordes de los folios apilados, hasta que sus pupilas se fijaron en el membrete exacto que llevaba semanas buscando: los expedientes de las propiedades colindantes a San Torcuato,
las tierras de los De la Torre que él mismo había perdido en una mala jugada de cartas meses atrás.
Estaban allí, a tiro de piedra. Solo necesitaba arrebatárselos o hacerlos desaparecer para reabrir el pleito y reclamar lo que creía suyo.
—Te entiendo tanto... Es normal que te sientas ahogada con este ritmo inhumano —susurró él con una dulzura empalagosa, inclinándose para mirarla a los ojos—.
Cargas con una presión absurda por culpa de una administración que no valora tu esfuerzo.
A veces me pregunto si vale la pena romperse la salud por unos archivos que llevan décadas cogiendo polvo.
Lucía parpadeó, girándose ligeramente hacia él con el ceño fruncido.
—Son expedientes oficiales, Julián. Tienen trazabilidad. Tienen que estar al día sí o sí.
—¿De verdad te importa tanto la burocracia de esta gente?
— repuso Julián soltando una risa suave, deslizando con disimulo el dedo índice sobre los mapas de San Torcuato—.
Ay, Lucía... eres demasiado formal. En administraciones tan antiguas como estas, los papeles vuelan si sopla un poco de viento fuerte.
¿Nunca te has parado a pensar qué pasaría si, por un despiste de última hora, se extraviaran un par de carpetas de estas zonas conflictivas?
Lucía se quedó congelada a mitad de tecleo.
Sus ojos se detuvieron en la mano de Julián, que acariciaba con demasiada insistencia justo los expedientes de los terrenos que bordeaban el caserón.
Una punzada fría de desconfianza le recorrió la columna.
No era la primera vez que soltaba un comentario similar, pero esta vez el tono, la insistencia y la fijación milimétrica con esas fincas concretas encendieron todas las alarmas en su cabeza.
—¿Qué quieres decir con que se extraviaran, Julián?
—preguntó ella con voz neutra, deteniendo por completo el movimiento de sus manos sobre el teclado y mirándolo fijamente a los ojos, buscando algo más que la fachada de novio abnegado—.
¿Por qué te interesan tanto precisamente los registros de San Torcuato?
Julián parpadeó, intentando recuperar al instante su fachada de inocencia y ternura, pero el pulso se le había torcido por un segundo.
—Mujer, solo lo decía por buscarte una solución, mi vida... para que respires un poco y dejes de sufrir con tanto papel —se justificó con una sonrisa forzada, apartando los dedos de mala gana—. Para que veas que me preocupo por lo tuyo.
Lucía no dijo nada. Asintió despacio, con una frialdad gélida que antes no existía, mientras, por primera vez, comprendía que el hombre que tenía sentado al lado no la consolaba por amor, sino porque estaba usando su desesperación para robarle el futuro.