Capítulo 3
El sonido de las gaviotas le despertó antes del amanecer. Mario se levantó de la cama con la sensación de haber dormido en una celda. La habitación olía a humedad, y la ventana empañada dejaba entrar una claridad gris que no mejoraba el ánimo.
Decidió salir a caminar hasta el puerto, no sin antes desayunar un café bien cargado y una tostada con mermelada de melocotón, en un bar cercano a la pensión, el cual ya divisó el día anterior a su llegada.
Tras llenar lo suficiente el estómago, se puso en marcha.
El aire es frío, con ese filo cortante de la brisa marina en septiembre.
La niebla, más espesa que la tarde anterior, parecía tragarse los barcos de pesca que se mecían en silencio.
El pueblo entero respiraba en sordina. En el muelle, se encontró de nuevo con la mujer del acantilado.
Esta estaba de pie, mirando al horizonte invisible, como si esperase que la bruma le devolviera algo. Esta vez no desapareció.
—No me diga que también viene a escribir sobre el pueblo maldito —dijo sin mirarle, con una voz suave pero firme.
Mario se sorprendió por la franqueza de aquella chica .
—Solo escribo lo que veo. Aunque, por ahora, lo único que he visto es niebla y un montón de silencios.
Ella sonrió apenas, con un gesto que parecía más melancólico que amable.
—Entonces no verá nada. Aquí el silencio es lo único que sobrevive —dijo sin apartar la mirada del mar.
Mario la observa. Tiene unos treinta y tantos años, el cabello oscuro y los ojos de un verde profundo que contrastaba con la palidez de su rostro.
Había en ella una mezcla extraña de fragilidad y resistencia.
Mario llevaba muchos años en el mundo de la investigación y era capaz de desentrañar el interior de las personas con solo mirarlas, pocas veces fallaba.
—Mario Mena —se presentó tendiendo su mano.
Ella dudó un instante antes de estrechársela.
—Lucía Ayala.
El apellido resonó en la memoria de Mario como un eco.
Había leído ese apellido en los documentos que revisó antes de viajar.
Sara Ayala, desaparecida hace treinta años.
Mario dudó si preguntarle de primeras, pero de algún modo debía iniciar la investigación si quería sacar algo de ese silencioso pueblo.
—¿Alguna relación con Sara Ayala? —preguntó el periodista con cuidado, en un tono suave.
Los ojos de Lucía se endurecieron en un instante, y tras unos segundos de silencio, acabó contestando.
—Era mi hermana.
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier crónica. La brisa agitó su cabello, y por un segundo Mario pensó que la mujer que estaba frente a él parecía tan atrapada en el pasado como el propio pueblo.
—Supongo que no ha venido aquí solo por casualidad —añadió ella .
—He venido a investigar a la chica que apareció muerta ayer.
Lucía le miró fijamente a los ojos, como si quisiera medir el peso de sus palabras, teniendo el primer contacto visual con Mario.
—Pues entonces debería empezar por Sara. Lo que pasó ayer… no es más que un eco —sentenció.
Mario sintió un escalofrío recorriendo todo su cuerpo. Por primera vez en mucho tiempo, tuvo la certeza de que la historia lo estaba eligiendo a él, y no al revés.
La tarde caía con una lentitud pesada sobre Puerto del Silencio.
La niebla se había espesado tanto que las farolas se encendieron antes de tiempo, proyectando círculos de luz débil sobre las calles empedradas.
Mario siguió a Lucía hasta una pequeña casa, situada en la parte alta del pueblo.
La fachada estaba cubierta de hiedra marchita y las ventanas parecían llevar cerradas desde hacía años.
—Era de mis padres —explicó ella mientras abría la puerta. Ahora solo vengo yo.
—¿Y tus padres?
—Mi madre… no podía seguir viviendo entre estas paredes que tantos recuerdos le traían. Compró otra casa a cuatro calles de aquí.
Mario cerró la boca de inmediato, pues no quería, al menos en ese momento, hacer más preguntas sobre la familia de Lucía, ya que la vio un poco incómoda ante ese tema.
El interior olía a madera húmeda, a polvo y a un perfume antiguo que todavía parecía flotar en el aire, como si alguien lo hubiera dejado escapar décadas atrás.
El recibidor estaba adornado con un espejo manchado y un perchero vacío.
Una hilera de fotografías enmarcadas, cubiertas por una fina capa de polvo, mostraba a la familia Ayala en tiempos felices: un padre joven con bigote, una madre con expresión serena, y dos niñas sonrientes, Lucía y Sara.
En el salón, los muebles permanecían tal y como habían quedado cuando la familia se dispersó: un sofá descolorido con tapicería de flores, una mesa baja con las patas cojas, y una estantería repleta de libros gastados, algunos hinchados por la humedad.
