El abismo Turquesa Capitulo 4
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Capitulo 4

E sa noche, Esteban no logró dormir.

El sonido de la radio seguía rondando en su cabeza, repitiendo esas palabras que parecían simples, pero que escondían algo más: el mar no ha descendido.

El viento del valle golpeaba las ventanas, trayendo consigo un aire seco, cargado de polvo y silencio.

Cerca de la medianoche, encendió su computador portátil. A pesar de los cortes intermitentes de luz que habían afectado a Vicuña durante la semana, esa noche la conexión parecía estable.

Abrió el navegador y comenzó a buscar información.

Los titulares eran todos parecidos:

“El mar sigue sin retroceder: un fenómeno sin precedentes.”

“Los expertos piden calma, pero no explican la causa del aumento sostenido.”

“a nivel mundial mantienen vigilancia permanente sobre el nivel oceánico.”

Esteban, curioso como siempre, fue más allá de las noticias locales. Entró a foros de meteorología y páginas de oceanografía donde especialistas y aficionados debatían sin descanso. En uno de ellos encontró una tabla que clasificaba los tipos de crecidas oceánicas:

Hasta 0,3 metros: variación normal, asociada a mareas altas.

De 0,3 a 0,8 metros: crecida inusual, monitoreo recomendado.

De 0,8 a 1,5 metros: categoría de evento oceánico mayor, posible alerta costera.

De 1,5 a 3 metros: evento crítico, riesgo de inundaciones severas.

Más de 3 metros: catástrofe marítima.

Esteban leyó dos veces la tabla y se frotó el rostro.

—Estamos oficialmente en el límite… —murmuró, pensativo—. Si con 1.1 metros ya es un evento mayor, ¿qué pasa si sigue subiendo unos milímetros más?

Camila, que aún no se había dormido, lo observaba desde el sillón con una manta sobre los hombros.

—¿Y qué dicen los científicos?

—Nada concluyente —respondió—. Algunos creen que es un fenómeno térmico, otros que la corteza terrestre se está expandiendo. Pero todos coinciden en algo: nunca había ocurrido algo así sin causa aparente.

Camila se acercó despacio, apoyando una mano en su hombro.

—¿Y si esto ya estaba escrito? —preguntó con voz temblorosa.

Esteban la miró sin entender al principio, pero enseguida recordó la libreta turquesa.

Camila se levantó, fue hasta su mochila y regresó con el pequeño cuaderno gastado entre las manos. Lo colocó sobre la mesa y lo abrió por las páginas que más le inquietaban.

—Mira esto —dijo, señalando con el dedo una anotación escrita con letra apretada y torpe—.

En la hora velada, el mar dejará de ser un espejo y se tornará en juez.

Sus aguas, que guardan memorias más antiguas que el hombre, comenzarán a reclamar lo perdido.

Tres veces llamará con su bramido profundo, y pocos entenderán su advertencia.

Los que lo ignoren verán cómo la línea entre orilla y abismo se desvanece como humo en el viento.

Y cuando la cuarta llamada despierte, ni montañas ni ciudades estarán a salvo, pues el mar no regresa jamás con las manos vacías. "Cuando el cielo este naranja esto habrá llegado a su fin.

Esteban sintió un escalofrío.

—Esto… —dijo, con voz casi inaudible—. Esto parece describir exactamente lo que está pasando.

—Lo sé —respondió ella—. Y más abajo dice algo peor.

Y cuando la cuarta llamada despierte, ni montañas ni ciudades estarán a salvo, pues el mar no regresa jamás con las manos vacías.

Camila cerró la libreta con un gesto brusco.

—No quiero seguir leyendo.

Esteban permaneció en silencio unos segundos, mirando la pantalla iluminada del computador.

—Camila… las fechas que puso tu abuela en esta parte… ¿te fijaste?

Ella dudó.

—Sí. Están incompletas, pero hay algo que me asusta: esta página… fue escrita muchos años antes que tú nacieras.

El silencio que siguió fue denso, casi físico.

Solo el sonido del teclado seguía marcando un ritmo mecánico, mientras Esteban navegaba entre mapas satelitales y mediciones en tiempo real.

De pronto, un gráfico captó su atención: una línea azul mostraba el nivel del mar en tiempo continuo.

