Capítulo 29
Ivy
Me ama. Al principio, no estaba segura de si mis oídos me estaban jugando una mala pasada. Estos últimos tres meses han sido los más felices de mi vida. Damien se ha dedicado a cortejarme: citas románticas, vacaciones que nos han impresionado tanto a mí como a Lake.
Cuando Lake empezó a mostrar interés por las carreras de motor, Damien nos llevó a todos a ver el Gran Premio de Mónaco.
Pensé que nos sentaríamos en las gradas, pero qué va.
Nos llevó en su yate y vimos la carrera desde allí.
Fue muy divertido, eso seguro. Lake estaba en la gloria.
O más bien, en el séptimo cielo. Verlo tan emocionado mientras pasaban los coches hizo que a mí también me picara el gusanillo.
Y como si eso no fuera suficiente, Damien tenía otro regalo.
Organizó un encuentro con uno de los pilotos del equipo favorito de Lake, y el piloto quedó tan encantado con él que lo invitó a sentarse en su coche.
Lake estaba tan feliz que durante las siguientes semanas no paró de hablar del viaje a Mónaco.
—Lo estás malcriando —le dije a Damien la noche del encuentro—. No puedes darle todos los caprichos cada vez que le da por algo nuevo.
Damien se acercó por detrás mientras me cepillaba el pelo y me rodeó con los brazos.
—Ya está hablando de karting. ¿Quién sabe? Podría ser el campeón de carreras de su generación.
Intenté ignorar sus labios, que me acariciaban el cuello y me provocaban escalofríos por toda la espalda.
—Eso es porque Martínez le habló de los karts. Estoy segura de que Lake caminaría a saltitos durante un mes entero si su piloto favorito le dijera que así es como se anda.
—Mmm... Preferiría no hablar de Lake ni de carreras ahora mismo.
Damien me fue guiando hacia atrás hasta la cama y me hizo el amor. Era la primera vez desde nuestro acuerdo que estábamos juntos en la cama. Se tomó su tiempo para seducirme. Besó, lamió y mordió cada pezón hasta que me retorcía entre las sábanas.
Luego entró en mí. Estoy segura de que ese fue el día en que concebimos a este bebé. Fue hace dos meses, y desde entonces estamos más unidos que nunca, pero cuando descubrí que estaba embarazada, no estaba segura de que él quisiera tenerlo.
Me costó mucho reunir el valor para contarle lo del embarazo.
No tiene ni idea de lo aliviada que estoy de que quiera a este niño.
Aunque ahora sé que su papel en el rechazo de Lake fue menor, no estaba segura de si querría otro hijo.
La vida de Damien antes de nosotros era la de un soltero empedernido.
Un hombre conocido por trabajar duro y disfrutar aún más.
Pero incluso eso ha cambiado. Cambió su coche deportivo por un sedán.
Ya no parece echar las interminables jornadas por las que era famoso.
Algunos días llega a casa antes que yo. Y la mayoría de los días participa en la crianza de Lake, no como un hobby, como hacen algunos padres, sino como alguien que se implica de verdad en la vida de su hijo.
Cuanto más tiempo pasamos juntos, más me doy cuenta de lo fácil que es enamorarse de él. Siempre me he preguntado si él también me quiere. Si sus regalos y sus atenciones son su forma de redimirse por lo que hizo. Pero ¿ahora? Ahora lo sé.
—Damien —empiezo, sin saber qué más decir después de semejante declaración de amor.
—No tienes que decir nada, cariño —me levanta y me coge en brazos—. Quiero demostrarte cuánto te quiero. Es la única forma de que lo entiendas.
Miro hacia la habitación de Lake al pasar.
—Pero Lake...
—Está entretenido con sus chuches —dice Damien mientras abre la puerta de su habitación, de nuestra habitación, y me tumba en la cama.
Miro hacia la puerta, todavía pensando en Lake. Podría venir a buscarnos en cuanto termine de contarlas.
—Vale —dice Damien, como si me leyera el pensamiento—, voy a ver cómo está.
Sale con una sonrisa y un momento después vuelve.
—Ya está dormido. Se ha quedado frito con las chuches esparcidas por toda la cama. Las he recogido y lo he tapado con una manta. ¿Contenta?
Asiento y estoy a punto de decir que sí, pero Damien me silencia con un beso. Es suave y lento. Como si tuviera todo el tiempo del mundo, pero sé que esto es solo para provocarme. Damien se vuelve un poco frenético en cuanto se excita, y dudo que mantenga este ritmo, especialmente cuando...
—¡Oh! —Damien ya me ha desabrochado la blusa, me ha bajado el sujetador y me está mordiendo el pezón. El dolor viene mezclado con un placer intenso que me hace apretarle la cabeza contra mí.
Y lo hace encantado. Asalta el otro pezón igual que el primero. Lame, chupa, muerde, hasta que gimo de desesperación. Necesito liberarme.
Se levanta y se quita el traje. Me echo a reír.
—Pensaba que follarme con un disfraz de duende verde era uno de tus fetiches —digo.
—Para nada, pero si es el tuyo, encantado de complacerte —hace una pausa a medio quitarse los pantalones. Niego con la cabeza, riendo—. Van... —los desliza hasta la mitad—. Fuera —y se los quita del todo.
Vuelve a la cama conmigo y me traga la risa con un beso. Me quita la ropa más rápido de lo que se quitó la suya hasta dejarme tan desnuda como él. En lugar de ponerse encima de mí como esperaba, se coloca detrás, tira las almohadas al suelo y se sienta con las piernas bien abiertas.
