Capítulo 20
Ivy
No sé cómo no me di cuenta de que estábamos en la antigua habitación de mi padre cuando me trajo aquí. Estaba demasiado absorta en mis sentimientos como para reconocer aquel lugar tan conocido.
Damien nos había llevado a la casa principal después de salir de la cabaña.
Al entrar en el vestíbulo, me invadió una nostalgia inesperada.
Nunca me gustó mucho este lugar, pero era el refugio favorito de mi padre, así que aquí se celebraban todas las fiestas y reuniones familiares.
Eran fuentes de recuerdos que preferiría olvidar y, sin embargo, sentí cierta calidez en aquel ambiente frío.
Está claro que Damien no vive aquí. El lugar está redecorado con ese típico aspecto de piso piloto. No hay nada que transmita personalidad alguna, excepto el dormitorio principal.
La habitación a la que me trajo. Para profanarme. Para dejar clara su postura.
No cambió nada aquí. Al igual que la cabaña, está congelada en el tiempo. Hasta ahí llega su odio. ¿Había planeado esto todo este tiempo? ¿Compró esta casa solo para ejecutar su venganza años después? ¿Cómo de retorcido es eso?
No puedo evitar abofetearle la cara cuando revela su jodido plan de venganza. Intento alejarme de él, pero me corta el paso.
Su rostro es duro cuando dice:
—La noche aún no ha terminado.
Quiero mandar el trato a la mierda. Decirle que se tire por un acantilado, pero entonces pienso en Lake. Nolan. Mi familia.
—Ya me has follado bastante. ¿Qué más quieres?
Su respuesta es simple.
—Una ducha.
Frunzo el ceño mientras me toma de la mano y me lleva al baño. ¿Qué más trucos tendrá preparados? ¿Habrá puesto una figura de mi padre de pie en la ducha o algo así? A este ritmo, dudo que nada me sorprenda.
Afortunadamente, no hay ninguna figura de tamaño natural de mi padre. Damien simplemente abre la puerta de la ducha y deja correr el agua. Luego entra y tira de mí hacia dentro. Nos duchamos en silencio, como si no le hubiera abofeteado justo después de darme uno de los mejores orgasmos de mi vida.
En cambio, nos comportamos como un matrimonio de años. Enjabonándonos el cuerpo el uno al otro y luego aclarándonos bajo el agua caliente.
Su comportamiento es indescifrable. En un momento está revelando el alcance de su odio hacia mí, y al siguiente nos duchamos juntos. Un ritual de humillación ahora, un orgasmo devastador después.
Quizá así es como se venga. Juega con mis emociones para que no esté preparada para el golpe de su próxima revelación.
Ni siquiera puedo quejarme de que me atara al poste de la cama. Al principio no estaba segura de lo que tenía planeado para mí. Cuando se me pasó la sorpresa inicial de la nalgada, un sentimiento extraño ocupó su lugar. Necesidad. Quería que lo hiciera de nuevo.
Fue... excitante. Curiosamente, no fue demasiado rudo conmigo, como si se estuviera conteniendo. Me avergüenza incluso desear que me trate así.
Después de terminar, salimos de la ducha.
Damien coge dos toallas y usa una para secarme.
Otro gesto de cuidado que no tiene sentido en esta fantasía de venganza suya.
Me seca la espalda, luego pasa la toalla por el pecho, acariciándome los pechos.
Las fibras del tejido me rozan los pezones y me hacen gemir sin querer.
Me vuelve loca, y cuando le miro a los ojos, parece que lo está haciendo a propósito. Pasa demasiado tiempo en mis pechos antes de agacharse y bajar hacia mi centro, doblando la toalla por el borde para que el canto me recorra el clítoris y se deslice entre mis pliegues. Las rodillas me flaquean.
—Para.
Quería que sonara firme y contundente, pero me sale débil y necesitada. Sin embargo, hace lo que le digo y se endereza.
Instintivamente, cojo la otra toalla de sus manos y empiezo a secarlo.
Es un acto clínico al principio. Empezando por los hombros, paso la toalla por sus brazos, secando el agua.
Llego a la cintura, me arrodillo y sigo hasta su polla, que froto con cuidado.
Aplico un poco de presión en los testículos y él sisea.
No debería hacerme feliz, con todo lo que ha pasado y está pasando entre nosotros, pero me gusta su reacción. Su polla se endurece aún más mientras juego con ella, frotando la toalla en la punta y luego a lo largo de toda su extensión.
Levanto la vista y veo que tiene los ojos cerrados y todo el cuerpo rígido. Como si se aferrara a su último vestigio de autocontrol.
Paso a las piernas y las seco, ignorando el enorme miembro que tengo delante de la cara. Satisfecha, me levanto y digo:
—Listo. ¿Qué más tienes preparado para mí? ¿De qué otra forma quieres humillarme?
Me agarra la barbilla y me la levanta.
—Te lo haré saber pronto. Ahora mismo—
Nos interrumpe el sonido de un teléfono en la otra habitación. Mi teléfono. Doy un paso adelante, pero él no me detiene.
—Ignóralo.
Su mirada se oscurece mientras me recorre el cuerpo desnudo. Me ha visto desnuda tantas veces ya, y aun así siento que me está examinando bajo un microscopio.
—Tengo que contestar. Podría ser Lake.
El teléfono se calla.
—Quizá era otra persona. Seguro que está bien.
Pero podría estar en peligro, o quizá le haya pasado algo. Algún sexto sentido me dice que las cosas no van bien. Prefiero pasarme de precavida y equivocarme que quitarle importancia a algo que podría ser una emergencia.
Y además, Lake suele llamarme siempre que no estoy en casa.
El teléfono vuelve a sonar. Esta vez corro hacia él y Damien no me detiene. Me zumban los oídos cuando veo el número en la pantalla. Es Greta.
Respiro hondo y contesto.
—¿Todo bien?
Está sin aliento.
—Voy con Lake de camino al hospital. Se ha desmayado.