La curva, que normalmente oscilaba como un vaivén, ahora se mantenía rígida, estable… pero alta.

—Camila, ven —dijo él, señalando la pantalla—.

Ella se acercó, inclinándose a su lado.

—¿Qué es eso?

—Los datos de marea. Mira: antes subía y bajaba, como debe ser. Pero ahora está… fija.

—¿Eso es malo?

—No debería ser posible —contestó—. Es como si el mar hubiera dejado de respirar.

Camila lo miró con los ojos muy abiertos.

—¿Y si es la segunda llamada de la libreta?

Esteban no respondió. Cerró el computador lentamente, como si al hacerlo pudiera cerrar también la inquietud que le recorría el cuerpo.

—Mañana iremos al observatorio —dijo al fin—. Quizás allá sepan algo más. Los astrónomos tienen acceso a otros datos, pueden ver el comportamiento de las mareas desde el espacio.

Camila asintió, aunque su rostro mostraba más miedo que esperanza.

Afuera, el cielo del valle brillaba con miles de estrellas.

Era una noche perfecta, de esas que los turistas soñaban con ver.

Pero para ellos, el cielo parecía distinto.

Había algo en el aire, una vibración leve que se sentía en el pecho, como un pulso antiguo.

Camila volvió a abrir la libreta cuando Esteban se quedó dormido.

Apenas con la luz tenue del velador, repasó otra página, una que no había mostrado antes.

Y en algún lugar lejano, más allá del sonido del valle, un rumor profundo recorrió las entrañas del océano.

Un sonido grave, casi imperceptible, que parecía repetir una advertencia que solo el mundo podía entender.

El amanecer llegó con un brillo pálido, casi gris.

Camila preparaba café en la cocina mientras Esteban revisaba, otra vez, las noticias en su computador.

Todo hablaba de lo mismo: el mar había vuelto a subir unos milímetros. No mucho, apenas perceptible a simple vista… pero lo suficiente para que los instrumentos registraran la segunda elevación en menos de una semana.

—Dice que subió otra vez —comentó Esteban, sin apartar los ojos de la pantalla.

—¿Cuánto esta vez? —preguntó Camila, dejando la taza sobre la mesa.

—Solo unos milímetros, pero lo raro es que sigue estable. No baja, Camila. No baja nunca.

Ella suspiró, mirando por la ventana. El valle seguía igual: los niños en bicicleta, los vecinos caminando hacia la feria, los turistas tomando fotos al cielo.

El único de detalle era el alza de electricidad y pequeños sismos que, si bien en Chile es normal en esta ocasión, cada vez eran más recurrentes.

—Entonces, ¿podemos decir que es la segunda o tercera llamada? —bromeó con una sonrisa nerviosa.

Esteban la miró de reojo.

—No empecemos con eso.

—Lo digo en serio —insistió ella, aunque su tono era mitad risa, mitad inquietud—. La libreta dice que el mar llamará tres veces…

—Sí, pero también dice que, “ni montañas ni ciudades estarán a salvo” y a este ritmo el mar no alcanzara ni siquiera un segundo piso de algún departamento —respondió él, encogiéndose de hombros—. No podemos creer todo lo que hay ahí.

Camila asintió, aunque la curiosidad seguía encendida en su interior.

Mientras desayunaban, hojeó nuevamente la libreta turquesa. Las páginas, ya amarillentas, parecían más frágiles con la luz del sol.

—Escucha esta —dijo, leyendo en voz alta—: “El fuego saldrá del suelo sin calor y las aves volarán sin dirección.”

Esteban sonrió.

—Eso sí que no tiene sentido.

—Por eso digo que algunas no se cumplieron —continuó ella—. Hay varias que parecen sacadas de un sueño.

En otra página, más abajo, había una anotación incompleta, con letra temblorosa:

“Un ser de otro mundo despertará la memoria de los que observan el cielo.”

Camila la repasó varias veces, sin comprender del todo qué quería decir.

Después del desayuno, salió al patio con su celular.

El aire estaba quieto, y las flores de lavanda se mecían con suavidad.

Marcó el número de su abuela.

La llamada tardó, pero finalmente se oyó la voz dulce y pausada al otro lado.