Me coloca sentada entre sus piernas, con la espalda apoyada en su pecho. Sus labios buscan mi cuello y me besa despacio mientras sus manos recorren mi cuerpo, acariciándome y apretándome como si no se saciara nunca de mí.
—Eres como una droga —susurra contra mi cuello—. No sé por qué pensé que algún día me saciaría de ti. Nunca me saciaré.
Inclino el cuello para darle más acceso, y él me muerde la nuca justo cuando sus dedos entran en mí.
Me abre bien las piernas y me penetra con los dedos, entrando y saliendo de mi coño empapado.
Aprieto la espalda contra él mientras el placer que me provoca en el centro se extiende por todo mi cuerpo, y cierro los ojos para saborear sus caricias magistrales.
Recoge mi humedad y me la frota contra el clítoris mientras susurra:
—Abre los ojos y mira lo hermosa que eres.
Obedezco.
—Tu coño brilla con tus jugos.
Hunde los dedos en mi coño y me frota los jugos alrededor de los pezones.
Me retuerzo y gimo de placer. Mi trasero se frota contra su polla dura. Pero él sigue con lo suyo.
—Dame tu polla —suplico con la voz entrecortada, mientras mi mano busca su erección.
—No. —Me aparta la mano de un manotazo y sigue volviéndome loca con sus dedos mágicos. Los tiene por todo mi cuerpo. Con la derecha me frota el clítoris, mientras la izquierda me acaricia los pechos y me recorre entera.
Siento que se me curvan los dedos de los pies cuando la ola de placer se acerca y me inunda.
El cuerpo se me sacude y mi coño aprieta los dedos de Damien mientras gimo en éxtasis.
Nos quedamos en la misma posición mientras recupero las fuerzas, y Damien me va dejando besos perezosos en el cuello, la nuca y la mejilla.
Son besos espontáneos que mantienen viva la energía sexual entre nosotros.
Llevo la mano hacia su polla. Gime cuando lo toco. Lo agarro y lo acaricio. Está duro como una piedra, pero en lugar de entregarse al placer que le ofrezco, me aparta la mano otra vez, me levanta y me da la vuelta sobre la cama hasta quedar él encima de mí.
—¿No has podido aguantar más? —bromeo, arqueando la espalda y ofreciéndole mi coño hacia su polla.
Me presiona hacia abajo y sonríe antes de deslizarse por mi cuerpo y detenerse al llegar a mi coño.
Su lengua me lame el centro. Gimo sorprendida.
Comienza otro ataque, esta vez con la lengua.
Va despacio al principio, como si me estuviera adorando, lamiendo y saboreando como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Luego mete la lengua dentro de mí, imitando el acto que deseo con desesperación. El segundo orgasmo tarda más en llegar, pero él me lo arranca con tanta paciencia que, cuando alcanzo el clímax, me retuerzo y gimo, apenas capaz de articular palabra mientras grito su nombre.
Damien vuelve a subir y me besa en la boca con mi sabor aún en su lengua. Saborearme en él resulta embriagador y placentero de una manera primitiva que no acabo de comprender. Su polla sigue dura, presionando contra mi coño. Le rodeo con los brazos y lo atraigo hacia mí.
—¿No peso demasiado para ti? —pregunta con suavidad.
—Al contrario —le aseguro—, me encanta sentir tu cuerpo contra el mío. Como si siempre hubiéramos estado destinados a esto.
Su polla empuja un poco en mi entrada y yo me presiono contra ella. Intenta retroceder, pero el deseo ya lo domina. —Joder —gruñe contra mi cuello mientras aprieto mi coño contra su polla. Me coloco de forma que la punta entra un par de centímetros—. Joder, Ivy, he dicho que esta noche es para ti.
Presiono más y entra otro par de centímetros. Su gemido es más fuerte esta vez, pero no se retira. —¿Y si lo que quiero es tenerte dentro de mí? —ronroneo.
—Joder, Ivy. —Desliza otro centímetro—. Joder —dice mientras entierra la polla dentro de mí—. Qué bien se siente esto, Dios mío. —Sus palabras salen tensas, cargadas de deseo puro. No aminora el ritmo ni se toma su tiempo.
Sus embestidas son rápidas y frenéticas.
Como un hombre poseído, hace el amor como si yo fuera la última persona con la que vaya a acostarse.
Aunque él toma su placer, da tanto a cambio.
Siempre presta atención a mis necesidades.
Me lame los pezones cuando siente que mi deseo decae.
Damien me besa para mostrarme cuánto disfruta de lo que estamos haciendo.
Embiste más fuerte y más rápido hasta que ya no puedo más, y cuando otra ola de orgasmo me alcanza, siento que Damien se pone rígido y su polla palpita mientras se corre dentro de mí.
Las paredes de mi coño le ordeñan la polla mientras nos corremos juntos.
—Oh, joder —gime mientras se derrite sobre mí—, te quiero tanto.
Le agarro la cabeza y deslizo las manos en su sedoso cabello. —Yo también te quiero —le susurro al oído.
Se incorpora apoyándose en el codo y me mira. —¿De verdad?
—Por supuesto. Te he querido desde mucho antes de que tú me quisieras a mí.
Se inclina y me da el beso más dulce que me ha dado nunca, lleno de promesas de lo que está por venir. —Y fui un tonto por no darme cuenta.
Fin