El reloj de péndulo colgado en la pared estaba detenido en las once y veinte, como si el tiempo se hubiera congelado allí.
Las cortinas, de un amarillo apagado, apenas dejaban entrar la luz.
Las paredes, en cambio, parecían absorberla.
En la chimenea, apagada desde hacía años, aún quedaban cenizas petrificadas.
Lucía avanzó sin encender ninguna lámpara. Caminaba con naturalidad, como si cada rincón de la casa estuviera tatuado en su memoria, aunque, pensándolo bien, así sería en realidad, esas cosas no se olvidan tan fácilmente por muchos años que pasen.
Le condujo hasta un pequeño escritorio en un rincón del salón.
La madera estaba rayada y tenía un cajón con doble fondo.
Sobre la mesa, Lucía había dispuesto un montón de papeles amarillentos atados con una cinta.
Mario pasó la mano por la superficie de la mesa, el tacto áspero de la madera, mezclado con la humedad del ambiente, le dio la sensación de que estaba a punto de abrir una herida todavía fresca, aunque llevara tres décadas cerrada.
Fue ella quien, con mucho cuidado, desató la cinta de color granate que mantenían juntas las cartas.
Sus manos temblaban, como si temiera que el simple contacto pudiera desintegrar aquellos papeles frágiles .
—Eran de Sara. Cartas que nunca llegó a enviar —explicó con un temblor en la voz—. Las encontré escondidas aquí.
Lucía se disponía a echar mano a la primera carta cuando Mario la interceptó, cogiendo su mano.
—¿Por qué haces esto? ¿Por qué me quieres mostrar las cartas a mí? —preguntó aún con sus manos en contacto.
Lucía le miró con una mezcla de desafío y vulnerabilidad.
—Porque no confío en nadie de este pueblo, y porque... —Hizo una pausa tomando oxígeno—. Porque creo que la chica de ayer murió por la misma razón que Sara.
Mario guardó silencio, observando a Lucía. Había en ella un dolor antiguo, pero también una determinación feroz. Y, contra toda lógica, sintió que empezaba a necesitarla tanto como necesitaba la propia historia.
—¿A quién iban dirigidas estas cartas? —preguntó Mario en un susurro, consciente de estar invadiendo un espacio sagrado.
—Nunca lo supimos. Nunca lo mencionó —respondió, con un hilo de voz—. En la parte superior de las cartas apenas hay una inicial: “R” —volvió a comentar Lucía.
—¿Crees que la “R” puede ser de Ramiro?
—¿Cómo sabes tú sobre Ramiro?
—He venido a investigar un caso, me he tenido que informar un poco de la historia del pueblo.
—No lo sé, pero desde luego Ramiro era alguien con mucho poder en aquella época, pero también era mucho mayor que Sara.
Los sobres eran de distintos tamaños, algunos con el sello aún pegado, otros abiertos con torpeza. El tiempo había amarilleado las hojas, y la tinta se desvanecía en lugares, se resistía a ser olvidada. Mario percibió un detalle revelador: la caligrafía.
La letra de Sara era menuda pero firme, inclinada hacia delante, parecía que las palabras corrieran ansiosas por alcanzar un destino.
Había tachones en algunas frases, correcciones apresuradas, como si lo que escribía fuera demasiado íntimo para ser revelado de golpe.
El contenido era inquietante. Sara hablaba de noches en las que se escapaba al acantilado para encontrarse con alguien.
Sus frases estaban cargadas de una mezcla de pasión y miedo.
“Prometiste que vendrías… si alguien lo descubre, lo perderé todo… pero no puedo dejar de buscarte en la niebla.”
En otra carta, escrita días después, el tono cambiaba. Había ansiedad en cada línea.
“Dicen que sospechan de nosotros. Mi hermana es demasiado pequeña para entender, pero mi madre empieza a notar mi ausencia. No podemos seguir así, tienes que decidir.”
Mario levantó la vista, observando a Lucía. Ella se mantenía erguida, aunque sus ojos estaban vidriosos.
—Ella tenía solo diecisiete años —dijo mientras alguna lágrima recorría su mejilla.
En el último sobre, más arrugado que los demás, las palabras parecían escritas a toda prisa, algunas apenas legibles.
“ Ha llegado un hombre nuevo al pueblo, yo no lo conozco, sin embargo, él sabe cosas sobre mí, dice que viene a ayudarme, pero ya no creo en nadie. Si no vuelvo mañana, sabrás que me siguen. No confíes en nadie, ni siquiera en los que llevan uniforme.”
Un silencio se apoderó de la sala de estar. El sonido del mar, distante pero constante, parecía un eco de aquellas frases. Mario comprendió que las cartas no eran simples recuerdos, eran la semilla de un secreto que había sobrevivido tres décadas en la penumbra de aquella casa.
— De acuerdo —dijo Mario al fin—. Empecemos por Sara.