—¿Aló?

—¡Abuela! Soy yo, Camila. ¿Cómo está?

—Ay, hijita, qué gusto escucharte. Aquí todo bien, gracias a Dios. Aunque la gente anda media asustada por eso del mar.

Camila sonrió, aliviada.

—Sí, por acá también se habla mucho, pero parece que no es nada grave. Solo queríamos saber cómo está usted… y hacerle una pregunta.

—Dime, mi niña.

—Esa libreta turquesa que tenía usted… la que le dictaba su amiga cuando eran pequeñas… ¿cómo se llamaba ella?

Se escuchó un silencio al otro lado de la línea, apenas roto por el sonido de un reloj de pared.

—¿Mi amiga? —repitió la abuela, con voz más baja—. Ah, sí… te refieres a Elena.

—¿Elena?

—Sí, Elena Abaroa. Era mi amiga. Decía cosas habitualmente que no debía saber. Mi madre no quería que yo jugara con ella. Decía que esa niña tenía sueños raros, que hablaba de cosas que pasaban lejos.

Camila frunció el ceño.

—¿Y de dónde era ella, abuela?

—Eso nunca lo supe. Estuve viviendo en el sur ese tiempo, pero a mi padre lo trasladaron de ciudad, nos escribimos cartas, pero después jamás volví a saber de ella.

Camila guardó silencio.

El sonido del viento entre los duraznos le pareció de pronto más intenso.

—¿Abuela, y la libreta? ¿Por qué la guardó?

—Porque ella me la dejó. Dijo que algún día iba a servir.

—¿Para qué?

—Para cuando los ángeles o los demonios hablara, eso lo recuerdo muy bien —respondió la abuela, sin titubear.

Camila se quedó muda y trató de sonar tranquila.

—Ya… entiendo. Gracias, abuela. Cuídese mucho.

—Tú también, hijita. Y no te preocupes tanto. A veces el cielo solo quiere que lo escuchen.

Cortó la llamada lentamente.

Esteban la observaba desde la puerta, con una mezcla de curiosidad y desconfianza.

—¿Qué te dijo?

—Que la libreta se la dejó una amiga… una tal Elena Abaroa.

—¿Y?

—No la vio más por el traslado de mi bisabuelo.

Esteban frunció el ceño.

—Qué raro. ¿Y tu abuela la recuerda bien?

—Sí… demasiado bien, diría yo. Dijo que hablaba de cosas que iban a pasar.

—Entonces seguro era una niña imaginaria —respondió él, intentando aligerar el ambiente—. Todos tuvimos una.

Camila no respondió. Solo apretó la libreta contra su pecho.

La tarde transcurrió con calma.

Esteban arregló el tejado del cobertizo, mientras Camila tendía ropa al sol y preparaba mermelada de damascos.

El valle seguía respirando como siempre: el río corría tranquilo, las chicharras cantaban entre los álamos, y los turistas compraban artesanías junto a la plaza de Vicuña.

Pero entre ellos, el silencio tenía un peso distinto.

Era como si ambos intentaran seguir con sus vidas mientras algo invisible se movía allá lejos, más allá de los cerros y del mar.

Esa noche, después de cenar, Esteban volvió a encender la radio.

El locutor sonaba cansado, con la voz ronca:

— Aquí radio Altura Continental, Última actualización: el nivel del mar continúa estable, sin señales de retroceso.

Se mantiene la vigilancia en toda la costa del Pacífico Sur.

Los científicos advierten que este tipo de fenómenos podrían tener causas profundas, posiblemente relacionadas con movimientos lentos del fondo oceánico.

Hubo una pausa, y el hombre añadió con un tono más inquietante:

—Sin embargo, algunos informes indican vibraciones leves registradas por sensores submarinos en zonas donde no se esperaba actividad. La causa sigue siendo desconocida.

Afuera, el viento volvía a soplar desde el oeste.

Decidió salir afuera de su hogar.

El sonido del viento se mezcló con un murmullo sordo que provenía de lejos y posteriormente hubo un estadillo luminoso en el horizonte en dirección a La Serena,

Cerró los ojos, intentando convencerse de que solo era el reflejo de algún corte eléctrico.

Pero algo, muy dentro de ella, sabía que no lo era.